jueves, 7 de enero de 2016

El combate ilustrado contra el hambre

Mientras la monarquía intentaba sumar apoyos, para que los sucesos acaecidos contra el antiguo régimen en Francia, no se repitiesen en España, un grupo de Ilustrados luchaba por encontrar un alimento que paliase la hambruna de la población.
Hacía casi seis meses que había enviado aquella carta, y ya no albergaba esperanza alguna de que su invención llegase a alcanzar la repercusión que él creía que merecía.

Tal vez no había sido lo suficientemente claro, explícito, o convincente. O quizás el escrito no había llegado a su destino. Desde principios de siglo, la administración de Correos y Postas había experimentado un notable desarrollo, gracias al impulso de los políticos ilustrados, pero siempre cabía la posibilidad de que la valija hubiese sufrido algún contratiempo en su reparto.

Solían reunirse los domingos por el mediodía, pero en verano lo retrasaban hasta bien entrada la tarde, con el propósito de evitar el agotador calor estival. Aun así, este agosto estaba resultando particularmente bochornoso, por lo que quería llegar pronto a casa para refrescarse y cambiarse de atuendo, antes de que comenzasen a acudir sus invitados.

El tañido de las campanas de la iglesia de la Asunción le indicó que se le había hecho más tarde de lo que pensaba. Apresuró el paso por la calle Pizarro, cruzando por delante de la Casa de la Tercia, en la que hacía unas semanas había disfrutado de una representación teatral. Cuando llegó a la altura de la oficina postal, fijó su vista en el recientemente instalado buzón de correos, que aún no había estrenado pues prefería entregar su correspondencia al encargado de la estafeta.

Enfiló la calle de la Carrera en dirección a la casa que había adquirido hacía poco. En los tiempos en que José había desempeñado el cargo de Alcalde Mayor de la localidad, ya se había planteado la conveniencia de establecer su domicilio dentro del casco urbano, aunque ello le suponía abandonar el control directo de su hacienda. 

Finalmente se decidió a fijar su residencia en la localidad, al igual que otros muchos latifundistas y miembros de la nobleza, siguiendo las recomendaciones que desde hacía tiempo impulsaban relevantes figuras del gobierno como Jovellanos, Campomanes, Manuel Godoy o Cabarrús, en el sentido de que los terratenientes y cortesanos, en su mayoría afincados cerca de la corte, debían considerar la idea de visitar más frecuentemente sus propiedades.

Estas medidas habían provocado un auge urbanístico sin precedentes en las provincias, que se beneficiaban así de un incremento de su economía, a la vez que de esta forma se propagaban más rápidamente los conocimientos, descubrimientos y avances técnicos por todo el territorio. Villanueva de la Serena no había sido ajena a dicho movimiento, y a los numerosos nobles del antiguo régimen que ya habitaban en ella de forma permanente, se añadieron las estancias más o menos prolongadas de la nueva burguesía de Madrid y alrededores que había ido adquiriendo tierras de la Real Dehesa de la Serena a lo largo de las últimas décadas.

Este domingo le correspondía a él, Joseph de Tena Godoy y Malfeyto, el honor de ser el anfitrión de otra interesante reunión dominical, en lo que podría considerarse el embrión de una nueva Sociedad de Amigos del País, a imagen de las creadas en Madrid y en varias capitales de provincia. 

En Villanueva, las ideas de la Ilustración habían calado en suficientes ciudadanos como para que se formase un grupo importante de renovadores, que se juntaban periódicamente para debatir sobre diversos temas. La composición del grupo variaba de unas semanas a otras, según los compromisos y disponibilidad de los distintos miembros. Algunos de ellos eran fijos, como el Alcalde Mayor, el Marqués de Perales, o él mismo. Y también asistía siempre el párroco de la Asunción, ahora que el clero estaba acometiendo su propia reforma interna con el objeto de acercarse más al pueblo llano y empatizar con sus problemas.


Otros acudían de forma más esporádica, como el marqués de Robledo, el boticario, el prior de Magacela, el contador de la Mesa Maestral, o el mismísimo Gobernador del Partido de la Serena. También eran asiduos a estas asambleas diversos componentes de la burguesía local: abogados, comerciantes, contables, boticarios, cirujanos o maestros, representantes de oficios y profesiones liberales que comenzaban a cobrar protagonismo, especialmente desde que el rey Carlos IV había potenciado el enaltecimiento del trabajo, tan denostado por las clases pudientes hasta entonces. Y es que la monarquía intentaba sumar apoyos, para que los sucesos acaecidos contra el antiguo régimen en Francia, hacía 9 años, no se repitiesen en España. 

Así, sentados alrededor de la comida, debatían sobre todos los temas que afectaban tanto a la esfera más local, como a la convulsa situación política nacional. Y es que corrían tiempos difíciles, debido especialmente a la incipiente industrialización de la economía que encabezaba Inglaterra, y que amenazaba con remover los cimientos de la sociedad, más aún que las doctrinas revolucionarias procedentes del país vecino.

Había que apresurarse a adoptar lo antes posible los adelantos científicos y técnicos que se venían produciendo, y a extender su difusión entre agricultores, ganaderos e industriales, con el fin de no quedarse atrás en esta carrera por el futuro que acababa de comenzar. Por ello, todos los presentes escuchaban con interés las noticias venidas de la capital, que traían los miembros más cosmopolitas, así como también los inventos, y nuevas prácticas agrícolas, que se publicaban en el ‘Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los Párrocos’, que recibía puntualmente el capellán.

Esta revista de divulgación agraria había sido fundada el año anterior, en 1797. En ella, prestigiosos científicos, notables divulgadores e incluso lectores convertidos en modestos colaboradores, se esforzaban por difundir los mejores avances técnicos descubiertos tanto en España como en el extranjero, destinados a incrementar el rendimiento agrícola y a mejorar la calidad de vida en el medio rural español, cuya población era mayoritariamente analfabeta. 

Los clérigos, bien formados, constituían así el instrumento necesario de transmisión a sus feligreses de las novedades que se publicaban en la revista sobre agricultura, veterinaria, pesca,  maquinaria, horticultura, química, riego, recolección, silvicultura, botánica, farmacia, fertilizantes, caza, arquitectura rural, economía doméstica o higiene.

Aunque el problema más urgente a resolver era la necesidad de paliar el hambre que padecían los desfavorecidos. Una serie de malas cosechas, el alza de los precios agrícolas, y la creciente presión recaudatoria, se veían agravados en este Partido de la Serena por los privilegios que aún mantenían los ganaderos de la Mesta, y por la desigual distribución de la propiedad de la tierra, que estaba en manos de muy pocos terratenientes y labriegos acomodados. Ello hacía que, aunque gran parte de la población eran campesinos, pocos de ellos eran propietarios de fincas, sino que trabajaban como arrendatarios y jornaleros, por lo que apenas si contaban con recursos para subsistir.

Todo eso lo conocía de primera mano José de Tena.  En la actualidad era el regidor responsable de mercados, encargado de vigilar cuanto sucedía en los diferentes puestos de abastos y en los tratos ganaderos. Podía observar de primera mano cómo los precios de los artículos básicos subían día a día, y los padecimientos crecientes de las familias para procurarse algo que comer.

Habían sido incontables los empeños en hallar nuevos alimentos sustitutivos de los cereales, que fuesen tan nutritivos como éstos y más baratos. Se había probado con los cacahuetes, la colza, la escarola, los tomates, los higos chumbos, o las patatas. Estas últimas ya habían demostrado, tanto en el nuevo mundo, como en gran parte de Europa, sus fantásticas propiedades nutricionales. Los principales inconvenientes que encontraban las patatas para su implantación en nuestro país lo constituían el aumento de costes que suponía su molienda para convertirlas en harina con la que fabricar panes, y, sobre todo, el rechazo de la gente, que las consideraba alimento para cerdos.

En este sentido, tanto él como el marqués de Robledo habían estado investigando la introducción de ciertos productos, y también nuevas formas de cocinarlos y combinarlos. Fruto de ello, creían haber encontrado una invención que podría mitigar en parte la hambruna existente. Para que su hallazgo tuviese el mayor alcance posible, José había remitido en febrero una carta al Semanario describiendo su creación, para ver si tenían a bien publicarla.

Poco a poco iban acudiendo los convidados a la velada de este domingo: el bibliófilo Bartolomé Gallardo, el abogado Jerónimo Fernández, el síndico Miguel Ruiz Montenegro, el administrador Diego Blázquez, el abogado Juan García Becerra, el hacendado Pedro de Osma, el marqués de Perales José Miguel Fernández-Pinedo, el Sargento Mayor del Regimiento de Extremadura Juan Dávalos, el regidor Fermín Coronado, el marqués de Robledo Lorenzo Mena Benavides y Dávalos de la Parra, el corregidor, el sastre, el boticario, el relojero, el maestro, el administrador del hospital de las Escuelas de Cristo, y así un largo etcétera hasta completar más de 20 comensales.

El último en llegar fue el párroco. Estaban todos sentados en el patio interior, a la sombra de un viejo limonero, cuando apareció por el pasillo, con el Semanario en las manos. José se acercó a darle la bienvenida, y entonces el recién llegado le señaló una de las páginas centrales de la revista, en la que figuraba el artículo que había enviado hacía tiempo.

José no cabía de gozo. Por fin los editores del Semanario habían publicado su escrito sobre la innovación que había discurrido junto con Lorenzo Mena, y en la que habían depositado sus esperanzas de acabar con el hambre.

Sin duda, se trataba de una comida rica, nutritiva, muy barata y fácil de cocinar, y digna de figurar en los ágapes de las casas más nobles, como ya habían podido comprobar sus invitados en anteriores ocasiones, una vez vencida la resistencia inicial. Precisamente en ese momento, su ama de llaves aparecía por la puerta de la cocina con un plato de dicho manjar: unos exquisitos bocados de tortilla de patatas.





Adenda: Este artículo está dedicado a mi esposa, y a las nobles y hospitalarias gentes de su ciudad natal, Villanueva de la Serena.

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