jueves, 4 de diciembre de 2014

Viernes procrastinado. No lo leas hoy, mejor léelo mañana.

Arrecia el mal tiempo, y se congelan las ganas de hacer nada. Vamos aplazando las tareas, hasta que llega el punto en que nos vemos obligados a acometerlas con carácter de urgencia. ¿Es normal que nos comportemos de esta forma?
Arrecia el mal tiempo, lo cual es signo de que se acerca un nuevo invierno, y con él unas nuevas Pascuas.

Dentro de nada empezarán a llegar a las estaciones de ferrocarril multitudes de pasajeros que regresan a casa por Navidad, tras meses, años o incluso décadas de ausencia, bienvenidos con alegría por sus familiares que les esperan en los andenes.

Esta época también es propicia para que muchos de nosotros pensemos en numerosos proyectos que acometeremos el año entrante, y que seguramente acabarán en una vía muerta: comenzar una dieta, apuntarnos a clases de yoga, repasar nuestro olvidado inglés, hacer deporte, aprender a tocar el piano...



Sin embargo, para afrontar estos importantes propósitos parece que siempre nos tomamos un tiempo excesivo, y acostumbramos a demorar su puesta en práctica más de lo debido.

Y es que nos gusta dejar las tareas para mañana o para más adelante, sobre todo si se trata de resolver problemas, quizás en la confianza de que las cosas se acaben arreglando solas sin necesidad de nuestra intervención. Pero esto no suele ocurrir así. Muy al contrario, los problemas tienden a empeorar si demoramos la toma de medidas sobre ellos.

Así, bastaría un poco de esfuerzo, y unos recursos limitados para poder acabar con el hambre en el mundo, para frenar la contaminación, para legislar contra la corrupción, para desmantelar los arsenales nucleares. Pero todas estas decisiones se van postergando para un mañana que nunca llega.

También en el día a día aparece esta conducta. Gran parte de la gente es proclive a postergar muchas tareas cotidianas. Pagamos los recibos e impuestos en el último momento, hacemos las compras en los comercios justo cuando van a cerrar, borramos la bandeja de correo cuando está excedida en su capacidad, realizamos las reservas de hotel en el último momento, nos ponemos a ordenar la habitación cuando ya no hay quien encuentre nada...

Esta conducta recibe el nombre de procrastinación. Este término proviene las palabras latinas  pro (adelante), y crastinus (relativo al futuro, al mañana).

La procrastinación es la tendencia a aplazar todo para más adelante. Mucha gente tiende a postergar las tareas más pesadas, inquietantes, aburridas o desagradables, aunque importantes, mientras se entregan a otras más irrelevantes, pero que les proporcionan un placer mayor.

Existen diversas causas que nos incitan a procrastinar: la vergüenza, la culpabilidad, la ansiedad, el desaliento, el miedo al fracaso, la autoexigencia de perfeccionismo, el miedo al éxito, la indecisión, la pereza física o mental, los problemas de autoestima.

Podría decirse que esto es una simple costumbre humana, fruto de hábitos mal adquiridos. Sin embargo, hay estudios de la Universidad de Colorado que indican que la procrastinación es hereditaria.



De hecho, se conoce que este trastorno del comportamiento se da cuando el sistema límbico vence a la corteza prefrontal. Ambos están siempre en constante lucha: la corteza prefrontal se ocupa de dirigir lo que debemos hacer, mientras que en el sistema límbico se sitúa el centro de placer del cerebro.

Al realizar actividades placenteras, se genera dopamina, y las neuronas del cerebro se vuelven adictas a ella, de tal forma que cada vez tenemos menos ganas de acometer tareas menos agradables pero necesarias, y cada vez hacemos menos caso a nuestra corteza prefrontal.

E incluso hay una fórmula, desarrollada por la Universidad de Calgary, que calcula el nivel de procrastinación de una actividad: U=EV/ID, siendo U la Utilidad de la tarea una vez realizada, E las Expectativas que genera su acción, V el valor que concedemos a dicha tarea, I la inmediatez que requiere y D la sensibilidad de cada persona respecto a los retrasos en el trabajo.


Aunque ya los antiguos resolvieron este problema sin tanta fórmula, con refranes como ‘No por mucho madrugar amanece más temprano’ o ‘Las prisas no son buenas consejeras’, además del famoso ‘Vuelva usted mañana’ de Mariano José de Larra, o el más actual ‘Pero hoy no... mañana’ de José Mota, y sin olvidarnos del maravilloso "No dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana", mejorado con el ‘No dejes para mañana, lo que puedes postergar indefinidamente’.

De esta forma surgen muchos manuales sobre cómo vencer nuestra perniciosa tendencia a la postergación de nuestros deberes, y cómo luchar contra esos momentos de debilidad: debemos fijarnos pequeños objetivos alcanzables a corto plazo; tomar la decisión de realizar de forma inmediata el trabajo, sin más excusas; no aplazar las tareas cortas; combatir el autoengaño de que mañana harás el trabajo, etc.

No obstante, no debemos ver la procrastinación como algo necesariamente negativo, sino como una vía de escape natural y necesaria.

Y es que vivimos agobiados en un mundo dominado por la inmediatez y la urgencia: todo lo queremos ya, en este momento, no podemos esperar. Debemos comportarnos como seres perfectamente organizados, puntuales y responsables, con unas prioridades bien definidas a la hora de realizar nuestras tareas. Ante esta forma moderna de esclavitud, sólo cabe enfrentarnos mediante una "procrastinación activa", como forma de resistencia a la autoridad.


En todo caso, si hay una reina de la procrastinación, esa no es otra que Penélope, la mujer de Ulises. Éste se fue a batallar en la guerra de Troya, y al volver, se despistó en el camino de regreso y tardó casi veinte años en regresar a su casa.

Mientras tanto, en su reino los nobles querían pensar que Ulises había muerto, y muchos de ellos deseaban casarse con la reina, para así acceder al trono de Ítaca.

Pero ésta insistía en que no se casaría con ellos hasta que no terminase un sudario que estaba tejiendo para cuando falleciese el antiguo rey Laertes, padre de Ulises, sudario que se dedicaba a destejer por las noches, de tal forma que no llegaba nunca ese mañana en el que se habría de desposar con uno de ellos.


Finalmente regresó Ulises a casa (no sé si también por Navidad, aunque casi seguro que no fue en tren), y acabó con todos los traidores de forma inmediata, sin aplazar su venganza para el día siguiente. De esta forma fue cómo Penélope consiguió resistir demorando la terminación de su tejido sine die, y es por lo que a la procrastinación también se le denomina complejo de Penélope.



Así que, antes de unas fechas de múltiples compromisos más o menos deseados, os invito a que aprovechemos el fin de semana y procrastinemos tranquilamente, sin atormentarnos, culpabilizarnos, ni reprocharnos nada por nuestra merecida indolencia, y atendamos a las deseos de nuestro sistema límbico. ¡Buen finde!



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