viernes, 17 de octubre de 2014

Viernes protocolario

Parece que últimamente los protocolos nos invaden. Sin embargo, no podemos quejarnos. Ha habido épocas con unos protocolos mucho más rígidos que los actuales.
Palacio de Versalles
A estas alturas todos conocemos lo que es un protocolo médico. Se trata de un documento que describe el proceso de atención de un paciente, en relación a su enfermedad, y que debe seguir el personal sanitario.

El término protocolo viene del latín protocollum, y este del griego πρωτόκολλον, palabra compuesta de protos (primero) y kollom (pegar). 

La palabra se utilizaba en aquella época para designar a la primera hoja que se pegaba en los manuscritos importantes, en la que se describían los datos fundamentales del documento a modo de índice, y que solía contar con un sello o señal que verificaba su autenticidad y evitaba falsificaciones.



Hoy en día podemos encontrar numerosos tipos de protocolos distintos: protocolos diplomáticos, políticos, notariales, de seguridad, terapéuticos, informáticos, de comunicación...

Interior del Palacio de Versalles

Así, en política internacional, tenemos diversos protocolos, como el protocolo firmado en Kioto en 1997 sobre medidas medioambientales, que son acuerdos de carácter no vinculante para los Estados firmantes, a diferencia de los tratados internacionales, que sí son de obligado cumplimiento.

Igualmente, en el campo de la diplomacia existen unas reglas de protocolo que determinan el comportamiento y los normas que se deben observar ante los jefes de Estado extranjeros, y el orden de las acreditaciones, saludos, etc.

Jardines del Palacio de Versalles
A un nivel más general, contamos con una serie de protocolos sociales que rigen las conductas que deben conocerse, observarse y cumplirse en determinados actos deportivos, laborales, culturales o militares; sin olvidarnos de los protocolos a la hora de comer, respecto a la colocación de los invitados, la elección del menú, la decoración de la mesa, la posición  de los cubiertos...

Está claro que los protocolos nos acompañan en casi cualquier ámbito de la vida. Parece que constituyen una necesidad social, para destacar aquellos actos importantes que se producen en la comunidad, dotándoles de una solemnidad y de un ceremonial acordes con la relevancia del mismo.

De esta manera, podemos encontrar distintas expresiones protocolarias en Mesopotamia, en el Código de Hammurabi, como también en los jeroglíficos egipcios. Aunque sería en la Edad Media, con la creación de la corte, cuando el protocolo comenzó a cobrar una mayor importancia.

Pero donde alcanzó su punto álgido fue en la corte de Versalles, durante el reinado de Luis XIV.  En esta corte había un ceremonial para todos y cada uno de los actos del día, desde los más íntimos hasta los más solemnes.

Todas las actividades en Versalles estaban reguladas y protocolizadas desde la mañana hasta la noche, con precisión de minutos. Luis XIV, el Rey Sol era perfecto, y por ello la vida en Versalles debía ser igualmente perfecta.

Luis XIV, el Rey Sol

El día comenzaba con la ceremonia de le lever du Roi, el despertar del Rey. Todos los días a la misma hora, las 8 de la mañana, unas 40 personas acudían a ver cómo se levantaba el monarca: el Primer Ayudante de Cámara, el Primer Cirujano, el Primer Médico, el resto de la familia real, el barbero, el peluquero, así como numerosos ministros, mariscales y servidores varios.

De ahí se pasaba al protocolo diario del vestuario, del desayuno, de la visita a la capilla, de las audiencias... Incluso cuando paseaba por los jardines, el maestro fontanero debía estar atento para seguir el protocolo de encender y apagar las fuentes según el camino que tomaba el soberano para recorrer sus jardines.

La corte de Versalles
La cena del rey, a las 10 de la noche, también congregaba a numerosos cortesanos, unos pocos de ellos invitados a acompañarle en su comida, y el resto simplemente a mirar, atentos todos a los movimientos del Rey Sol en su yantar. Y finalmente el día acababa con el último ceremonial: le coucher du Roy, acompañado de nobles y clérigos.

Hasta tal punto estaban extendidos los protocolos, que no debe sorprendernos el que se celebraba poco después de levantarse. A esa hora, tanto si tenía ganas como si no, el rey Luis debía sentarse en su chaise d’affaires. En todo el palacio había unos 300 chaises d’affaires, asientos adaptados para que los cortesanos hiciesen sus necesidades, algunos de los cuales incorporaban una mesa escritorio para poder leer y escribir, y que en el caso del rey era de oro.

Mientras el soberano realizaba sus menesteres, recibía en audiencia a sus ministros, a sus generales, y a determinadas personas que gozaban del privilegio e inmenso honor de ser recibidos en ese momento del día, llamado derecho de ‘brevet d’affaires’, que adquirían previo pago de entre 60.000 y 100.000 escudos de la época.



En tales circunstancias tan solemnes fue cuando el rey Sol pudo tomar decisiones tan importantes como las de la ocupación de la Luisiana, la unificación religiosa en Francia, la intervención en la Guerra de Sucesión española o la reforma de la administración.

Parece que el monarca tan sólo escapaba del protocolo a la hora de comer, cuando solía hacerlo en su vestíbulo privado (y al parecer con las manos, sin utilizar cubierto alguno), y cuando visitaba a sus concubinas.




Por todo lo expuesto, espero que este fin de semana os libréis de todos los protocolos que debemos seguir de lunes a viernes, y que tan sólo observéis a rajatabla una única norma: pasarlo bien.

Fuente principal: Us et coutumes à la cour de Versailles




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