jueves, 4 de febrero de 2016

El cura rojo y la Inquisición.

Antonio Lucio vivaldi era el mayor de 6 hermanos. Al nacer, su salud era tan frágil que pensaron que no viviría más de unas horas. Sus progenitores se apresuraron para que recibiese de inmediato el bautismo y la extremaunción, y su madre estuvo rezando todo el tiempo, prometiendo a Dios que si sobrevivía, consagraría su existencia al servicio de la Iglesia.
Llevaba un rato paseando por el Muelle de los Dálmatas y empezaba a sentirse fatigado, pese a su juventud. El brillante reflejo en las aguas de las góndolas y veleros, la alegría de las gentes, el revoloteo de los pájaros, presagiaban la llegada de la primavera. Aunque él presumía de saber distinguir las diferentes estaciones del año con sólo prestar atención a los sonidos de la ciudad.

Cruzó el Puente de la Paja sin dirigir la vista hacia su derecha. Desde hacía unos meses no se atrevía a mirar el majestuoso Puente de los Suspiros, que conectaba el Palacio Ducal con los calabozos de las Prisiones Nuevas.


Pasó entre las dos columnas que daban acceso a la Plaza de San Marcos, dejando atrás la puerta del Palazzo Ducale. Se situó en el centro de la explanada, y observó atentamente cada detalle de los edificios que la rodeaban: los maravillosos laterales porticados, la extraordinaria portada de la Basílica, con sus cúpulas al fondo, y el Campanile, con innumerables escalones hasta su cima, que se le antojaban una empresa imposible de acometer para su frágil constitución.

Una última mirada, quizás una despedida para siempre, y volvió sobre sus pasos para acudir a su cita. La espectacular Porta della Carta del Palacio Ducal le pareció aquella mañana más siniestra que nunca, tal vez por el cansancio que arrastraba.

Una vez en el patio interior, se detuvo a contemplar las colosales esculturas de Marte y Neptuno, símbolos del poder de la Serenissima Repubblica di San Marco sobre la Tierra y el Mar, que presidían la Escalinata de los Gigantes. Se dirigió hacia la Scala d’Oro, subiendo rápidamente sus peldaños, mientras admiraba los fenomenales estucos dorados de Alessandro Vittoria. Cuando arribó a la segunda planta se encontraba exhausto, y no paraba de toser.

Unos días atrás, en la vista de su causa, siguió el mismo recorrido, y también subió las escaleras corriendo, como estrategia para su defensa. Hoy venía a conocer el veredicto, que ya estaría dictado, pero aun así consideró oportuno repetir la maniobra. Llegó a la Sala de la Brújula, y esperó de pie a que le llamasen. Allí fijó su mirada en la Bocca di Leone, uno de los varios buzones en los que se podían introducir denuncias anónimas, como la suya.

Antonio Lucio era el mayor de 6 hermanos. Al nacer, su salud era tan frágil que pensaron que no viviría más de unas horas. Sus progenitores se apresuraron para que recibiese de inmediato el bautismo y la extremaunción, y su madre estuvo rezando todo el tiempo, prometiendo a Dios que si sobrevivía, consagraría su existencia al servicio de la Iglesia.

Vivaldi era un luchador nato, y enseguida se recuperó, aunque arrastraría ciertas dificultades respiratorias y cardiacas a lo largo de toda su vida. Junto a su padre Gianbattista, violinista de la prestigiosa orquesta de la Basílica de San Marcos, aprendió a tocar el instrumento. Dado su indudable virtuosismo, comenzó a tomar clases junto al maestro Giovanni Legrenzi, y a acompañar y sustituir a su padre en algunos conciertos.

Fiel a la promesa de su madre, y habida cuenta de que la exigua economía familiar no alcanzaba para mantener tantas bocas, pese a que su padre también ejercía de barbero, a la edad de 15 años ingresó en el seminario. Se ordenó diez años más tarde, en 1703.

Pudo compaginar sin problemas sus estudios eclesiásticos con su carrera musical, de tal forma que ese mismo año publicó una colección de sonatas de cámara, en las que demostraba sobradamente su depurada técnica. Gracias a ello, fue nombrado maestro de violín en el Pio Ospedale de Santa Maria della Pietà, una fundación religiosa para niñas huérfanas o abandonadas, en la que recibían formación y cobijo.

Lejos habían quedado los tiempos de gloria de la República Serenísima, en los que era la principal potencia política y económica del Mediterráneo. No obstante, en el plano artístico, podría decirse que había sustituido a Roma como capital cultural del Occidente. Los más afamados arquitectos, pintores, compositores, escultores, cómicos, cantantes y resto de artistas acudían a la ciudad de los canales atraídos por el lujo y la fastuosidad, y por los espléndidos espectáculos que tenían lugar en ella, al amparo de numerosos mecenas que rivalizaban entre sí. Y su Carnaval, al cual era tan aficionado Vivaldi, estaba cobrando una creciente importancia.

En este contexto, los grandes hospicios de Venecia competían por tener los mejores coros y los mejores músicos, con el objetivo de atraer a sus actuaciones a la mayor cantidad de gente, y poder así recaudar de los nobles que asistían a los conciertos, el suficiente dinero para sostener los gastos de las instituciones.

La orquesta del orfanato estaba compuesta únicamente por mujeres: coristas, violinistas, solistas, instrumentistas de viento… Ésta era la única oportunidad que tenían de demostrar su talento, pues no se admitía su participación en orquestas profesionales, vetadas por los hombres por el temor de que evidenciasen una destreza superior a la de los varones.

En algo menos de un año, las chicas del Conservatorio de la Pietà, de la mano de Vivaldi, habían experimentado un progreso impresionante, que no pasó desapercibido entre las altas esferas venecianas. Pronto sus recitales semanales comenzaron a hacer competencia a las representaciones operísticas, puestas de moda por Monteverdi hacía unas décadas.

El sacerdote pelirrojo había hecho un extraordinario trabajo con aquellas jóvenes. Muchas de ellas tocaban ya el violín y la viola con una habilidad sólo comparable a su maestro. Y las obras que interpretaban, compuestas por él, eran de una calidad insuperable, de forma que los más notables e ilustres venecianos se convirtieron en asiduos asistentes a sus funciones. Era solo cuestión de tiempo que los espíritus envidiosos fijasen su atención en él.

Vivaldi alternaba estas ocupaciones en el Ospedale con las propias de su ministerio. Unos meses atrás, mientras oficiaba misa, sufrió un severo ataque de tos. Detuvo la ceremonia, y se encerró en la sacristía hasta que se le pasó. En los escasos minutos que permaneció en la dependencia, se le vino a la cabeza un pasaje musical que le vendría que ni pintado para la fuga que estaba componiendo.

Antes de que se le olvidase, anotó la melodía que se le acababa de ocurrir, demorándose algo en volver a su puesto en el altar. Fue un corto lapso de tiempo para él, pero que se hizo bastante largo a algunos de sus feligreses, e interminable a sus detractores.

Éstos no tardaron en acudir a la Santa Inquisición para denunciar la actitud del clérigo y acusarle de que había osado interrumpir la homilía para escribir unas líneas de sus partituras.

Hace unos días se había celebrado la vista oral del juicio del Santo Oficio. En un principio no temía que le fueran a imponer una dura sanción por su acción. Además, había procurado fatigarse antes del proceso, y durante el mismo tosió en repetidas ocasiones, para así reafirmar el argumento de su defensa, consistente en que había abandonado unos instantes el servicio religioso porque no podía hablar, debido a su enfermedad crónica.

Esperaba que los mayores problemas le vinieran por su indisimulada amistad con algunas de las chicas de la inclusa. Él era un hombre atractivo, simpático, joven y divertido, y sus costumbres mundanas y un tanto licenciosas evidenciaban una vocación débil.

Sin embargo, la causa derivó en una polémica mucho más profunda. Hacía siglos que la música y la religión habían emprendido un camino paralelo. La música, en su calidad de instrumento de evangelización, se había desarrollado subordinada a las necesidades de los diversos ritos eclesiásticos. Y ahora quería emanciparse, desligarse del culto y tomar un rumbo distinto.

Este camino ya lo había recorrido con éxito la pintura. Al principio los motivos eran exclusivamente religiosos. Pero las nuevas clases sociales, que reclamaban un sitio preponderante en la sociedad, comenzaron a encargar retratos, con los que afianzar su posición. De ahí pasaron a los motivos mitológicos, y posteriormente a los paisajes. Y los grandes arquitectos tampoco servían en exclusiva a la Iglesia, sino que habían levantado numerosos y soberbios palacios privados, de una factura que en nada tenían que envidiar a la de los mejores templos.

La música había tardado en abandonar el ámbito eclesiástico, salvo por algunas piezas de música de cámara. Con el creciente éxito de las obras líricas que llamaban óperas, y con la incipiente burguesía, que reclamaba la creación de nuevas composiciones para las fiestas que celebraban en sus palacios, la música daba sus últimos pasos para su definitiva secularización.

Su caso era doblemente grave, ya que era un miembro de la Iglesia el que no sólo osaba componer ‘musica da camara’ o profana, en vez de ‘musica da chiesa’ o de iglesia, sino que además lo hacía durante el desarrollo de la misa.

Antonio no las tenía todas consigo. Probablemente la treta de entrar agitado en el salón no había sido suficiente para convencer al jurado de que abandonó la homilía por culpa de su estado de salud.

Mientras esperaba a las puertas de la Sala del Consejo de los Diez, se imaginaba afrontando una sentencia condenatoria, cruzando el Puente de los Suspiros por su interior, e ingresando en las mazmorras de la cárcel, de donde muy pocas personas habían regresado.

Por fin salió un ujier, y le conminó a pasar al gran salón. Estaba acostumbrado al fastuoso ornamento de las distintas iglesias de Venecia, pero la magnífica decoración de aquella estancia, solo comparable a la de la Basílica de San Marcos, y las pinturas de Veronese en el techo, le maravillaron.

Normalmente, este tipo de juicios se realizaban en la Sala de los Tres Inquisidores, pero dada la relevancia que había cobrado el proceso, tanto por el tema a tratar, como por la fama que había adquirido el cura pelirrojo, habían convenido en realizarlo en aquella sala, usada normalmente por el Consejo de los Diez para tratar asuntos del gobierno de la ciudad, y para juzgar crímenes contra la seguridad del Estado.

Vivaldi avanzó hasta el centro de la habitación, justo enfrente de donde sentaba el jurado del Santo Oficio. Siguiendo su instinto, y sabedor de que el resto de sentidos le solían confundir, cerró los ojos, y se aprestó a ‘ver’ con sus oídos. La impresión que extrajo de los pequeños ruidos, cuchicheos, murmullos e incluso silencios de la sala fue una sensación de alivio, en la que confió.

El inquisidor principal tomó la palabra. Tras una pormenorizada exposición de los cargos imputados, procedió a dictar la sentencia. Le declaraban culpable de los delitos señalados. Al oír esto, Vivaldi casi se derrumba. Quizás en esta ocasión su sentido preferido le había jugado una mala pasada.

El juez prosiguió. Habían tenido en cuenta que se trataba de un músico, y como todo el mundo conocía, los músicos estaban un poco locos. Con esta eximente, se le condenaba a que nunca más pudiese oficiar misa, aunque podía seguir con su trabajo en el hospicio.

No había dudas en cuanto a la vocación religiosa de Vivaldi, un católico devoto, pero estaba claro que Dios no le había llamado a su lado por el camino de la salvación de gentiles, sino por el de su inspiración artística. El Tribunal había considerado que Il Prette Rosso, esto es, el cura rojo, podría ser más útil a la Iglesia y a Venecia componiendo oratorios, glorias, misas y motetes, además de otras obras profanas, que encerrado en un calabozo, o ejerciendo de pastor de almas.

Quedaba liberado de los ejercicios religiosos, y podría dedicarse en cuerpo y alma a lo que más le gustaba, tocar el violín y componer. Por primera vez en su vida, Antonio consiguió tomar aire y respirar profundamente.






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