viernes, 30 de septiembre de 2016

Un retrato de carne y hueso

Doménico comprendió entonces que aquél no era su lugar, y se instaló en Toledo. La ciudad le ofrecía una clientela potencial muy amplia: estaba repleta de iglesias, capillas, monasterios y conventos, de gentes sencillas que recibían con aplausos su manera de entender el arte, y de nobles, hidalgos y burgueses deseosos de inmortalizar su estampa. Además, la ausencia de competencia le facultaba para dar rienda suelta a su manera de interpretar la pintura.

Fachada principal de la Catedral de Toledo.Se había levantado temprano con el objeto de buscar en su almacén las miniaturas de San Francisco y de la Magdalena arrepentida. Le resultaba muy útil conservar copias en formato reducido de todos los lienzos que pintaba, en especial de los santos más demandados, ya que así podía delegar en otros miembros de su taller los encargos que recibía, y rebajar los precios.

A continuación se había enfrascado en realizar algunos retoques a una Resurrección que debía entregar a finales de semana, y tras planificar el trabajo con su ayudante Francisco Preboste, se arregló para salir a la calle. Se abrigó bien, pues sabía que, pese a lo avanzado de la estación primaveral, no podía dejarse engañar por el sol que entraba por las ventanas, puesto que dentro de la vivienda la temperatura solía ser bastante más benigna que en el exterior.

Residía desde hacía años en aquellas dependencias del viejo Palacio del Marqués de Villena. No obstante, estaba pensando en buscar un nuevo alojamiento, ya que las estancias no eran especialmente cómodas, aunque sí lo suficientemente espaciosas como para albergar su estudio de pintura y sus cuadros.

El alquiler le resultaba caro, al límite del presupuesto que se podía permitir, pero los apartamentos, dotados de escaso mobiliario y enseres, aún mantenían parte de su antiguo esplendor. Satisfacían así su afición al lujo, a la vez que le proporcionaban un lugar digno en el que recibir a sus clientes. 

Con la intensa actividad pictórica que había desarrollado en las últimas semanas, sus existencias de aceite de linaza comenzaban a agotarse, así como también algunos de los ingredientes y pigmentos para fabricar las pinturas: albayalde, azarcón, tierra de Esquivias, azurita, y amarillo de plomo y estaño. Así que antes de su cita vespertina con el párroco de Santo Tomé, debía hacer un recorrido por las tiendas y recabar los materiales que necesitaba. 

Atravesó decidido la Plaza del Marqués, para dirigirse hacia la casa de su cuñado. Confiaba en que su hijo pudiera acompañarle en sus compras. Estaba convencido de que tenía madera de artista, y era conveniente que a sus doce años empezase a familiarizarse con los entresijos de su oficio.

Le recibió Juan de las Cuevas, hermano de su difunta mujer, indicándole que Jorge Manuel había salido temprano con un amigo. Su rostro siempre le recordaba a Jerónima, la que había sido el gran amor de su vida, a pesar del poco tiempo que compartieron juntos.

Autorretrato de Doménikos Tteotokópoulos, el Greco. Apenas si se había acabado de asentar en Toledo, cuando el padre de Jerónima, el noble Don Diego de las Cuevas se presentó en su casa para encargarle un retrato. Venía con su bella hija, de la que quedó prendado conforme la vio. En las sucesivas jornadas en que el caballero acudió a posar, pudo comprobar que el sentimiento era mutuo, pese a que él casi doblaba en edad a aquella maravillosa joven.

Después de varios encuentros furtivos, se atrevió a pedir su mano, pero su padre se opuso al matrimonio, principalmente porque no se fiaba de un extranjero como él. Según le refirió, su pretensión era la de desposarla con un aristócrata de la villa imperial, y no con un artista, asediado por múltiples deudas, y con un carácter tan lunático, orgulloso, soberbio, arrogante y altanero.

Aquel día le advirtió que, si persistía en mantener su relación, la ingresaría como novicia en un convento. Él no le creyó, mas pronto pudo constatar que Don Diego era fiel cumplidor de su palabra.

No supo nada más de ella durante un año, en el que sus intentos de averiguar dónde estaba recluida fueron infructuosos, hasta que un buen día le entregaron un cestillo con un niño de pocos meses dentro, y una nota que indicaba que era hijo suyo, y que Jerónima había fallecido en el convento. A partir de entonces, todas las figuras femeninas que pintaba portaban algún rasgo de su amada, aunque sólo él fuese capaz de percibirlo.

Contrariado por no poder disfrutar de la compañía de su hijo aquel día, prosiguió su camino hacia el centro urbano. El octubre pasado se había producido un incendio en la Plaza de Zocodover, por lo que muchos artesanos y comerciantes habían tenido que establecerse por un tiempo en otras casas y bodegas, así como en puestos callejeros. 

El caos debido a la ubicación provisional de los comercios se sumaba al generado por la multitud de obras que proliferaban por doquier. El entramado laberíntico de calles estrechas, adarves y callejones heredado del periodo musulmán ya no servía para una Toledo erigida en Ciudad Imperial. A la remodelación de la Plaza del Ayuntamiento, acometida por Juan de Herrera, se unían la obligada del Zocodover y otras reformas urbanísticas encaminadas a abrir nuevas vías y plazas públicas más amplias, más propias de una urbe moderna y pujante.

En este ambiente caótico Doménico se sentía cómodo, ya que el bullicio y el desorden le traían a la mente las calles de su tierra natal, Creta, que por entonces estaba bajo el dominio de la Serenísima República de Venecia. Como tanto le gustaba proclamar, él, Doménikos Theotokópoulos, había nacido en Candía, su capital, hacía ya 48 años, en el seno de una familia de mercaderes.

Desde pequeño manifestó una marcada inclinación por el arte en general, y por la pintura en particular. Inició su carrera dibujando iconos al estilo tradicional bizantino, siguiendo unos modelos artificiales y estereotipados. A sus 26 años había adquirido una notoria fama en la isla, y sus cuadros religiosos se cotizaban bien. Pero él deseaba perfeccionar su oficio, por lo que se trasladó a Venecia.

Llegó a la metrópoli con una edad ideal para exprimir todo el potencial que aquella experiencia podía depararle. Y no la desaprovechó en absoluto, trabajando en el taller del gran Tiziano. Además, Venecia pasaba por ser la capital cultural del mundo occidental y, en los paseos que acostumbraba dar, era habitual encontrarse a maestros como Tintoretto, Pordenone, Veronés, Schiavone o Jacopo Bassano inmortalizando cualquiera de sus bellos rincones en sus lienzos.

Torres de la Puerta de la Bisagra, en Toledo.Aquella ciudad de los canales le impresionó profundamente, tanto a nivel personal como en el ámbito artístico. La luz, los tonos, el agua, el brillo y el color eran únicos, e imprimían en sus artistas un lenguaje pictórico singular, que pronto asumió como suyo. 

El problema es que, con tal concentración de genios, era muy difícil para un pintor joven abrirse hueco en el mercado veneciano. Así que optó por emigrar a Roma, donde la pujanza económica de los Estados Pontificios y de su corte le abría las puertas de una pudiente clientela a la que ofrecer sus servicios.  

Sin darse ni cuenta se había plantado en el establecimiento de maese Barrera, vendedor de aceites, pero observó que estaba cerrado. Parecía que aquel día se presentaba tarde en todas partes. Se había demorado en exceso en salir de casa, tratando de terminar el cuadro, mas no se arrepentía, pues no le gustaba dejar las cosas para más adelante.

Tampoco lamentaba haber abandonado Roma. Había llegado avalado por el miniaturista Giulio Clovio, quien le introdujo en la casa de los Farnesio. En los siete años que residió en la Ciudad Eterna, efectuó numerosos retratos para la aristocracia, pero a pesar de ello percibía que no gozaba del reconocimiento pleno de los romanos. 

Allí la pintura estaba altamente influenciada por el manierismo de Rafael y Miguel Ángel, fallecidos ambos hacía unos años. Apreciaban más el método preciosista de éstos, con imágenes dibujadas a partir de líneas nítidamente trazadas, y con modelos en posturas exageradas y forzadas, que la pintura al estilo veneciano, conformada a base de manchas de color que delinean unas poses más sencillas y naturales.

No se le había olvidado el día que visitó la Capilla Sixtina en compañía del papa Pío V, aquel inquisidor dominico que había sido proclamado Sumo Pontífice, empeñado en restablecer la disciplina y la moralidad de Roma, y por extensión de toda la Iglesia y la Cristiandad. 

Sabedor de que Su Santidad desaprobaba los personajes desnudos que Miguel Ángel había proyectado en la bóveda, y de que hacía un par de años había ordenado al pintor Daniele da Volterra cubrir las carnes de aquellos jóvenes que más que santos parecían atletas, se atrevió a desacreditar la pintura del maestro de Caprese, y se ofreció a borrar sus dibujos y a rediseñar el techo completo, con figuras más naturales y decentes.

El rechazo sufrido por parte del Papa fue el primero de una larga lista de afrentas a su talento en Roma, que prefería a los artistas locales Zuccaro, Pulzone o Siciolante, y que él estimaba que estaban a años luz de su calidad estética.

Esta adversidad, junto al contacto mantenido con intelectuales españoles como Pedro Chacón o Luis de Castilla en los círculos artísticos y humanistas en los que participaba, determinó la decisión de poner tierra por medio, y aventurarse a trabajar en España. Felipe II estaba construyendo el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, una nueva sede para la corte real, y reclutaba, sin reparar en gastos, a los mejores artistas de todos los géneros, así que pensó que se le aparecía una oportunidad inmejorable de triunfar definitivamente. 

Detalle de la Catedral de Toledo.Justo al lado de la tienda de aceites se hallaba la magnífica librería de Pedro Rodríguez, así que entró para ver qué novedades tenía. Encontró ediciones modernas de obras clásicas de Aristóteles, Plutarco, Petrarca, Eurípides y otros autores de los que ya contaba con algún libro en su biblioteca particular.

También había numerosas obras piadosas y biografías de santos, tratados de arte, y diversas publicaciones de escritores contemporáneos. El editor le recomendó encarecidamente El pastor de Filida, de Luis Gálvez de Montalvo, el Cancionero, de Jorge de Montemayor, la tercera parte de La Araucana de Alonso de Ercilla, y La Galatea, una novela ambientada a orillas del Tajo, de Miguel de Cervantes.

Doménico había oído hablar largo y tendido de éste último a su amigo Andrés Núñez de Madrid, el cura de Santo Tomé. Al parecer, en sus frecuentes viajes a Esquivias, donde vivía su hermana Elvira, había conocido al párroco de la localidad, Juan de Palacios, que era a la sazón tío de Catalina de Salazar y Palacios, esposa de Cervantes. De hecho, en las visitas que éste realizaba a Toledo siempre encontraba un momento para saludar a Andrés, pero nunca habían coincidido.

Decidió declinar las sugerencias del librero por esta vez, puesto que no quería engrosar aún más la cuenta pendiente con él. Si todo salía bien aquella tarde, el próximo día le abonaría sus deudas por los libros adquiridos en los últimos tiempos, y quizás se llevaría un ejemplar.

Empezaba a sentir algo de hambre, y se acordó de la invitación que le había realizado la semana anterior su amigo Gregorio de Angulo, alcalde de la villa, para almorzar juntos. Así que se pasó a recogerle, y fueron en busca de un mesón donde comer unas buenas gachas. 

Fue complicado dar con una mesa libre, ya que Toledo estaba abarrotado de gente. Hacía ya veinte años que Felipe II había decidido arrebatarle la capitalidad del reino, en favor de Madrid, y de su corte del Escorial. Sin embargo, la ciudad continuaba siendo el centro espiritual y cultural del Imperio, de tal forma que sus calles siempre estaban repletas de visitantes.

Finalmente entraron en un mesón de la Cava Baja, en cuyo patio interior se encontraron con José de Valdivieso, poeta, clérigo y Maestro de Artes, el extraordinario pintor Hernando de Ávila, el arquitecto de la corte Juan de Herrera, y Francisco de Pisa, capellán mayor de la catedral, quienes no dudaron en ofrecerles asiento en su mesa.

Disfrutaron de una espléndida comida, compartiendo migas, jamón asado y otros platos, regados con vinos de la tierra e hipocrás, que saboreó Doménico con deleite, en tanto que les consultaba a Francisco y a Gregorio, ambos Doctores en Derecho, sobre un nuevo pleito en ciernes.

Doménico advertía que aquí tampoco se le valoraba en su correcta medida, y que la reducida cotización de sus telas era poco menos que un insulto a su buen oficio. Normalmente, el coste de los cuadros se fijaba una vez pintados, en función de lo que determinaban un par de tasadores, uno nombrado por parte del autor y otro por parte del cliente. Aun así, las valoraciones solían estar muy por debajo de lo que él consideraba como el precio justo de su arte, de ahí su firme empeño en llevarse bien con los jueces y administradores de la Ciudad Imperial, y de que procurase frecuentar su compañía, puesto que habitualmente sus tarifas acababan dirimiéndose en los juzgados.

Concluido el almuerzo se despidieron, y Doménico se dirigió hacia Santo Domingo el Antiguo. Se animó a entrar un instante y rezar un par de padrenuestros ante el retablo mayor, la obra gracias a la cual se había afincado en Toledo. Luis de Castilla, amigo desde su estancia en Roma, había intercedido ante su padre Diego, deán de la catedral, para que le encargase a él la elaboración del retablo, así como un lienzo para la sacristía de la seo. Él aceptó encantado aquella ambiciosa tarea, que le otorgó un enorme prestigio, ya que el pueblo sí adoraba su estilo, al contrario de lo que le ocurría con las élites. 

Torre mudéjar de la parroquia de Santo Tomé, Toledo.Aún le sobraba bastante tiempo hasta las cinco, la hora en la que había quedado con Andrés. Así que fue paseando lentamente por la rúa del Ángel, entreteniéndose en los puestos de especias y pigmentos, y aprovechando para adquirir algunos de ellos, antes de que divisara la torre mudéjar de Santo Tomé.

Recordaba el largo y tortuoso camino emprendido cuatro años atrás, cuando firmó con Juan López de la Quadra, mayordomo de la iglesia, el contrato para realizar un cuadro en memoria de Don Gonzalo Ruiz de Toledo, ilustre señor de la villa de Orgaz, y benefactor de la parroquia.

Antiguo alcalde de Toledo y Notario Mayor del Reino dos siglos atrás, había sido un hombre piadoso, muy querido y respetado en la ciudad. Su sepulcro se ubicaba en la zona más apartada y humilde del templo, por expresa voluntad suya. Andrés era un devoto de su persona, y había resuelto dedicarle un merecido homenaje, remodelando su emplazamiento en la capilla de Nuestra Señora de la Concepción, y dotándole de un retablo solemne y digno, más acorde con sus merecimientos.

Contaba para ello un dinero obtenido por el legado dispuesto por Don Gonzalo, según el cual el municipio toledano de Orgaz debía pagar anualmente a la parroquia un tributo de 800 maravedíes. Como quiera que hacía muchos años que el pueblo no había cumplido su compromiso, se acumuló una gran suma que Andrés había conseguido recaudar después de litigar en la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid. 

Para tal obra le eligió a él, feligrés de Santo Tomé, ya que vivía a unas cuadras de la misma. Además, eran medio parientes, pues la sobrina de Andrés, Petronila, estaba casada con su cuñado Juan de las Cuevas, al que había saludado esta mañana.

Finalizada el cuadro, llamaron a los tasadores Luis de Velasco y Hernando de Nunciva, que estimaron que la iglesia tenía que abonarle 1.200 ducados. No quedó conforme el capellán, y requirió que vinieran unos nuevos peritos. 

Acudieron en esta ocasión los artistas Hernando de Ávila y Blas de Prado. A la vista del portentoso alarde de técnica desplegado por él en aquel cuadro, dictaminaron que el precio debía ser de 1.600 ducados. Ante tal exorbitada cifra, el párroco solicitó una tercera opinión, que aún elevó más la tasación, hasta los 1.700 ducados.

El cura estimaba imposible poder afrontar tal desembolso, así que se avino a pagar los 1.200 de partida. Él no podía admitir semejante desprecio, así que optó por pleitear una vez más. Tras dos años de disputas, en las que incluso llegó a recurrir al pontífice, finalmente Doménico estimó conveniente renunciar a los 1.700 ducados.

Los 1.200 de la tasación inicial era una buena cantidad que le facilitaría liquidar las deudas contraídas y mantener durante un tiempo su ostentoso tren de vida, así que aceptó la oferta de su amigo Andrés, quedando a expensas de su cobro aplazado, ya que la parroquia no disponía de tan elevada suma. 

Cuadro de 'El entierro del señor de Orgaz'Habían pasado ya unos cuantos meses desde entonces, y todavía no había percibido la cantidad convenida. Hasta que, por fin, la semana anterior Andrés le había comentado que esta tarde liquidaría su débito con él. Cuando entró en la iglesia vio que no estaba, así que se dispuso a esperarle, contemplando su obra.

Repasó la sección inferior, en la que San Esteban y San Agustín ayudaban a recoger el cadáver del señor de Orgaz, flanqueados por algunos caballeros en procesión, entre los que había situado a varias personalidades de la época, fácilmente identificables, como el profesor Alonso de Covarrubias y su hermano Diego, el ecónomo Pedro Ruiz Durón, el párroco Andrés, el mayordomo Juan López de la Quadra, o Francisco de Pisa, con quien había compartido mesa hacía un rato, además de su propio autorretrato. Se detuvo un momento en la imagen de su hijo Jorge Manuel, que había ubicado al lado de San Esteban, y se admiró de lo que había crecido en los tres últimos años. 

Dirigió ahora su atención a la parte celestial. Aquí podía ver dos comensales más del almuerzo, el poeta Valdivieso y el regidor Gregorio Angulo, en compañía de otros egregios personajes como el Papa Sixto V,  el arzobispo Gaspar de Quiroga, el conde de Mora, el cardenal Tavera o el mismísimo Felipe II.

A éste le había reservado un puesto poco preeminente, una pequeña venganza que se había permitido, resentido por la desconsideración que había mostrado el monarca hacia su pintura.

Cuando llegó a El Escorial, compuso un primer cuadro que agradó al rey, la Alegoría de la Liga Santa. Con esa primera carta de presentación, pensó que no habría contratiempo alguno para convertirse en su pintor de cámara. El segundo encargo fue El martirio de San Mauricio y la legión tebana. Y aquí surgieron los problemas. Su puesta en escena no se correspondía con lo que el rey esperaba. 

La estupenda recreación de la historia, y su atrevida propuesta, distraían del mensaje religioso que el monarca quería transmitir. Y en aquellos tiempos de Contrarreforma, según la cuadriculada mente germánica del soberano, lo verdaderamente importante era la claridad de la idea, y no la forma en que ésta se desarrollaba. 

Doménico comprendió entonces que aquél no era su lugar, y se instaló en Toledo. La ciudad le ofrecía una clientela potencial muy amplia: estaba repleta de iglesias, capillas, monasterios y conventos, de gentes sencillas que recibían con aplausos su manera de entender el arte, y de nobles, hidalgos y burgueses deseosos de inmortalizar su estampa. Además, la ausencia de competencia le facultaba para dar rienda suelta a su manera de interpretar la pintura. 

Oyó unos pasos que se acercaban, mientras que poco a poco alcanzaba a oír la voz del sacerdote, que charlaba animadamente con otra persona. Cuando cruzaron el umbral, Doménico se quedó completamente petrificado, cual si le hubiese atravesado un rayo. Como buen cristiano, creía en la resurrección de la carne. Pero jamás imaginó que un protagonista de sus óleos pudiese cobrar vida y presentársele delante de él en forma humana.

Aquel hidalgo de mediana edad exhibía una barba enhiesta, bigote fino, nariz levemente desviada a la derecha, frente despejada, cejas arqueadas, mirada distraída y un hombro izquierdo ligeramente desprendido.

Lucía un rico atuendo de terciopelo oscuro, con gola y puños blancos de blonda almidonada, una cadena y un colgante de oro, y apoyaba su mano diestra de delgados dedos sobre el corazón, en un ademán de éxtasis perpetuo.

El caballero de la mano en el pecho, de El Greco. De gesto severo a la par que delicado y melancólico, su elegancia radicaba en las proporciones alargadas de su complexión. A él le gustaba desvirtuar las medidas reales y prolongar las imágenes verticalmente, pues opinaba que así sus figuras adquirían una mayor sensación de arrobamiento místico. Así, en el retrato que había confeccionado hacía unos años, había trabajado sobre el dibujo original de tal forma que era difícil distinguir a su modelo, el notario de la villa. En este caso, el personaje podía presumir de una modélica elongación longitudinal propia, y de parecerse más que el propio original a la imagen del retrato.

Sin tiempo para salir de su asombro, Andrés le presentó a Miguel de Cervantes. Tras intercambiar unas cuantas frases convinieron que tenían mucho en común: su estancia en Italia con el fin de buscar fortuna, su forzado encaje en los cánones de la Contrarreforma, su formación humanista, y una peculiar forma atrevida y provocativa de enfrentarse a la azarosa existencia que les había tocado vivir. Sin duda, Miguel sería un excelente compañero con el que gastarse durante aquella noche parte de los ducados que iba a embolsarse en breve. 



jueves, 15 de septiembre de 2016

Imhotep y el triunfo de la piedra

En los días anteriores se habían sucedido infinidad de complejos rituales, coloridas y joviales procesiones de danzarines y acróbatas, así como otras más sobrias y solemnes, como la encabezada por el soberano, la reina Hetephernebti y los hijos de ambos, flanqueados por los altos dignatarios y sacerdotes.

El faraón realizando la gran carrera del Heb Sed.
Extendió los brazos hacia la multitud, postrada ante él, y comenzó a recitar en voz alta el himno en honor a Upuaut, el dios chacal. Procuraba demorarse bastante en proseguir con cada verso de la letanía, tras la consiguiente réplica de los fieles, que retumbaba con estruendo en aquel magnífico recinto.

Una vez concluidas las plegarias, tomó el arco allí dispuesto, aun a sabiendas de que quien había de ejecutar el rito de lanzar una flecha hacia cada uno de los puntos cardinales debía ser el faraón. Pero sólo él dominaba en todos sus detalles el protocolo del Heb Sed y, en aquellos momentos, lo verdaderamente importante era ganar tiempo para que el monarca recuperase el aliento.

Hacía muchos años que conocía a Zoser. A pesar de la diferencia de edad, entre ellos se había forjado una sincera amistad y una relación muy estrecha de confianza mutua. Zoser había obtenido innumerables victorias en sus años de reinado. Había conquistado el Sinaí, y había consolidado la unificación del territorio de Egipto, expandiendo sus límites hasta la isla de Elefantina, bajo la gran catarata del Nilo. Mas el ingente esfuerzo necesario para conseguir tales logros había ido minando paulatinamente sus fuerzas.

Últimamente, la salud de su amigo había empeorado visiblemente, así que la celebración del jubileo se había anticipado a su fecha prevista. El faraón era el símbolo del país, su máximo responsable físico y espiritual. Su autoridad radicaba en su condición divina, pues era la viva reencarnación del dios Horus en la tierra.

Ahora que su energía flaqueaba, los ciudadanos empezaban a dudar de que gozase del favor de los dioses, y dicha incertidumbre se contagiaba en el ambiente, dando pie a una situación de inseguridad, desconcierto y desgobierno, que no era buena para el país. Por tanto, era indispensable renovar la energía vital del faraón cuanto antes.

Desde tiempos remotos, los faraones que llevaban 30 años en el poder festejaban el ritual de la eterna juventud, el Heb Sed, con el objetivo de regenerarse y demostrar que aún eran aptos para permanecer en el trono, aunque en ciertos casos excepcionales, como por una enfermedad grave del monarca, la ceremonia se podía adelantar. Así que Zoser y él habían decidido oficiar dicho ceremonial mágico al comienzo de aquel mes de Tybi, justo cuando los días comenzaban a crecer tras el solsticio invernal.

El magnífico Imhotep, el que viene en paz.Imhotep era consciente de los escasos beneficios terapéuticos que la celebración le depararía al rey. Sus conocimientos de medicina, adquiridos de forma empírica a lo largo de los años, le advertían de que su padecimiento era incurable, y de que su fin estaba próximo.

Atesoraba un sinnúmero de remedios farmacológicos eficaces para numerosas dolencias, con los que se había granjeado una fama sin igual como médico, o más bien como hechicero.

La mayor parte de quienes acudían a él no creían en su ciencia, sino en su magia. Así que había aprendido a adornar sus tratamientos racionales con indescifrables conjuros mágicos e invocaciones a los dioses, en los que sus pacientes si tenían fe ciega, pues se decía que el mismísimo dios Thot le había instruido en sus sanaciones milagrosas.

Él sabía que las afecciones se combatían tanto en el cuerpo de los pacientes, como también en lo más profundo de su espíritu. Por tal motivo había accedido a aquella suerte de placebo multitudinario que el faraón había determinado otorgarse.

Si había un mínimo atisbo de curación, éste debía brotar desde dentro del alma de Zoser. Y lo cierto es que, gracias a la intensa actividad que los preparativos requerían, su amigo había evidenciado una disposición y un ánimo que hacía tiempo que no mostraba.

En los días anteriores se habían sucedido infinidad de complejos rituales, coloridas y joviales procesiones de danzarines y acróbatas, así como otras más sobrias y solemnes, como la encabezada por el soberano, la reina Hetephernebti y los hijos de ambos, flanqueados por los altos dignatarios y sacerdotes.

A Imhotep le impuso sobremanera el recorrido de Zoser, ataviado con el manto de Osiris, por las distintas capillas porticadas consagradas a los dioses. Ante Sekhmet, la diosa enviada por Ra como portadora de epidemias y enfermedades para castigar a los hombres que se apartaban de su fe, realizó diversas ofrendas al objeto de aplacar su ira y solicitar el restablecimiento de su salud. Quemó varias barritas de resinas aromáticas en el templo del dios Ptah, rindió culto a Maat, encarnación de la justicia y la armonía cósmica, y se aplicó diferentes ungüentos en el santuario del dios Upuaut, con el ánimo de homenajear a los faraones anteriores.

Otro día había tenido lugar el desfile del pueblo frente al faraón. Se dieron cita gentes provenientes de todos los confines del país, acompañados algunos de ellos de su ganado, que en su caso presentaba sus respetos ante el dios Min, el gran toro blanco que sostenía al sol entre los cuernos.

Imhotep, el primer escriba, el primer médico, el primer arquitecto en piedra...Cada atardecer, Imhotep se encargaba de plasmar en sus papiros lo más relevante de cuanto había acontecido durante la jornada, ya que el ‘don’ de la escritura era otra de las numerosas virtudes que le distinguían, y tal vez la que más maravillaba a los mortales. Corría la creencia de que el propio Thot, la deidad con cabeza de ibis, también le había transmitido el poder de plasmar por escrito las palabras que Ptah, en su infinita generosidad, nos había regalado a los humanos.

Jamás se había esforzado en desmentir tal historia. Había aprendido el oficio de leer y escribir junto a su padre Kanefer, mientras le seguía en los distintos trabajos, de mayor o menor envergadura, que su progenitor ejecutaba en calidad de arquitecto y maestro de obras del reino.

A lo largo de los años había depurado los trazos caligráficos, añadiendo más signos de su propia invención y consiguiendo una transcripción más funcional de los símbolos, de manera que, desde hacía unos meses, había formado una escuela para instruir a nuevos iniciados en el arte ideográfico que había contribuido a perfeccionar...

Una vez que hubo tensado firmemente el arco, tirando con fuerza de la flecha, cerró los párpados un instante para concentrarse en su lanzamiento. En ese momento se le vino a la mente la cara de su padre, la cual se le aparecía cada vez más difuminada, mirándole con sus alegres ojos marrones, que él había heredado junto con su precisión y meticulosidad para desempeñar cualquier tipo de trabajo.

Estaba seguro de que se sentiría satisfecho de su proyecto para albergar el Heb Sed. Se trataba de una obra sin precedentes en Egipto y en todo el mundo conocido, como así lo confirmaban los embajadores venidos de las lejanas tierras de Nubia, Creta o Sumeria.

Para dar cabida a los invitados al festival, los miembros de la corte, los funcionarios de la administración, los gobernadores de las provincias, los emisarios, y el clero, así como los habitantes de Menfis, la capital, y los procedentes desde el resto del territorio, hubo de diseñar una extensa explanada en el que todos pudiesen contemplar cómodamente las distintas ceremonias.

El complejo rectangular lo delimitaba un grueso muro de más de 6 brazas de altura y 30 jets de perímetro, con una única entrada al este: un pasaje bordeado de columnas que guiaba al patio meridional.

Los visitantes que accedían por él a la explanada descubrían, justo enfrente, un espectacular friso de enormes cobras, emblemas del poder real, en tanto que en los distintos extremos podían divisar los templos visitados por Zoser, el palco de autoridades, el pabellón donde se celebraría el banquete final, o el palacio en el que descansaba éste durante los cinco días que duraba la celebración. Todo ello correctamente alineado respecto a los cuatro puntos cardinales, fruto de su notable competencia en asuntos de astronomía.

Uno de los retos más difíciles lo supuso el Palacio de las Dos Tierras, en el que el faraón había realizado el ritual de sentarse en los dos tronos, recibiendo de los sacerdotes la corona blanca del reino del Alto Egipto y la corona roja del Bajo Egipto, los dos países cuya unión había afianzado a lo largo de su mandato. En su diseño, había reproducido fielmente la residencia de Zoser en Menfis, si bien sólo la fachada, ya que carecía de fondo.

Friso de cobras del palacio de Saqqara Saqqara era un colosal recinto que, indudablemente, le haría pasar a la posteridad por la monumentalidad de su arquitectura y por la grandiosidad de las obras escultóricas. La trascendencia más allá de la muerte era una reciente inquietud que parecía compartir con su faraón Zoser, quizás por la cantidad de tiempo que compartían desde que éste le nombrase Gran Visir de Egipto, título que añadió a su extensa colección de honores: Canciller del Bajo Egipto, Gran Sacerdote de Heliópolis, Jefe de los Magos, Garante de la Justicia, y otros muchos que era incapaz de recordar.

Aunque lo que realmente hacía especial a aquel conjunto no era el esplendor de su traza, sino el material con el que se había elaborado. Hasta entonces, todas las grandes construcciones se habían realizado con materiales perecederos como el adobe o el ladrillo, de producción barata y fácil acarreo. Sin embargo, él tenía la voluntad de poner en práctica el sueño de su padre: erigir una obra con sillares de piedra caliza cortados, tallados y pulidos, que perdurase en el tiempo.

Tal trabajo le supuso enfrentarse a unos problemas técnicos que nunca antes se habían abordado, pero que Imhotep resolvió con valor e inteligencia. Aplicó sus conocimientos de matemáticas, geometría y física, y sus dotes de liderazgo, para desarrollar nuevos métodos con los que acometer la extracción de miles de bloques de piedra desde las canteras del sur del país, su transporte por el Nilo con la participación de gigantescas barcazas, y su posterior montaje.

No obstante, lo más complicado era obtener las ingentes cantidades de dinero y de mano de obra necesarias para llevarlo a cabo. Afortunadamente, el reino atravesaba una época económica inmejorable, y Zoser no dudó en poner a su servicio todos los medios de que disponía, con tal de ver erigida lo más pronto posible aquella impresionante ciudadela.

Al fin y a la postre, el faraón tenía una deuda contraída con él, y tal vez había llegado la ocasión de saldarla, aunque no ignoraba que su pago iba a redundar más en beneficio suyo que en el de Imhotep.

Hacía unos años, una terrible hambruna asoló el país del Nilo. Una sequía de siete años azotaba el reino. El grano escaseaba, y el descontento y las carencias de la población desembocaron paulatinamente en una ola de robos, manifestaciones y revueltas. Fue entonces cuando, como último recurso, resolvieron reconstruir el templo de la isla de Elefantina, en el Alto Nilo, consagrado a Jnum, el dios de las aguas.

Imhotep emprendió la tarea con gran dedicación e ilusión, y ello se vio reflejado  en la extraordinaria belleza de su factura. Parece que tanto el templo, como el discurso que pronunció Imhotep en su reinauguración, invocando a los dioses como sólo él sabía hacer, surtieron su efecto, y las lluvias volvieron a caer con abundancia sobre el país. Los diezmos a los que los agricultores, cazadores, pescadores y ganaderos fueron sometidos después del restablecimiento de las precipitaciones colmaron las arcas reales...

Estatua del faraón ZoserMientras veía volar una tras otras las saetas que iba lanzando al cielo, Imhotep comenzaba a advertir el cansancio que acumulaba debido a la tensión a la que había estado sometido en los últimos meses para que todo estuviese listo para el Heb Sed.

No obstante, su fatiga no tenía nada que ver con la que experimentaba Zoser, más joven que él pero más castigado, afrontando todas aquellas pruebas de resistencia que tenía que vencer para autentificar su refortalecimiento.

El día anterior se había enterrado una estatua, réplica exacta de la figura del faraón, representando así la muerte del soberano. El rey se había encerrado en el palacio residencial, y se había tomado la poción aletargante que él había elaborado. Un profundo sueño debía conducirle, de la mano de Anubis, al inframundo, donde tenía que tocar los cuatro lados de la tierra, para luego ascender hasta la bóveda celeste. Una breve estancia en Sirio proporcionaría a su espíritu una conciencia más elevada, y atravesando de nuevo la Puerta de Anubis de regreso a casa, se reencarnaría en un individuo totalmente revitalizado.

Imhotep había oído historias de pueblos al sur de la Gran Catarata que practicaban un reemplazo generacional del líder en condiciones similares a las que ellos lo realizaban, solo que, en su caso, el caudillo en decadencia era sacrificado y devorado por su sucesor, traspasándose de tal manera el carácter divino de uno a otro. En ese sentido, Zoser era afortunado por poder reencarnarse en su misma persona.

Tras despertar de su viaje astral, Zoser apareció en el patio ceremonial con ropaje renovado, listo para poner a prueba la veracidad su rejuvenecimiento. Para ello, había de acometer la gran carrera entre dos montículos de piedra, que simbolizaban las fronteras de su imperio, portando en su mano izquierda el mekes, un papiro con el ‘Testamento de los dioses’, por el que éstos le legaban la tierra de Egipto, y en su mano derecha el cetro nejej o flagelo.

Pese a que contaba con la ayuda del preparado energético que le había facilitado, y de que Zoser estaba superando el examen con cierta suficiencia a ojos del pueblo, Imhotep le conocía de sobra como para darse cuenta de las dificultades por las que estaba atravesando. Examinando su rostro sabía que se encontraba al límite de sus fuerzas, aun cuando no lo exteriorizase.

El levantamiento del djed, el gran poste de granito símbolo de la fertilidadY aún le quedaba el levantamiento del djed, el gran poste de granito símbolo de la fertilidad. Pensó que era necesario bajar a la arena y suministrar a su amigo algo más de su pócima con la que poder afrontar con garantías la prueba final, mientras que él entretendría a la población con algún sortilegio ininteligible, pues bien sabía que así alentaría más aún a las masas a creer en el poder sobrenatural y renacido de su líder.

Al terminar su exhortación, y tras lanzar las flechas que mantendrían alejadas a las fuerzas del mal y a los enemigos del reino, y extenderían por todo el país la energía vital o ka, se acercó nuevamente a Zoser.

Le tomó el pulso, conocedor de que la tensión arterial era un fabuloso índice para estimar el estado del corazón, el principal órgano del cuerpo. De él partían los vasos sanguíneos, en él se generaban la sangre, el esperma, las lágrimas y la orina, y de él surgían nuestros pensamientos.

Todo estaba en orden. No obstante, con sus manos aplicó una ligera presión sobre las arterias carótidas, con el fin de disminuir el flujo de sangre al cerebro y calmar el dolor que podía sentir Zoser, mientras inventaba sobre la marcha una plegaria al dios Ptah, consciente de que miles de ojos y oídos se concentraban sobre ellos dos en aquel momento, intentando indagar qué es lo que ocurría.

Zoser apartó sus manos, regalándole una mirada de aprecio, gratitud  y confianza. Se encontraba físicamente preparado para la prueba definitiva, y no cabía dilatar más su ejecución. Imhotep se echó a un lado, y el faraón se dirigió hacia el pesado pilar.

El rey agarró fuertemente las cuerdas, y durante unos segundos se mantuvo inmóvil esforzándose en proyectar la energía de su maltrecho cuerpo en los músculos de sus brazos. Un silencio estremecedor cruzó la explanada, en tanto que los súbditos, agradecidos con aquel magnífico soberano, parecían concentrarse también en transferirle sus fuerzas para que lograse su propósito.

Zoser se sorprendió de lo sencillo que le resultó alzar el colosal bloque de granito, ignorante del juego de poleas que había concebido Imhotep. Exultante, se giró hacia la muchedumbre mientras ésta estallaba de júbilo: podían contar con un gran faraón que les guiase durante otros 30 años, a buen seguro.

Imhotep, ‘el que viene en paz’, apartado de la multitud, observaba la escena sobrecogido y a la vez orgulloso de su amigo, regocijándose por su aparente resurrección, mientras que su vista se fijaba en cómo los últimos rayos de sol incidían en la cima de aquel fantástico monumento que había erigido en el centro de aquel espacio.

Aquí acaba esta historia, con la pirámide de Saqqara al fondo, la primera del mundoJamás nadie había construido nada parecido: un edificio en forma de escalera, de base rectangular y compuesto por varias gradas o niveles superpuestos cada vez más pequeños, destinado a acoger en su interior los restos de Zoser cuando éste muriese.

Estaba convencido de que aquella enorme escalinata le permitiría ascender más fácilmente a los cielos para situarse entre los dioses, con los que ayer mismo había vagado por el firmamento. Una circunstancia que, a pesar del éxito del Heb Sed y de sus efectos positivos sobre el corazón de Zoser, sospechaba que se produciría muy pronto.