jueves, 10 de septiembre de 2015

Cien hombres justos. Viernes centenario.


El cien es un número muy especial, casi mágico. Desde el principio de los tiempos, esta cifra nos ha fascinado.

No es de extrañar. 100 son diez veces diez, que son los dedos que tenemos más 'a mano' para contar. Así que, una vez que adoptamos como sistema de numeración más natural el sistema decimal, el número 100 ha devenido una pieza fundamental en muchos aspectos de nuestras vidas.

De esta forma, decimos que no hay mal que cien años dure, o que más vale pájaro en mano que ciento volando, o incluso nos ponemos a cien cuando nos excitamos en exceso.


El tiempo lo parcelamos en periodos de 100 años que llamamos siglos. Nuestras monedas las fragmentamos en 100 céntimos, peniques o centavos. Y para medir el calor que está haciendo, utilizamos grados centígrados, esto es, grados que suponen la centésima parte de la diferencia entre las temperaturas de congelación y ebullición del agua.

Incluso en la Antigüedad, antes de que adoptásemos el sistema decimal, podemos encontrar el magnífico Palacio de las Cien Columnas en Persépolis, y que tiene su réplica moderna en la Sala de las Cien Columnas que Antonio Gaudí construyó en el Parque Güell de Barcelona (un gran porche formado por tan sólo 86 columnas, curiosamente).


Igualmente contamos con las hecatombes, espectaculares sacrificios de 100 bueyes que los griegos ofrecían a los dioses para obtener sus favores (aunque, por razones prácticas, normalmente la cantidad de animales inmolados solía ser bastante menor).

También podemos indicar que parte del éxito militar de las tropas romanas consistía en sus centurias, unidades de infantería comandadas por un centurión, que conformaban las legiones (y que en la época clásica contaban con solo 80 soldados, a pesar de su nombre).

Aunque parece que donde el número 100 caló más profundamente fue en el ámbito de la política. Ya en la antigua Grecia, el Ática fue dividida por el ateniense Clístenes en 100 demos o municipios, mientras que la rival Esparta estaba regida por un Consejo de 100 representantes.


La ciudad de Cartago era famosa por su Consejo de los Centumviros o Senado de los Cien, el órgano que detentaba el poder de la metrópoli. Aquí también parece que, a pesar del nombre, no eran cien sino 104 los aristócratas que constituían el Gran Consejo cartaginés, pues a los cien consejeros se le sumaban dos sufetes y dos sumos sacerdotes.

Roma tampoco les fue a la zaga, ya que Rómulo designó originalmente a 100 senadores para regir la ciudad recién fundada (más concretamente se trataba de 99 senadores patricios, y el rey). Posteriormente, los siguientes reyes nombrarían otros 200 senadores más, para dar cabida en la institución a otros personajes ilustres y acaudalados que se habían quedado fuera. Pese a ello, en la toga senatorial llevaban grabada una C, símbolo del cien en números romanos.


Esta estructura de poder se replicaba en las ciudades sometidas por Roma, en las que se establecía un Consejo de Cien Ancianos (centumviri), cada uno de los cuales representaba diez casas.

Y sin necesidad de remontarnos tan lejos en el tiempo, tenemos que el actual Senado norteamericano consta de 100 miembros, dos senadores por cada uno estado de la Unión, independientemente de su población.

En Italia, el actual primer ministro Matteo Renzi está planteando una reforma política para reducir los componentes de la cámara alta, el Senado italiano, a sólo 100 miembros, y reconvertirla de paso en una Cámara de las Regiones.


E incluso en África, la Cámara de los Representantes del Pueblo de Guinea Ecuatorial también cuenta con 100 miembros, de los cuales 99 pertenecen al partido oficial del régimen.

Tampoco hace falta irse tan lejos para encontrar ejemplos de esta tradición. Así, en el año 1238 se constituyó en Jaca la primera cámara de cien miembros, encargada de velar por la buena administración de la villa aragonesa. Se denominó el Consejo de los Ciento.

Parece que el rey Jaime I el Conquistador comprobó su buen funcionamiento, y se encargó de promoverla por el resto del reino de Aragón. Fue así como, en 1265, se constituyó en Barcelona el primer Consell de Cent (o Consejo de Ciento).


Estaba conformado por cien jurados, prohombres elegidos entre la oligarquía urbana, que se encargaban de asesorar y supervisar el trabajo de los magistrados municipales.

Dicha asamblea rigió los destinos del gobierno municipal entre los siglos XIII y XVIII, periodo durante el cual, como en el resto de casos, la cifra de sus miembros fue aumentando por encima de la centena inicial.


A principios del siglo XVII España era el escenario donde las potencias europeas se jugaban su supremacía. El rey Carlos II había muerto sin descendencia, y dos casas reales, los Borbones y los Austrias o Habsburgos, lucharon por el trono español.

Inglaterra, Francia, Austria, Holanda, Saboya, Prusia y Portugal convirtieron nuestra geografía en el tablero de ajedrez donde jugar su partida por suceder a España como potencia hegemónica en el contexto internacional.


La Guerra de Sucesión se prolongó más de una década, hasta que finalmente el bando francés se fue imponiendo. En este contexto, el 11 de septiembre de 1714 se produjo el asalto final de las tropas borbónicas a la ciudad de Barcelona.

La ciudad condal era prácticamente el último reducto fiel al emperador austríaco que quedaba en la península, y había resistido durante más de un año los embates de las tropas rivales. Tras su caída, el duque de Berwick decretó la abolición del Consell de Cent, además de otras instituciones locales de gobierno.

 

El último Conseller en Cap (Consejero en jefe) del Consejo había sido Rafael Casanova, el cual, en los últimos momentos de la batalla, fue herido por una bala. Moriría unos 30 años más tarde, en su casa de Sant Boi de Llobregat, tras haber retomado el ejercicio de la abogacía, que había abandonado por el desempeño de su cargo.

En 1886 se erigió una estatua en su honor en el Salón de San Juan. Desde el principio, la escultura fue objeto de pequeños homenajes en forma de ofrendas florales por parte de la población, hasta que se convirtieron en una costumbre anual que se repetiría año tras año, todos los 11 de septiembre, aniversario de la toma de Barcelona.


La imagen del dignatario se convirtió en un objeto de veneración por parte de los catalanes que deseaban ver restituidas las instituciones de autogobierno de Catalunya. Y cada 11 de septiembre era mayor la afluencia al acto festivo y a la vez reivindicativo que se formaba alrededor de la estatua.

En 1914 la estatua cambió de ubicación, trasladándose a la Ronda de San Pedro, en el lugar donde se supone que fue herido. Tras la Guerra Civil, la figura fue desmontada y guardada en un almacén, con el fin de evitar las manifestaciones de la población en su entorno.


Con la restauración de la democracia, la estatua fue restituida a su actual ubicación, mientras Catalunya iba recuperando gran parte de las instituciones suprimidas por el Decreto de Nueva Planta que había sancionado el monarca Felipe V, vencedor de la guerra por la sucesión dinástica.

Quizás la única institución que aún no ha sido restablecida es precisamente el Consell de Cent. Puede deberse a que hoy en día hay instrumentos más eficaces para regir los destinos de una población que un Consejo de cien prohombres, o promujeres en su caso, aunque también puede deberse al probable equívoco que puede surgir en el lenguaje oral al pronunciar el nombre de dicha institución. Y es que, en catalán, Consell de Cent (Consejo de Ciento) puede ser interpretado como Consell decent (Consejo decente).


No obstante, como el devenir de la historia resulta ser en muchos casos cíclico, podemos imaginar que quizás, en un futuro cercano, nuestras localidades serán regidas nuevamente por un Consejo de cien personas decentes. Por imaginar, que no quede.

Mientras tanto, espero que paséis un fin de semana cien por cien gratificante. Buen finde!





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