martes, 3 de junio de 2014

Viernes laboral

xxx Resumen de la página xxx A menudo regreso a la Laboral. No sé si dormido o despierto. Primero me veo esperando a los autocares azules de Planas en la parada de la Plaza Imperial Tarraco, justo enfrente de lo que era la facultad de Letras y Química (extraña combinación), si no recuerdo mal. 

Allí comenzábamos a encontrarnos los amigos, antes de subir a ese autocar articulado que nos llevaba a las afueras de la urbe. Como el inicio de la ruta no era allí, sino cerca del Mercado, las únicas plazas libres, si las había, se hallaban, bien en la zona central, bien en el segundo ‘vagón’. 

Conforme ibas creciendo, sabías que los movimientos de la zona articulada del autobús, y los de tu intestino, provocados por la ingestión del desayuno, no eran compatibles. Así que te situabas, tras ciertos empujones, en el vagón de cola, siempre consciente de que, a la luz de los chirriantes sonidos que emitía la articulación, en cualquier momento podía desprenderse de la cabeza del vehículo. 

Atravesábamos parte de la zona industrial de la comarca, el pulmón económico (que no ecológico) de la zona, hasta llegar a la barrera de la Uni, una vez atravesado el puente de la vía, que en aquellos tiempos era de un solo carril en ambos sentidos, y bastante bacheado. Tras el último viraje del gusano mecánico en la curva de acceso al recinto, llegábamos al punto de parada. 

Descendíamos del infernal aparato y nos dirigíamos hasta las aulas. Allí nos reencontrábamos con el resto de compañeros, unos internos y otros externos con otros medios de locomoción. En aquellas clases, los distintos profesores, unos con mejor saber o ánimo que otros, hacían vanos intentos por despertarnos de nuestra somnolencia debida al madrugón, y de nuestra ignorancia debida a la edad. Lo mucho o poco que recuerdo de las Ciencias y de las Letras se lo debo en gran parte a ellos. 

Aunque una gran parte del conocimiento lo obtuvimos del propio recinto que nos acogía. Así, aprendimos la discontinuidad de las funciones matemáticas observando los pasillos cubiertos, muy estéticos pero de escasa funcionalidad en los días de lluvia, ya que había ciertos tramos, entre los distintos pasajes, que alguien olvidó o no consideró oportuno cubrir. 

Igualmente aprendimos Topología, tratando de hallar el camino más corto para llegar en el escaso tiempo de que disponíamos entre clases, hasta las lejanas aulas de dibujo, cargados con esos rotring que tenían la curiosa costumbre de soltar una última gota, más cuantiosa y desacertada que el resto, sobre las láminas de vistas de extrañas figuras que teníamos que dibujar. 

También aprendimos mimetismo, cuando celebrábamos unas auténticas guerras de piñas, extraídas de esos setos situados enfrente de las puertas de acceso a las aulas, parapetándonos con las sillas sobre las mesas. 

La expansión de los gases la aprendimos en la cafetería, donde algunos comenzamos nuestra andadura de fumadores pasivos, a través del estudio de las volutas que emitían los cigarrillos de los compañeros que habían caído ya en ese vicio. En dicha cafetería servían reparadores cafés que a veces nos disuadían de acudir a las clases, más aún si eran regados con algún líquido espirituoso, antes de la posterior prohibición de servirlos a menores. 

En el comedor aprendimos todo lo referente a las características de los materiales: dureza, elasticidad, color, densidad. Especialmente con unos garbanzos que flotaban en un misterioso caldo verde, o unas chuletillas de un animal ya extinguido hace varios eones. Que ya me gustaría ver a aquellos cocineros presentando los platos que nos servían a los jurados del Masterchef. 

Justo a la salida del comedor, en la gran explanada central, nos encontrábamos con un claro ejemplo del principio de incertidumbre de Heisenberg. Cientos de naranjas se movían sin orden aparente alguno, lanzadas por todos aquellos cansados de la escasa variedad en el postre de los menús. Creo que me he pasado unos 20 años de mi vida traumatizado por la animadversión adquirida hacia esta fruta. Lo único positivo de las mismas fue la habilidad que un compañero me enseñó para pelarlas con forma de muñeco. 

También recibimos clases de electromagnetismo en las pistas de baloncesto, donde pasábamos el rato de la sobremesa hasta que empezaban las clases de la tarde, y aprendíamos que algunos de nosotros estamos cargados con energía positiva o negativa, y así se lo transmitimos al balón de baloncesto, de tal forma que aunque uno lanzase la pelota con la dirección e impulso correcto, ésta acaba invariablemente repelida por la canasta, cargada con la misma energía. 

Nuestras inclinaciones universitarias o laborales las aprendimos junto a las mesas de ping pong, donde auténticos campeones de la especialidad nos recordaban, por si se nos había olvidado, que el Señor no nos había llamado por el camino del deporte, y que debíamos explorar otros caminos para ganarnos el sustento. 

La teoría de la relatividad estaba bien presente en las pistas de ceniza, cuando realizábamos la prueba de los mil metros. Quedaba palpable para los que no conseguíamos alcanzar cierta velocidad, que el espacio-tiempo parecía dilatarse: la prueba se hacía interminable y la meta parecía inalcanzable. 

Recibimos clases de filosofía, y de cómo ver la realidad desde numerosos puntos de vista, cuando en aquel pabellón desvencijado y abierto por los lados, aprendíamos a dar la vuelta en el plinton. Algunos incluso descubrimos la astronomía con el salto del potro o del caballo. 

Aprendimos biología paseando por la costa, donde la fauna autóctona había sido sustituida por nuevas especies plásticas y petroquímicas procedentes de los pantalanes cercanos, y que a veces cubrían la arena que escaseaba en la orilla, y que nos permitía jugar al ‘clavo’. 

También aprendimos meteorología, luchando contra el viento que incesantemente soplaba a sus anchas en aquel campo abierto, modelando así las costumbres y las almas de las gentes de la Costa Dorada, y de cuyos efectos nos protegíamos refugiados tras las enormes cristaleras que poblaban todas las estancias de aquel enorme recinto. 

Aunque en aquellas aulas no sólo nos enseñaron y no sólo aprendimos conocimientos, sino una serie de valores que, conforme uno vuelve a reencontrarse con los viejos amigos a través del facebook, uno cree reconocer en cada gesto, en cada frase, en cada me gusta de los ex-compañeros. 

Sin duda, la convivencia durante al menos cuatro años con el resto de alumnos en este recinto acabó por configurar un cierto carácter indeterminado que nos une a pesar de la distancia geográfica y de los caminos divergentes que hemos ido tomando en la vida.

Se ha convocado para este fin de semana una nueva edición de la reunión de viejos compañeros de la promoción 1982-1986. Este año no asistiré. Pero no podía por menos que participar de alguna manera, aunque fuera virtual, en el evento. Confío en poder estar presente en las próximas ediciones, si las circunstancias logísticas, temporales, económicas y emocionales lo permiten. 

Espero que disfrutéis de este magnífico reencuentro, al que me sumo con este pequeño escrito en recuerdo de aquellos maravillosos años compartidos con todos vosotros. ¡Un abrazo para todos!
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