jueves, 12 de noviembre de 2015

El planeta infernal de Venetia Burney.

Venetia era una niña muy especial, que creció entre los libros de la Biblioteca Bodleiana. No en vano, gran parte de sus ascendientes habían tenido distintos cargos en la Universidad de Oxford.
El eco de aquellos pasos apresurados que avanzaban por el pasillo de acceso a la sala de lectura le distrajo de su estudio. Era inusual escuchar un ruido semejante en la biblioteca. Sin duda pronto uno de los conserjes aparecería para llamar la atención a su causante. 

Venetia se concentró nuevamente en el volumen que estaba hojeando. A diferencia de la mayor parte de las niñas y niños de su edad, a ella le encantaba pasar sus ratos libres leyendo en aquel lugar. Resultaba habitual encontrarla allí sentada, devorando ávidamente un libro tras otro, ya fueran de matemáticas, de astronomía o incluso de mitología clásica.



Era primero de mayo, y la biblioteca estaba abarrotada, ya que los exámenes finales de curso estaban próximos. La ‘Bod’ era la preferida por gran parte de los alumnos de la universidad de Oxford. Fundada hacía unos trescientos años, aquellas salas habían visto pasar a los ciudadanos más ilustres de Inglaterra de los últimos siglos. Su bella factura se correspondía con la importancia de la misma, ya que además de constituir la principal biblioteca de investigación de Oxford, era una de las más antiguas y prestigiosas de Europa, y la segunda más grande el Reino Unido.

El reglamento de la biblioteca era muy estricto, e incluía un juramento que los lectores noveles debían prestar, por el cual se comprometían a no dañar ningún documento de los allí custodiados, ni a sacarlos del edificio, entre otras muchas normas que debían observar. Por eso le resultaba extraño el comportamiento de aquella persona que osaba perturbar la tranquilidad de aquel espacio de cultura, avanzando descuidadamente por el corredor. Aunque quizás todo fuera producto de su imaginación, ya que ningún otro lector parecía reparar en aquel asunto. 

Venetia, a pesar de su corta edad, tan solo 11 años, se sentía un poco responsable de aquel espacio. No en vano, su abuelo había sido el máximo responsable de aquella prestigiosa institución. Falconer Madan era un insigne académico y reputado paleógrafo al cual le habían concedido el honor de nombrarle director de la Biblioteca Bodleiana hacía un par de décadas. Había realizado un extraordinario trabajo al frente de su cargo, recibiendo por ello numerosos premios de sociedades bibliográficas.

Ella le tenía mucho aprecio, ya que vivía con él desde que falleció su padre, el reverendo Charles Fox Burney, catedrático de Teología del Oriel College de Oxford, hacía cinco años.  Su abuelo, ahora que estaba retirado, podía prestarle mucha más atención que su propia madre, Ethel Wordsworth Madan, quien desde hacía un año trabajaba como ayudante de Rosalind Moss en el Departamento de Egiptología del Griffith Institute y cuya vida parecía girar sólo entorno a sus hallazgos arqueológicos, que le llevaban a viajar muy a menudo.

Su abuelo era quien le había transmitido su afición por las ciencias, y en especial por la astronomía. Hace apenas un mes, el 14 de marzo de 1930, mientras tomaban el desayuno, le comentó la noticia que publicaba el periódico The Times acerca de que por fin se había descubierto el planeta X, el más alejado que se conocía del sistema solar. Numerosos científicos llevaban un tiempo buscando este cuerpo, que explicaría las irregulares perturbaciones de las órbitas de Neptuno y Urano que, aparentemente, sólo podían deberse a la existencia de un nuevo planeta en su proximidad. 

Su tamaño debía ser muy reducido a juzgar por la escasa Influencia que tenía en la trayectoria de sus planetas más cércanos, así que era normal que nadie hubiese podido verlo hasta ahora, ya que los aparatos de que se disponía no tenían la suficiente resolución como para captar un objeto de tales dimensiones. Su abuelo le refirió cómo las condiciones de aquel planeta eran absolutamente adversas: temperaturas estimadas de 233 bajo cero, y un sol cuyos rayos alcanzaban tímidamente su superficie, ya que estaba tan alejado que apenas si destacaba en el firmamento del resto de estrellas. Una especie de infierno oscuro y helado.

A Venetia Burney le pareció una extraordinaria coincidencia que, justo en aquellos momentos, ella tuviese entre manos un libro que describía, entre otros aspectos, el mundo de los muertos en la mitología clásica. Se trataba del ‘Age of Fable. Stories of Gods and Heroes’ de Thomas Bulfinch. Le resultaban fascinantes todos los elementos y personajes de aquel submundo: el barquero Caronte, que transportaba las almas por un óbolo; el can Cerbero, que guardaba la puerta; la laguna de Estigia y los ríos del odio, de la aflicción, del olvido, del fuego y de las lamentaciones, que separaban la tierra del inframundo; los floridos Campos Elíseos y el tormentoso Tártaro; el dios Hades y su casco que le tornaba invisible…

Estaba sumida en estos pensamientos cuando, de pronto, se sobresaltó al levantar la vista para ver quién se acercaba con paso tan decidido por la sala, y descubrir que no era otro que su abuelo. Algo muy importante debía ocurrir para que éste transgrediese todas las normas de comportamiento de la Bodleiana, y se acercase a ella corriendo de tal forma.

Afortunadamente, su cara evidenciaba ciertos signos de alegría, lo cual le tranquilizó. Lo primero que hizo cuando llegó a su altura fue sacar de su bolsillo un billete de 5 libras. Venetia comenzó a entender el porqué de su excitación.

Recordó que al Observatorio Lowell de Arizona, como descubridor del nuevo planeta, le correspondía el honor de asignar el nombre de dicho objeto transneptuniano. Había convocado un concurso público para todo aquel que quisiera proponer una denominación para el mismo. El problema era que casi todos los cuerpos celestes habían recibido ya el apelativo de un dios grecorromano, y éstos estaban ya casi agotados, pero aún así recibieron más de mil sugerencias.

Le había dicho a su abuelo que podrían nombrarle como al dios romano de los infiernos, capaz de volverse invisible. Falconer Madan quedó impresionado por la idea, y resolvió contársela a Herbert Hall Turner, profesor de Astronomía y director del Observatorio Radcliffe de la Universidad de Oxford, con quien se llevaba tan bien, y a quien el nombre también le pareció muy adecuado. Así que éste decidió enviar un telegrama para trasmitírselo a su colega Clyde Tombaugh, el astrónomo descubridor del planeta en el Observatorio Lowell, que lo tomó en consideración junto al resto de propuestas que habían recibido aquellos días. 

Las cinco libras que ahora le ofrecía su abuelo Falconer no eran sino la recompensa que ofrecía el Observatorio al vencedor del concurso. Abuelo y nieta se miraron, se abrazaron, y rompieron el silencio de aquella biblioteca para pronunciar en alto una palabra que resonó en toda la sala: ¡Plutón!




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