viernes, 7 de febrero de 2014

Viernes gaseoso.

Los gases nos rodean y acompañan, aunque no los veamos y apenas nos demos cuenta de su existencia. La mayor parte de ellos son incoloros, inodoros e insípidos. Algunos nos dan luz (neón, xenón), otros son venenosos (dióxido de carbono), nos dan la vida (oxígeno), nos protegen de los rayos del sol (ozono), nos elevan (helio), nos dan energía (gas natural), nos contaminan con radioactividad (radón) o incluso participan en películas (kriptón). 

Esta historia de hoy podría estar dedicada a los discursos de los políticos, etéreos, vacuos y evanescentes. O a lo imperceptible e intangible que nos resulta la salida de la crisis que tanto predican, diáfana en los papeles y en los datos macroeconómicos, pero que se evapora en cuanto la contrastamos con el mundo real. O incluso podría estar dedicada a la explosión de las burbujas financiera e inmobiliaria.

Sin embargo, tiene que ver con algo muy distinto: de unas épocas ya lejanas en el tiempo y que se van diluyendo poco a poco en la memoria. Tiempos de televisores en blanco y negro, de seiscientos, de Tigretones, de zapatos Gorila, de intercambio de cromos en el recreo, de canicas... Tiempos en los que, cuando ibas de visita a una casa, los anfitriones ofrecían una cerveza, vino o vermut para los mayores, y una gaseosa para los invitados más menudos. Las cocacolas y mirindas vendrían un poco más tarde.

La gaseosa, esa bebida de agua carbonatada y edulcorada,  inventada por John Matthews en 1832 en Nueva York, se podía encontrar por entonces en todas las casas, con sus cascos retornables que había que llevar de vuelta al comercio para que te descontasen su importe.

Hoy en día la gaseosa aún sigue existiendo, pero la camuflamos mezclándola con cerveza o con vino, y rara vez disfrutamos de ella sin estas compañías. De otros combinados más elegantes se encarga su hermana mayor, la soda, mientras que sus numerosas hijas, las bebidas refrescantes de naranja, limón, cola, etc., con sus colores y sabores mucho más atrayentes, se han adueñado de las estanterías de los supermercados, relegándole a espacios secundarios en los que pasa desapercibida.

Hay un valiente que aún elabora gaseosas artesanales, a escasos metros de nuestra casa. El otro día pasamos por la puerta de la fábrica, que es la última de Extremadura y una de las últimas de España, y no pudimos resistir la tentación de comprar unas cuantas.

Nos faltó tiempo para llegar a casa y abrir una de ellas, y volver a sentir el cosquilleo de sus burbujas. Por cierto, ese es un misterio que nos hipnotizaba ya entonces, y que aún sigue haciéndolo: ¿de dónde salen las burbujas? 

En todo caso, resultó una experiencia Exquisita, como su nombre comercial indica, y que por unos momentos nos trajo a la memoria aquellos tiempos de casera y bocadillo de mortadela, que conforme transcurre el tiempo van adquiriendo un carácter más gaseoso, volátil  e incorpóreo.

Espero que los gases atmosféricos se calmen y podamos disfrutar de un grácil, vaporoso, sutil, elevado y gaseoso fin semana. 


.





No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada