sábado, 18 de junio de 2016

La tormentosa mañana de Benjamin Franklin

Para él, la vida era una especie de inmenso ajedrez, en el que uno debía confiar en sus capacidades hasta el último momento, enfrentando valientemente a sus contrarios, ejercitando la paciencia y la prudencia, y desplegando todas las habilidades y recursos al alcance, para obtener la victoria sobre el rey enemigo, observando siempre las reglas establecidas.
Benjamin Franklin junto a su hijo William, realizando el famoso experimento sobre la electricidad, haciendo volar una cometa en medio de una tormenta.Tenía la firme convicción de que las inclemencias del tiempo alteraban el débil equilibrio mental de la personas. Y comenzaba a sospechar que, de igual manera, la variabilidad de la meteorología venía condicionada por el humor de la gente. Hoy, sin ir más lejos, el cielo se había ido cubriendo de nubes conforme crecía la expectación ante el acontecimiento que tendría lugar horas más tarde.

Se avecinaba una tormenta, lo cual no le sorprendía lo más mínimo, no tanto porque el clima de la zona, de veranos calientes y húmedos, solía formarlas con frecuencia, sino porque las tempestades le habían venido acompañando desde su juventud en los días más señalados.

Aún se acordaba de la granizada del día en que, a sus 17 años, dejó atrás su ciudad natal de Boston, y puso rumbo a Filadelfia. La ciudad del ‘amor fraternal’ era la urbe más poblada de las trece colonias, y la tercera más importante del Imperio Británico, solo por detrás de Londres y Dublín. 

No se equivocó cuando pensó que sería una enorme oportunidad asentarse en aquella ‘nueva Atenas’, capital política y social de Norteamérica, y desarrollar allí su espíritu emprendedor. Trabajaba en la imprenta de su hermano, que también regentaba el periódico New England Courant. En él, Benjamin publicó sus primeros artículos periodísticos, aunque la discrepancia de criterios con su familia le animó a seguir un camino distinto.

También se desencadenó una fuerte galerna el día que se casó con su esposa, Deborah Read. Los nubarrones se precipitaron sobre su relación desde antes de su matrimonio, y no se acabaron de despejar del todo con el paso del tiempo. Tuvieron tres hijos, William, Francis y Sarah, si bien el pequeño Francis falleció a los 4 años víctima de una viruela.

Pero la tormenta que más tenía presente fue aquella en la que, ayudado por su hijo William, hizo volar una cometa. Fruto de una década de estudios sobre la electricidad, estaba convencido de que los rayos consistían en una descarga eléctrica entre las nubes y la tierra, y no en una manifestación de la ira divina. Y para demostrarlo, ideó un experimento con una cometa que fue completamente exitoso, más aún teniendo en cuenta que otros investigadores posteriores habían muerto electrocutados en similares circunstancias por no tomar las debidas precauciones.

Por eso no se extrañó cuando, al salir de su domicilio, oyó un trueno estremecedor. Aceleró el paso, aunque todavía no caía ninguna gota, para llegar rápidamente a la City Tavern. Centellearon un par de relámpagos, aunque se sentía protegido, gracias a que, desde hacía unos años, se habían instalado diversos pararrayos en los edificios más elevados de la ciudad, entre ellos su casa de tres plantas, siguiendo el diseño que él mismo expuso en su famoso Almanaque del Pobre Richard.

Pasó por delante de la Coffee House, donde comerciantes y empresarios locales solían reunirse para cerrar sus tratos, o discutir de política, aunque aquella mañana estaba inusualmente vacía.

Cartel de la City Tavern lugar de encuentro de los delegados del Segundo Congreso Continental.Fiel a su habitual puntualidad, fue el primero en presentarse en la City Tavern, ‘la taberna más gentil de América’.  Junto a la Coffee House y la Tun Tavern, constituía uno de los puntos de encuentro favoritos de muchos delegados del Segundo Congreso, en la que debatían sobre la independencia, la esclavitud o los impuestos, mientras degustaban sus exquisitos platos de salmón ahumado, ostras, sopas de maíz, ensalada de camarones y cangrejo, o el riquísimo salpicón de verduras con pavo y pollo, todos ellos regados con abundante cerveza del país.

Pidió que le sirvieran un té, y dos de aquellos sabrosos dulces con un agujero en su centro, introducidos por los inmigrantes holandeses, y que tanto le gustaban.  Una vez que dio cuenta del desayuno, y para matar el tiempo hasta que llegaran sus amigos, se acercó a una de las mesas en las que un par de comensales disputaban una reñida partida de ajedrez.

Él era un fanático del juego de los escaques, que había practicado no sólo en aquel placentero local, inaugurado hacía un par de años, sino también en sus viajes al Viejo Continente. Para él, la vida era una especie de inmenso ajedrez, en el que uno debía confiar en sus capacidades hasta el último momento, enfrentando valientemente a sus contrarios, ejercitando la paciencia y la prudencia, y desplegando todas las habilidades y recursos al alcance, para obtener la victoria sobre el rey enemigo, observando siempre las reglas establecidas.

De buena gana habría echado una partida con cualquiera de los avezados jugadores que a aquellas horas se daban cita en la cantina, pero hoy tenía el tiempo contado. Levantó la vista a través de sus lentes bifocales, que recientemente había ideado para combatir su creciente presbicia, y vio entrar por la puerta a George, Thomas y John. Les acompañó en su desayuno tomando esta vez una rica galleta de batata, y abandonaron enseguida la taberna.

John Adams era un excelente abogado, con un profundo dominio del derecho inglés y colonial, y defensor a ultranza de que los territorios americanos debían ser plenamente soberanos para regir sus asuntos internos. Benjamin estaba de acuerdo con su creencia de que toda sociedad tenía que dotarse de una forma de gobierno que fuese eficaz para  los fines deseados, que no habían de ser otros que la felicidad de la mayoría de las personas. 

Con Thomas Jefferson tenía menos trato, a pesar de compartir con él su afición a las matemáticas y a la mecánica. Era un relevante arquitecto, que vivía en Monticello, por lo que se veían esporádicamente, en especial cuando Thomas visitaba la American Philosophical Society, la sociedad científica que Benjamin presidía.

Benjamin Franklin, el inventor, político, científico, impresor...Por otra parte, con George coincidía frecuentemente, tanto en los oficios religiosos, como en las reuniones de la masonería. George Washington era un destacado terrateniente y magnífico agrimensor, que desde hacía unos años se había dedicado casi por completo a su carrera militar, con notable éxito. Por ello, había sido nombrado comandante en jefe del Ejército Continental.

Al subir por Second Street en dirección a la casa de Betsy Ross, comprobaron complacidos que poco a poco el cielo se aclaraba, dispuesto a sumarse a la celebración de aquel día, mientras que las calles estaban cada vez más concurridas. Pasaron enfrente de la suntuosa iglesia episcopaliana de Christ Church, el edificio más alto de continente, y en la que Benjamin acostumbraba a encontrarse con John Adams, George Washington y Betsy Ross, así como con varios líderes de la revolución y otros asistentes al Congreso.

Más adelante, y antes de desviarse por Arch Street, divisó la nave de Fireman’s Hall, que acogía a la Union Fire Company, el primer cuerpo municipal de bomberos, cuya creación había impulsado hacía cuarenta años, en su calidad de miembro de la Asamblea General de Filadelfia.

George Washington conocía a Betsy desde hacía años, le había confiado varios trabajos, y sabía de su buen hacer como costurera, especialmente en la manufactura de banderas para barcos y tropas. Además, su marido John Ross era sobrino de George Ross, uno de los miembros preeminentes del Congreso Continental, así que no hubo dudas sobre a quién confiar el señalado encargo.

Fue por todo ello por lo que pusieron en sus manos la confección de la nueva bandera de las Colonias Unidas. Le trajeron el diseño que habían aprobado, con trece listas horizontales rojas y blancas, que simbolizaban a los trece estados que configurarían la Unión, y trece estrellas hexagonales blancas sobre un fondo azul. En este detalle, la modista puso ciertos reparos acerca de las estrellas, y sugirió sustituirlas por estrellas de cinco puntas, más fáciles de coser. 

Como era de esperar, había cumplido con su parte y tenía la enseña lista, pese a la urgencia del pedido. Le abonaron los 14 dólares españoles pactados, y partieron con ella hacia la Cámara Estatal. 

Benjamin se despidió de Betsy, una mujer a la que también conocía hacía años, y que le profesaba un gran afecto, desde que se enteró que era el padre de William Franklin. Ella pertenecía a una familia de cuáqueros, y al establecer relaciones con John Ross, uno de los aprendices de la tapicería familiar, tuvo numerosos problemas dentro de su congregación, ya que él era hijo del rector episcopal de Christ Church.

En casa de Betsy Ross, recogiendo la primera bandera de los Estados Unidos de América.Dado el rechazo de la comunidad cuáquera a los matrimonios con personas de otras confesiones, no les quedó más remedio que huir a Gloucester City. Más tarde, William Franklin, por entonces gobernador de Virginia, les desposó. Pese a ello, cuando volvieron fueron repudiados por los parientes de Betsy, así que decidieron fundar su propia empresa de tapicería.

Hacía tiempo que Benjamin no tenía noticias de William, al menos de primera mano, a diferencia de lo que ocurría con su hija. Sarah se había casado con un comerciante venido a menos, Richard Bache, con el que había tenido siete hijos. Tras la reciente muerte de su mujer Deborah, su hija estaba muy pendiente de él.

Estaba muy orgulloso de ella. Era una extraordinaria patriota, se había afiliado a la Asociación de Mujeres de Filadelfia, y ejercía un liderazgo activo en lo que se refería a la recaudación de fondos para el Ejército Continental. De William también lo estaba, a pesar de que hubiese optado por situarse en el bando contrario, el de los lealistas, que apoyaban la permanencia en el Imperio Británico.

Desde siempre había sentido una gran predilección por él, y había estado a su lado en todo momento, apoyándole en su carrera profesional. En un principio, le empleó en su imprenta de Market Street. Sin embargo, William se enroló en el ejército del rey Jorge III, para combatir contra las tropas franco-canadienses, obteniendo en unos meses el rango de capitán por su valor y diligencia.

A Benjamin no le complacía el oficio de su hijo, así que le envió a vivir con sus parientes a Boston, una ciudad en la que William se sintió muy a gusto. No soportaba tenerle lejos, así que cuando cesó en su puesto de la Asamblea de Filadelfia, le propuso a él como su sucesor. Y lo mismo hizo cuando renunció a su cargo de director general de la Oficina Postal de Filadelfia, cediéndoselo también a William.

En su viaje a Londres como representante de los intereses de Pennsylvania, se lo llevó con él, para que se instruyese en las artes de la alta política. Benjamin desplegó una intensa actividad en las más altas esferas de la metrópoli, en las que era un individuo muy querido y apreciado por su agradable personalidad, su talento y su sentido del humor. En todo instante, aprovechaba para abrirle puertas a su hijo, quien lentamente fue introduciéndose en los círculos más influyentes de aquella comunidad, en tanto que completaba su formación en leyes. 

Fue tal el apego de William por la sociedad londinense, que cuando Benjamin estimó que había llegado la hora de volver, William le respondió que no le acompañaría en el viaje de regreso. No obstante, pronto retornaría a América, pues gracias a la amistad de Benjamin con el primer ministro Lord Bute, fue investido Gobernador Real de Nueva Jersey.

Plano de la ciudad de Filadelfia.Sabía que, más pronto o más tarde, su hijo le rechazaría, desde aquel día en que le preguntó por los rumores que había oído sobre su persona. Unos decían que si era hijo de una relación que había mantenido Benjamin con Barbara, una criada de la casa, antes de casarse con Deborah. Otros comentaban que era producto de un desliz extramatrimonial de su madre. Y otros sostenían que lo habían concebido en pecado, previamente a sus esponsales.

Nunca quiso responder a William. No tenía sentido a estas alturas de la vida. Era su hijo, le quería como tal, y eso debía bastar. Sin embargo, sabía que pese de sus desvelos, finalmente le abandonaría, como así sucedió en Londres. 

Por un instante se sintió solo, pese a que paulatinamente las calles se iban abarrotando de personas, que confluían todas en la misma dirección que ellos llevaban. Al acceder a Market Street, resultaba bastante difícil avanzar. Esta avenida le traía a Benjamin innumerables recuerdos, ya que en ella se habían ubicado gran parte de los proyectos que él había impulsado como regente de la ciudad: el primer hospital, la biblioteca pública, la Universidad de Pennsylvania, con sus escuelas de medicina y anatomía, o el teatro permanente. 

En esta arteria tenía su domicilio la imprenta que fundó en su vuelta a Filadelfia, una vez que hubo pasado dos años aprendiendo la profesión en las más importantes rotativas de Londres, Palmer’s y Watt’s, y uno de cuyos primeros encargos que recibió fue la emisión de papel moneda para las colonias británicas. 

Paralelamente creó un periódico, el Penssylvania Gazzette, desde el que fue desgranando una crítica a todo el sistema establecido, y el popular Almanaque del Pobre Richard, una revista que trataba temas tan dispares como el santoral, consejos médicos, horóscopos, frases célebres y proverbios, o previsiones meteorológicas, y con el que, a lo largo de 20 años, fue labrándose un nombre y una fortuna que le había permitido vivir cómodamente el resto de su existencia. 

Siguieron descendiendo por la Calle Cuarta, dejando a un lado Carpenters’ Hall. Este era el actual lugar de reunión de la American Philosophical Society, una organización fundada por él y dedicada a la promoción de actos científicos, debates, publicaciones y encuentros profesionales, todo bajo el marco de la Ilustración. 

Este edificio de estilo georgiano, próximo a su casa, y erigido en un principio para albergar la sede del  gremio de carpinteros, arquitectos y constructores, era utilizado para otros múltiples eventos, como el de acoger el Primer Congreso Continental, celebrado hacía dos años.

Fachada de la Pennsylvania State House.En el Carpenters’ Hall, Benjamin, había presentado sus múltiples inventos, como sus hornos o chimeneas, sus gafas bifocales, sus cuentakilómetros para los servicios postales, sus aletas de natación, o sus armónicas de cristal. 

Estas invenciones, además de sus experimentos sobre la electricidad, le habían servido para adquirir una reputación en el mundo científico, que le había llevado a ser reconocido miembro de la prestigiosa Royal Society de Londres, aclamado por la Academia de las Ciencias de París, y distinguido por las Universidades de Oxford y Saint Andrews.

Definitivamente lograron llegar a la plaza que se abría frente a la Pennsylvania State House, un majestuoso palacio de ladrillo rojo, coronado con un campanario y aguja, sede del gobierno colonial, y en el que había tenido lugar el Segundo Congreso. Entraron en el Salón de Reuniones, donde los asambleístas esperaban impacientemente a que llegasen con la bandera recién terminada, para ondearla en el balcón. 

Todo había empezado, o culminado, según se mirase, el lunes 1 de julio. Los representantes de las 13 colonias habían afrontado la primera votación para decidir si se separaban de Inglaterra. Con anterioridad, Thomas Jefferson, John Adams, Roger Sherman, Robert R. Livingston y él mismo habían sido encargados de redactar la declaración de independencia, que se sometió aquel día al dictamen de la asamblea. 

No hubo unanimidad, puesto que los delegados de Carolina del Sur y de Penssylvania no habían votado a favor, en tanto que la delegación de Nueva York se abstuvo. Así que después de una larga jornada de discusiones, a Benjamin no le quedó otra opción que aplazar la sesión hasta el día siguiente.

El martes, los políticos reticentes a la independencia cambiaron su voto, y finalmente se aprobó el manifiesto, aunque para alcanzar el acuerdo se habían propuesto diversas modificaciones en la redacción, y se habían suprimido casi una cuarta parte de los artículos. Entre George Washington, John Dalton y él, debían darle una forma jurídica correcta a todas las modificaciones, en el menor tiempo posible.

El jueves 4 de julio, una vez concluida su redacción, habían sometido a votación la declaración de secesión corregida, siendo ratificada y firmada por los delegados. De inmediato,  entregaron esta versión definitiva al impresor John Dunlap, para que emitiera 200 copias de la misma y fuesen distribuidas por todos los Estados de la nueva Unión, con el fin de proceder a su promulgación, y dar así por disueltos de forma irreversible los lazos políticos con la corona británica. 

Y hoy, 8 de julio, se iba a efectuar su lectura pública desde los escalones de entrada de la Cámara Estatal, a la misma hora que se procedía a su promulgación en otras ciudades. Tal honor había recaído en John Nixon, teniente coronel del ejército y notable orador, que se había vestido con las mejores galas.

La Campana de la Independencia.Todo estaba preparado para el evento, así como la gran campana, que usaban en los actos más solemnes de Filadelfia, y cuyo repique congregaba a la población en la explanada de la State House. Últimamente se empleaba de manera más esporádica que antaño, ya que los vecinos habían protestado por su molesto ruido, y es que, desde que la habían adquirido hacía unos 50 años a unos artesanos ingleses, jamás había sonado bien del todo. 

Ante las quejas recibidas por los defectos de la campana original, la factoría londinense Lester and Pack había enviado una campana ‘gemela’. A su recepción, los ciudadanos pudieron comprobar que sonaba igual de mal, así que fue conectada al reloj de la fachada. 

A pesar de su estridente tañido, la gente le tenía un considerable aprecio, más acentuado recientemente por la inscripción que contenía una cita del Levítico: “…y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia”.

Por su parte, a Benjamin su sonido le evocaba una de las pocas veces que la utilizaron en los últimos tiempos, cuando la ciudad le despedía en su partida hacia Londres a defender los intereses de las colonias ante su Parlamento. Fue una lástima que William no estuviese presente en su discurso ante la Cámara de los Comunes, cuando pronunció el alegato a favor de la retirada de la Stamp Act, y con el que consiguió que se revocase la exacción que Jorge III había instaurado en las colonias sobre los timbres, que había sembrado la discordia en los territorios de ultramar. Quizás de esa forma lo habría atraído a su causa… 

Eran las doce del mediodía, y en su mente se confundió el repiqueteo de aquel día glorioso con los toques que habían comenzado a sonar en ese momento, congregando a todos los filadelfianos en aquella histórica ocasión. Sin duda era un día de jubileo y regocijo para gran parte de los ciudadanos, a excepción los lealistas, favorables a permanecer en el Imperio Británico.

Para él tampoco era un día feliz. Llevaba años luchando con todas sus energías para que llegase aquel momento. Pero sabía que la declaración de independencia lo alejaría, quizás para siempre, de su hijo William. 

Tras su estancia en Londres, su afinidad y simpatía por la sociedad inglesa que le había acogido, y su puesto de Gobernador de Virginia, al servicio del soberano inglés, le habían convertido en un convencido monárquico, adhiriéndose a la causa de los que querían mantenerse fieles a la metrópoli. Vanos fueron los intentos de Benjamin por atraerle al bando secesionista. 

Cuando estallaron las revueltas, allá por enero, William fue objeto de arresto domiciliario. Y hacía unos quince días que había sido encarcelado en la prisión de Connecticut. No obstante, no había sufrido las dificultades y las represalias que habían padecido la mayoría de los ‘traidores’ lealistas, en parte por las gestiones realizadas por su padre. Benjamin ignoraba qué le depararía del destino a su hijo, una vez confirmada la segregación. 

El acto de lectura pública de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el 8 de julio de 1776.Nixon terminó su parlamento, se lanzaron unas salvas, y la bandera de Betsy Ross se izó sobre el mástil de la State Hall. La euforia se apoderaba de la multitud, mientras que los congresistas se abrazaban por el éxito conseguido. 

El cielo se había cerrado nuevamente, y un rayo cayó cerca de la plaza. Benjamin Franklin sabía de sobras que la tormenta no podía faltar a su cita. Se apartó a un lado, visiblemente emocionado, no sabía muy bien si por alegría o por tremenda tristeza, mientras creía vislumbrar a lo lejos cómo una cometa tricolor surcaba los cielos, sostenida por un niño pequeño al que su padre observaba con orgullo. 




4 comentarios:

  1. ¡Menuda parrafada t'has marcao!

    ResponderEliminar
  2. Gran relato sobre uno de los precursores de la libertad en Estados Unidos, Ben Franklin hizo historia, lidero con sabiduria una nueva epoca en el pais americano, gran entrada, saludos :).

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí. Lo cierto es que cuanto más me documentaba sobre su persona, más admiración me causaba. Impresionante personaje!
      Gracias por el comentario. Saludos! :)

      Eliminar
  3. Hola, me gusta mucho este blog y lo he nominado para los premios Liebster Adward. Para mas información accede a este link https://exprimehistorias.wordpress.com/2016/07/12/liebster-adwards-2/. Enhorabuena!!

    ResponderEliminar