jueves, 10 de diciembre de 2015

La imperiosa boda de Nefertiti

Ella estaba radiante, luciendo su túnica blanca de seda con bordados de oro que, a contraluz, trasparentaba su estilizada figura, de pequeña estatura aunque esbelta...
A pesar de sus treinta y seis años, seguía siendo la mujer más bella que jamás había existido en el Valle del Nilo. No en vano, su nombre significaba ‘La bella ha venido’, y su inigualable hermosura sólo era comparable, tal vez, con su infinita ambición.

El faraón llevaba ya un rato esperando en el templo de Atón, y comenzaba a impacientarse, a pesar de que era tradicional que la novia llegara con algo de retraso.



Para Nefertiti estos serían sus segundos esponsales. Hacía 20 años, recién cumplidos los 16, se había casado con su joven y bello primo, el príncipe Amenhotep. Él todavía era corregente junto a su padre, pero al cabo de un año éste falleció y se convirtió en el faraón Amenhotep IV. Desde ese momento, él iba a dedicar todos sus esfuerzos a romper con las tradiciones milenarias, en cuyo empeño siempre tuvo el apoyo de su esposa.

Egipto vivía unos días de prosperidad únicos en la historia, derivados de sus conquistas militares, las cuales se habían realizado bajo la protección de Amón, el dios de Tebas. Gracias a ello, los sacerdotes de esta divinidad habían acumulado un poder, una influencia y unos privilegios excesivos en la sociedad. De ahí que la primera y primordial misión que se encomendó el faraón fue la implantación de un nuevo culto al dios Atón, el disco solar de la tarde y fuente de toda vida.

Además, tampoco se sentía a gusto en Tebas, que se había convertido en una ciudad ingobernable por sus corruptelas y revueltas. Así que decidió fundar una nueva ciudad en el valle de Amarna, Ajejatón, esto es, 'El horizonte de Atón', con el fin de convertirla en la capital del imperio. Y para escenificar aún más la ruptura con el antiguo régimen, en el cuarto año de reinado, tanto el faraón Amenhotep como ella cambiaron su nombre por los de Akenatón y Neferneferuatón, en honor al nuevo dios.

Como no querían que se repitiese la historia, los faraones se convirtieron en los máximos representantes del nuevo culto, y en los únicos intermediarios entre el dios Atón y los súbditos, diluyendo así la figura de la casta sacerdotal, y restringiendo enormemente sus funciones y poderes.

Nefertiti mostraba grandes dotes como estadista, y participaba cada vez más de los asuntos de gobierno, hasta el punto de que pasó de simple Gran Esposa Real a ser nombrada faraón-consorte, esto es, tenía el mismo rango que el propio Akenatón, algo insólito y único en la historia egipcia. Más de uno llegó a pensar, de forma acertada, que quien realmente tenía el mando del país era la bella Nefertiti.

Así transcurrieron muchos años de paz, en los que la pareja tuvo un total de seis hijas, llamadas Meritatón, Meketatón, Anjesenpaatón, Neferneferuatón-Tasherit, Neferneferura y Setepenra, pero ningún hijo varón. Mientras tanto, la capital iba creciendo, y los templos y palacios que se levantaban no tenían nada que envidiar a los de la antigua metrópoli. Y todo en parte gracias a los múltiples bienes y rentas confiscados a los antiguos templos y a sus sacerdotes.

El momento culminante del reinado de Akenatón lo constituyó la gran recepción real que se produjo en el año duodécimo de su reinado. Tanto el faraón como Nefertiti fueron agasajados por los embajadores de las distintas potencias de la época: Babilonia, Asiria, reino Hitita, Hati y Mitanni, así como por las delegaciones provenientes de los estados vasallos del Imperio.

Pero un par de años más tarde, y tras quince de matrimonio, Akenatón muríó, y Nefertiti ascendió al trono, cambiando su nombre por el de Semenjkara. Tan sólo en tres ocasiones precedentes una mujer había estado al frente del imperio, siendo la más destacada de todas la magnífica reina Hatshepsut, hacía algo más de un siglo. El problema es que, a lo largo de los años, Nefertiti y su esposo se habían ido granjeando enemistades con el clero y con los militares, por lo que en estos momentos no contaba apenas con ningún apoyo.

Nefertiti sabía que el principal argumento que hacían valer sus detractores era que sólo alguien que fuera hijo o hija de un faraón podía ser también faraón. Y ella no cumplía la condición, ya que su padre provenía de una rama secundaria de la dinastía, lo cual no validaba sus méritos para mantenerse en el trono de Egipto.

La primera solución que había ideado fue la de proponer al rey de los hititas un acuerdo matrimonial con uno de sus hijos. Casándose con un hijo de reyes, el obstáculo quedaba salvado. Pero los egipcios pusieron el grito en el cielo, ya que los hititas eran un pueblo tradicionalmente enemigo. El rey hitita aceptó la proposición, y envió a uno de sus hijos, el príncipe Zannanza, para desposar a Nefertiti, pero fue asesinado de camino a Egipto. La estratagema fue considerada por la oposición como un acto de alta traición, lo cual la puso contra las cuerdas.

Tras el plan fallido, Nefertiti optó por intentar un acercamiento al clero de Amón y a las clases dirigentes tebanas. Pero ya era demasiado tarde para la reconciliación. Incluso los dioses parecían estar en su contra, pues hacía un tiempo que una pandemia de peste y de poliomelitis se había extendido por la nueva capital, en lo que muchos creían ver una venganza directa del dios Amón.

Debía encontrar un remedio rápido a su problema, para poder seguir ostentando el cargo. Parecía difícil encontrar un príncipe heredero que estuviese disponible para convertirlo en su cónyuge, pero finalmente lo halló.

Faltaba tan solo una hora para la puesta de sol. Los rayos debilitados del astro entraban en el patio del templo, para iluminar con una luz tenue y onírica el altar, detrás del cual se podía ver un relieve con las figuras de Nefertiti y Akenatón, bañados también por los rayos de Atón.

Una orquesta de chirimías, arpas y sistros sagrados, acompañada de un coro de voces que entonaban el gran himno a Atón, que había compuesto el mismísimo Akenatón, anunció su llegada. Ella estaba radiante, luciendo su túnica blanca de seda con bordados de oro que, a contraluz, trasparentaba su estilizada figura, de pequeña estatura aunque esbelta.

Su desfile a través del pasillo central del templo, con unos andares gráciles a la vez que majestuosos, le hizo rememorar el que un par de décadas atrás había protagonizado ella en el templo de Amón en Tebas.

Mientras el escriba se aprestaba a dar cumplida cuenta de la formalización de su unión, el sacerdote les entregó las arras, símbolos de la eternidad, dado que los círculos no tienen principio ni fin. En aquel instante, Nefertiti y su hija Meritatón se dirigieron una cómplice mirada, y se intercambiaron los anillos.

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