jueves, 28 de enero de 2016

El diseñador de paisajes.

Monet descubrió que la luminosidad y los tonos cambiaban completamente en un corto espacio de tiempo, de tal manera que la percepción que tenía de los objetos que estaba dibujando variaba constantemente.
El trabajo en su jardín le ayudaba a ahuyentar los pensamientos más nocivos, aunque no siempre conseguía desconectar. Hoy, sin ir más lejos, cuando estaba arrancando las malas hierbas, éstas se le antojaban la cabellera del alcalde.

Se enamoró de la casa a primera vista, cuando la divisó desde el tren. En un principio la tomó en alquiler, hasta que siete años más tarde juntó el dinero suficiente para comprarla.  Estaba rodeada de un extraordinario vergel, que iba modelando poco a poco, seleccionando cuidadosamente formas y colores, para que la composición fuese lo más armónica posible.

Precisamente este jardín era objeto frecuente de desencuentros con el alcalde. Muchos de los vecinos se habían quejado de que estaba introduciendo en él ciertas especies exóticas, que podían resultar dañinas o venenosas tanto para la flora autóctona, como para la cabaña ganadera del lugar.

Todos esos problemas habían pasado a un segundo plano. Ahora mismo, su principal quebradero de cabeza consistía en conseguir efectivo cuanto antes. Tenía un montón de cuadros a medias, y el alcalde había decidido destruir los modelos de sus lienzos.

Él era un artista al que le gustaba pintar al aire libre, aunque el clima de Normandía no fuese el más propicio para tal práctica. Había comenzado siendo un fenomenal caricaturista, pero una vez que comenzó a dibujar paisajes, siguiendo el consejo de Eugène Bodin, no hubo vuelta atrás. Le satisfacía plasmar los efectos de la luz sobre la naturaleza, así como los cambios y variaciones de aquélla a lo largo de la jornada, o en distintas estaciones del año.

Hace unos días, se encontraba pintando una hilera de imponentes álamos que crecían en las márgenes del río, cuando se le acercó el alcalde para ver qué hacía. A éste le pareció llamativa la cantidad de lienzos que tenía a su alrededor. Ante la curiosidad del edil, Claude le explicó su forma de trabajar.

Al pintar la anterior serie sobre los almiares, una especie de montones de paja o heno que los agricultores acumulaban en sus plantaciones, descubrió que la luminosidad y los tonos cambiaban completamente en un corto espacio de tiempo, de tal manera que la percepción que tenía de los objetos que estaba dibujando variaba constantemente. Así que determinó que la mejor manera de captar fielmente la esencia de los almiares bajo los distintos niveles de iluminación era empezar una lámina nueva cada media hora, variando asimismo la gama de colores de su paleta.

Al día siguiente, retomaba el primer cuadro y, transcurridos treinta minutos, lo abandonaba y seguía con el segundo, y así hasta la puesta de sol. Y eso mismo era lo que estaba haciendo ahora con aquellos árboles en las riberas del río Epte.

Le resultó extraño que el alcalde apenas si abriese la boca mientras él le contaba con detalle la técnica que utilizaba. Se despidió cortésmente y él prosiguió con su faena, sustituyendo el lienzo, ya que durante el rato que había estado hablado con el edil, la luz había cambiado sensiblemente e incidía de forma distinta sobre los árboles.

Tan sólo dos días después se enteró de que el alcalde había adjudicado los álamos a un maderero local mediante subasta. Claude se presentó de inmediato en el ayuntamiento a pedir explicaciones por aquella decisión que ponía en peligro el trabajo de las últimas semanas, aunque el alcalde se mantuvo firme en su resolución.

Ahora entendía por qué el otro día había permanecido tan callado. Cuando el pintor le mostró sus lienzos, no tuvo fuerzas para decirle que acababa de llegar a un acuerdo para la tala y venta de los álamos. Lo lamentaba mucho, pero era un hombre de palabra, y no podía volverse atrás en su trato.

Sólo le quedaba una salida: entrevistarse con el maderero y ofrecerle un pacto. Le abonaría una determinada suma de francos, con el fin de que esperase unos meses para cortar dichos árboles. El problema es que en aquel momento no disponía de efectivo, aunque esperaba la visita de Durand Ruel, su marchante y amigo. Confiaba en que hubiese vendido algún cuadro para poderle pagar a tiempo.

Al empresario le pareció bien la oferta, y quedaron en verse al cabo de una semana. Ya habían transcurrido seis días, y Ruel aún no se había presentado en su casa, a pesar de la carta en la que le anunciaba su pronta llegada.

El escrito parecía esperanzador, en el sentido de que por fin las pinturas ‘impresionistas’ se estaban abriendo un hueco en el mercado del arte internacional, especialmente en Estados Unidos. Quedaba ya muy lejos la exposición de 1874 en el Salon des Refusés de París, en la que presentó su cuadro ‘Impresión, sol naciente’, que había pintado un par de años antes en Le Havre.

Aquel lienzo no le había dado de comer, y las críticas fueron desalentadoras, pero al menos sirvió para que todo el mundo le considerase a él, Claude Monet, como el 'padre del impresionismo’ pictórico.

Habían transcurrido muchos años de penalidades y miseria, hasta que lentamente la nueva corriente estética fue consiguiendo un cierto reconocimiento. Ello le había permitido obtener más ingresos en los últimos tiempos, con los que había podido comprar la preciosa casa de Giverny.

Con el abundante desembolso que Ruel probablemente le haría, en virtud del tono optimista de su misiva, había pensado que tal vez podría adquirir el terreno anejo a la finca, que contaba con un estanque sobre el que ya había proyectado un montón de reformas. Lo atravesaría con un delicado puente arqueado de estilo japonés, plantaría unos nenúfares en su interior, y lo rodearía de bambúes, arces, sauces llorones y ginkgos, así como de flores de múltiples tonalidades, que renovaría en cada estación del año.

Pero todo esto tendría que esperar. El dinero que le entregase debería emplearlo primero en liquidar lo acordado al maderero para impedir la tala inmediata de los troncos.

El sol se iba a ocultar en breve, y el cielo se disfrazaba de infinitos colores, con muchos más matices de los que su paleta podía abarcar. A lo lejos, atisbó una figura que se acercaba por el camino. Podía ser cualquiera de sus amigos: Cézanne, Pissarro, Renoir, Matisse, Sisley, John Singer..., a los que tanto les agradaba visitar su pequeño edén. En cuanto se aproximó un poco más, distinguió los andares de su marchante.

Le había conocido en Londres, adonde ambos habían escapado durante la guerra franco-prusiana para evitar ser reclutados. Convertido en su agente, en numerosas ocasiones le había tenido que socorrer de sus estrecheces económicas, adelantándole las ventas futuras de sus cuadros, e incluso adquiriendo a título privado algunos de ellos.

Afortunadamente, esas épocas iban quedando atrás. Paul Durand Ruel había comenzado su carrera representando a Corot y otros paisajistas de gran renombre. Sin abandonar este lucrativo negocio, decidió apostar por un grupo de artistas que se hacían llamar ‘impresionistas’. Al final, la apuesta le salió rentable, cuando pintores como Degas, Manet, Morisot, Pissarro o el mismísimo Monet, comenzaron a ganar prestigio, y sus pinturas empezaban a venderse a buenos precios.

Se abrazaron efusivamente, y accedieron al interior de la vivienda. Allí saludó a Alice Hoschedé, compañera de Claude desde hacía años, y que recientemente había enviudado, lo cual les permitiría por fin legitimar su relación.

Pasaron al salón, decorado con multitud de sencillas a la vez que sofisticadas estampas japonesas, y se sentaron entorno a la mesa. Monet le ofreció una porción de pastel, parecido a la tarta Tatin que tanto apreciaba degustar cuando viajaba a París, bien fuera para presentar algún cuadro o simplemente para acudir a la representación de una buena obra de teatro. A Ruel también le gustaba esta tarta de hojaldre y manzana caramelizada, que Alice cubría con crema pastelera.

Remataron la cena con un vaso de orujo y un buen puro, y tras comentar los cotilleos de París y de medio mundo, de los que Monet vivía un tanto alejado, abordaron la cuestión que determinaba la visita a Giverny.

Ruel traía buenas noticias. Había vendido varias láminas de su serie de almiares, por un notable buen precio, lo cual le permitiría a Claude no sólo pagarle al maderero y terminar su serie de cuadros, sino que incluso sobraría algo de dinero para contratar algún jardinero que le ayudase con sus glicinias, peonías y azaleas, aunque no el suficiente para comprar la finca lindante.

Claude Monet ya tenía el cuadro en mente. Solo debía aguardar a que se produjeran algunas ventas más de sus lienzos, tal vez los de los álamos, para poder convertir aquella imagen en una realidad. Además, el alcalde había quedado en deuda con él, así que seguro que no tendría inconveniente en dar luz verde a su proyecto de desviar el cauce del rio Epte con unas esclusas, con el fin de que su nuevo estanque tuviera un abastecimiento asegurado de agua. Y ahora contaría con un jardinero, o quizás varios, que le ayudarían a dar forma a su sueño





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