viernes, 25 de noviembre de 2016

Pericles y la última ficha

Pericles a menudo temía que su inquebrantable firmeza pudiera confundirse con una creciente arrogancia, con un distanciamiento del sentir del resto de la población, o con una sobrevenida inclinación tiránica.
Pericles en el ágora de Atenas.Los heraldos de la Heliea ya habían escrutado la práctica totalidad de los sufragios. Por sus cálculos, sólo debían de quedar cinco fichas dentro del ánfora de bronce. Cinco votos que determinarían el destino de su amigo y, simultáneamente, su propio futuro.

Nunca imaginó que el juicio sería tan igualado, y menos aún que podría perderlo. A lo largo de todos los años que se había mantenido en el poder, se había incrementado el número de enemigos, pero hasta entonces no había tenido plena consciencia de su fortaleza.

Pericles a menudo temía que su inquebrantable firmeza pudiera confundirse con una creciente arrogancia, con un distanciamiento del sentir del resto de la población, o con una sobrevenida inclinación tiránica.

Recordaba que, desde pequeño, siempre le había cautivado todo lo concerniente a la política y al gobierno. Su familia, los Alcmeónidas, era un clan que había engendrado destacados dirigentes. Entre ellos figuraba su padre Jantipo, arconte epónimo, y brillante estratego en la batalla de Micala librada contra Jerjes, el emperador persa.

Ahora corrían tiempos de relativa paz, y devenían indispensables otras aptitudes para intervenir en política. Resultaba imprescindible poseer una amplia formación, como la que él adquirió a base de estudio, sacrificio y perseverancia junto a su tutor, el físico y filósofo Anaxágoras. Aún sonreía al evocar su exótica idea de que el Sol era una masa de hierro incandescente, y de que la Luna era un insignificante planetaque reflejaba la luz emitida por el astro rey.

Y todavía más importante era convertirse en un buen orador. Tuvo que dedicar incontables horas para vencer su timidez y corregir su adolescente tartamudez. Su amigo y consejero Damón, el músico, le ayudó a depurar su declamación. Lamentaba sinceramente no haber podido hacer nada por él cuando la Asamblea le condenó al destierro por una decena de años.  

Su fuerte convicción democrática le llevó a apoyar a su compañero Efialtes en su lucha contra Cimón, que había asumido excesivas competencias gracias al control que ejercían los arcontes conservadores, integrantes de la aristocracia local, en el Areópago. Aprovechando la alianza del autócrata con Esparta, habían sublevado al pueblo y habían conseguido debilitar el poder del Areópago en favor de la Ekklesia o Asamblea popular, en la que los ciudadanos sí participaban de forma directa.

La Acrópolis de Atenas.Cuando los oligarcas se conjuraron para asesinar a Efialtes, no le quedó más remedio que dar un paso adelante y postularse como estratego. En la democracia ateniense, cualquier individuo podía ser nombrado gobernante por sorteo, aunque sólo durante un año, y una única vez en la vida. De este modo, se impedía todo tipo de corrupción y de intrigas, se eliminaba la influencia de los poderosos, y se animaba a la implicación activa de la población en la administración del bien común. 

Sin embargo, él había logrado ser reelegido estratego, la suprema magistratura de Atenas, en más de diez ocasiones y de forma ininterrumpida. Su carisma y su elocuencia fascinaban a todos en el ágora, y gracias a ellas había derrotado a sus contrincantes, tanto del ala conservadora y aristócrata, como de la facción radical del bando demócrata. 

Pronto se dio cuenta de que, si bien era cierto que desde hacía tiempo los atenienses tenían derecho a participar directamente en las decisiones de la ciudad, en la práctica solamente eran los ricos los que concurrían con regularidad a las sesiones de la Asamblea, o los que optaban a desempeñar un cargo público.

Le pareció entonces conveniente establecer un sueldo de un óbolo por asistir a la Asamblea, un importe equivalente al del salario de un día. De esta manera, se compensaba a los agricultores y a los comerciantes de la pérdida económica que les suponía el desatender varias horas sus quehaceres. 

Su reforma tuvo una buena acogida. Los arcontes eran elegidos al azar de entre quienes se presentasen a la elección, con independencia de su extracción social, su riqueza, su condición, sus méritos, su sensatez, su popularidad, su virtud o su entendimiento. A él se le antojaba que era el medio más efectivo de garantizar que las leyes y los veredictos se adecuaran al ideario moral de cada época. Sólo unos pocos puestos, que requerían unas cualidades específicas para su ejercicio, quedaban fuera de dicho sistema

Luna sobre las ruinas de la Acrópolis ateniense.También había impulsado el teatro, en el que triunfaban las obras trágicas de Sófocles, Aristófanes y Esquilo, instaurando la entrada gratuita para aquellas personas que no se lo podían permitir, y obligando a las familias más adineradas a financiar el mantenimiento de los  los coros y de los actores.  

Consideraba que el arte era la más sublime manifestación del alma humana, y por eso había fomentado la residencia en Atenas de los mejores artistas e intelectuales, a la vez que había acometido una serie de obras arquitectónicas y urbanísticas dignas de una gran metrópoli. Al frente de las mismas se encontraba Fidias, encargado de la direccion de los trabajos de reconstrucción de la Acrópolis

Repasando todos estos logros, no terminaba de entender por qué, restando cuatro fichas por sacar del ánfora, el resultado tan sólo le era favorable en un voto. Y es que, aunque era su amigo Fidias el procesado, él asumía que sus adversarios, incapaces de batirle en la arena del ágora, habían encontrado una forma colateral de atacarle y de someter su gestión a la aprobación del pueblo. 

Unas semanas atrás, cuando el arconte tesmóteta le mostró el escrito de acusación contra Fidias que había recibido, no se lo podía creer. Efectuó un inútil intento de que precisase qué tribunal le juzgaría, pero el hegemón le indicó que seguiría el procedimiento habitual. En cierto modo le complació que el magistrado fuese tan estricto en el cumplimiento de su celo profesional, incluso ante él, el máximo líder de Atenas. 

Pericles y su casco de estratego.Como él conocía, la composición de los juzgados se cambiaba anualmente. Existían diez tribunales de unos 600 miembros cada uno, disponibles para atender a las causas que se presentasen. Si ya era difícil influir en el fallo de los pleitos, aún lo era más si no se sabía con antelación en cuál de las diez cámaras se celebraría un juicio en concreto, hasta el sorteo que se realizaba a última hora. De esta manera se prevenía la tentación de que se pudiera comprar a los jueces, y se certificaba su imparcialidad.

Habría preferido que la denuncia se hubiese formulado contra él en persona. No hubiese sido la primera vez en que había salido airoso de una asamblea hostil, con su capacidad de persuasión. Sin embargo, Fidias destacaba por ser un excelente arquitecto, pero parco en palabras, y sus habilidades como orador eran mínimas. 

Su misión consistía, por tanto, en aleccionar a Fidias, ya que tanto el acusador como el acusado debían defenderse por sí mismos ante el tribunal, aunque para redactar sus discursos podían contratar la asistencia de logógrafos cualificados.
Primero era necesario liberar a Fidias del arresto preventivo que se le había impuesto. En esta ocasión no le costó demasiado esfuerzo convencer a la mayoría de los once magistrados de su excarcelación, bajo su responsabilidad y previo pago de la pertinente caución.

Fidias se mostró muy agradecido de poder abandonar la prisión del ágora, en la que compartía celda con malhechores de toda índole, tales como ladrones, adúlteros, magos, asesinos, maltratadores, sicofantes o metecos defraudadores. En su breve estancia, lo que más le impresionó fue la estantería en la que reposaban los frascos con cicuta que usaban para ajusticiar a los presos castigados con la pena capital, a la que él podía ser condenado igualmente.

Le albergó en su casa, y cada jornada, junto con su mujer Aspasia, se aplicaba a instruirle para su declaración delante del jurado. Aspasia era una genial conversadora, experta en retórica y reputada logógrafa. En sus círculos se codeaba con lo más granado de la sociedad ateniense, como Sócrates, Alcibíades, Jenofonte o Eurípides. Y sus clases de oratoria adquirieron una fama notable, hasta el punto de que incluso él acudió a las mismas.

Dibujo grabado en un ánfora griega. Tras divorciarse de su anterior consorte y ofrecerla a otro marido, Pericles convirtió a Aspasia en su segunda esposa. Era más joven que él, muy bella, refinada e inteligente, pero su enamoramiento le iba a costar más de un disgusto. En primer lugar, porque procedía de Mileto, y no podían casarse legalmente por ser extranjera, pues contravendría una norma que había implantado él mismo años atrás. 

Por otro lado, las malas lenguas decían que en su tierra natal regentaba un burdel de hetairas, cortesanas y mujeres de compañía de clase alta, y que ese era el verdadero origen de su singular educación, y no la pertenencia a una estirpe acomodada milesia, como Aspasia sostenía.

Pero el principal problema vino a raíz del reciente conflicto que enfrentaba a la isla de Samos con Mileto, y en el que Atenas tomó partido por ésta. Pericles había encabezado numerosas expediciones como estratego, y jamás se había involucrado en ningún combate en el que no tuviese la plena seguridad de su victoria

Esta vez se equivocó, y la guerra resultó muy arriesgada, y extremadamente costosa en vidas y dinero. Sus detractores le culpaban de haberse embarcado en ella influenciado por su mujer. En algunos casos, cuando se perdía una batalla, los estrategos eran denunciados y castigados al ostracismo, aunque esta vez sus rivales habían optado por hostigarle a través de la querella contra Fidias.

Enseguida advirtieron que Fidias no tendría posibilidades de defenderse con éxito, pese a que ya dominaba bastante bien los tiempos. Dispondría de tres horas, medidas con una clepsidra de agua, para su discurso, y era conveniente que las agotase por completo. De lo contrario, daría la sensación de que no podía esgrimir suficientes argumentos en su descargo, y que, por tanto, debía de ser culpable.

Pensaron en solicitar la colaboración de Protágoras de Abdera, pero durante aquellos días se hallaba fuera de la ciudad, por lo que decidieron pedir ayuda a Sócrates, el cual se ofreció con gusto, a pesar de las pequeñas diferencias en materia política entre ambos, como el giro imperialista que había emprendido Atenas respecto a las ciudades vecinas, o como la forma en que ciertos altos cargos eran cubiertos por sorteo. 

Explanada del ágora.Sócrates le enseñó a Fidias diversos trucos de dialéctica y declamación, y aportó al alegato que habían redactado su fina ironía y su vehemencia, mas su parlamento seguía sonando poco convincente. Su entonación resultaba plana, no gestualizaba, ni era capaz de modular correctamente su voz. 

Resolvieron echar mano de otros conocidos, Eurípides y Sófocles, para que les orientasen con la expresión corporal, de tal manera que Fidias adquiriese soltura con su lenguaje corporal. Eurípides se hizo más de rogar, pues vivía apartado de la política, al contrario que Sófocles, con quien Pericles había compartido el generalato durante la guerra de Samos.

Por fin se dieron por satisfechos, seguros de que todo saldría bien. Pero estaba claro que habían pecado de exceso de confianza. A falta de contabilizar los dos últimos sufragios, la sentencia era condenatoria por una ficha de diferencia. 

La expectación era máxima entre la multitud que se había reunido para presenciar la causa en el recinto de la Heliea. Aparte de los 501 jurados, el hegemón, los heraldos encargados de la clepsidra y de las vasijas de bronce y de madera en las que se depositaban los votos y las fichas descartadas, respectivamente, y los demás ayudantes, gran parte de Atenas se congregaba justo detrás de los setos, en la plaza del Ágora.

Todo el mundo conocía a Fidias, el autor de la colosal escultura de Zeus en Olimpia, y especialmente de la Atenea Parthenos, la diosa virgen, que se había ubicado en el Partenón, erigido expresamente para alojarla en su interior. 

La majestuosa figura medía 26 codos de altura, tenía un esqueleto de madera, cubierto de placas de bronce, y revestido de marfil, en la parte correspondiente a la cara y brazos, y de oro, en el traje y en los distintos ornamentos: el peplo, los labios, la égida, la cimera. Una imagen imponente, que simbolizaba la supremacía de Atenas.

Estatua criselefantina de Atenea Parthenos, realizada por Fidias. La estatua criselefantina se había costeado con los ingresos procedentes de las arcas de la Liga de Delos, que obligaba a los territorios aliados a abonar un tributo a Atenas para que ésta les defendiese de los enemigos, particularmente de los persas. Los opositores estimaban que era un patrimonio malgastado en ornamentación, con el que se podrían construir más de 200 trirremes con los que afianzar la hegemonía de la ciudad en el Gran Mar.

No se atrevían a culparle de despilfarrar el tesoro público, así que sus contrincantes habían determinado acusar al arquitecto de apropiación indebida de parte del oro con el que debía cubrirse la talla, que ascendía a unos 44 talentos. Y aunque no le incriminaban directamente, todo apuntaba hacia él, puesto que Pericles era el responsable de supervisar las obras.

Debía reconocer que la arenga de Cleón había sido sobresaliente. Sin duda, sus adversarios la habían preparado a conciencia, y habían escogido acertadamente al denunciante, un orador con mucho ingenio, magnífico demagogo y prometedor político, surgido de la pujante clase comercial.  En las causas públicas, cualquier ciudadano podía formular una denuncia ante la Heliea, cuando considerase que un acto era contrario al interés general, o cuando creyese que un gobernante se había comportado de forma inapropiada.

A su impecable exposición añadió el testimonio de Menón, un antiguo adjunto de Fidias, y anterior erómeno del escultor, que se había visto rechazado por él cuando éste conoció a Pantarces, un joven deportista eleo. La emotiva confesión del asistente, apuntando que Fidias no había empleado todo el oro en la figura, había calado profundamente en el jurado, hasta el extremo de que la confabulación urdida desde el exilio en Esparta por el líder conservador Tucídides tenía visos de alcanzar su objetivo. 

El magistrado le concedió la palabra a Fidias. Había memorizado correctamente el discurso y los gestos, pero los nervios le jugaron una mala pasada. Entre balbuceos desplegó el argumento clave, que radicaba en que las planchas de oro utilizadas en la estatua podían desprenderse, por expreso consejo de Pericles, para el hipotético caso de que la ciudad necesitase fundirlas en algún momento futuro de apuro económico.

Reunión de la Heliea.Y si el pueblo desconfiaba de él, bastaría con desmontar y pesar las planchas, a tal fin numeradas, para verificar que el peso de cada una se ajustaba a lo que mostraba una placa de bronce en la que constaban todas las medidas y pesos de las mismas, pudiendo comprobarse que no había sustraído ni un óbolo del metal que la Asamblea le había entregado para su construcción.

La prueba era irrefutable, y fácilmente verificable, pero excesivamente técnica y escasamente inteligible para el auditorio al que se enfrentaba. Al fin y al cabo, la mayoría eran personas poco cultivadas, con insuficiente o nula formación jurídica, y que se regían más por los sentimientos que no por el fondo de las cuestiones, como bien sabía Pericles. Y los jurados heliastas habían podido percibir en Fidias su nerviosismo y su falsa naturalidad. 

Ya era tarde para lamentarse de las decisiones tomadas. Pericles podía haber participado en el juicio en calidad de testigo, o incluso haber solicitado al tribunal el permiso para actuar como sinégoro del acusado, recurriendo a la incapacidad manifiesta de Fidias para expresarse correctamente. Pero no había estimado oportuna su comparecencia por el bien de su amigo, para evitar que la causa se convirtiese en un proceso político, pensando que de este modo sería más fácil obtener un veredicto favorable.

En aquel momento, le habría gustado plantarse delante del tribunal y dirigirse a aquel público, para apelar a la grandeza que Atenas había alcanzado bajo su mandato, adquiriendo las más altas cotas de bienestar y libertad que jamás se habían dado. Les habría hablado de cómo había reformado y popularizado los órganos democráticos, de la promoción de las artes, de los festivales musicales y del teatro, accesibles ahora a todos los ciudadanos, de la fortificación de la urbe, de la rehabilitación del puerto de El Pireo, del cúmulo de sabios, filósofos, escultores, dramaturgos, músicos arquitectos y científicos que habían acudido a Atenas atraídos por el nuevo centro espiritual del mundo, y, en definitiva, de la hegemonía política, militar y cultural sobre el resto de polis de la Hélade, que la tenían como referente de ciudad perfecta

Y les habría puesto en la tesitura de decidir si creían que el hombre que había conseguido todos esos logros para Atenas era capaz de robar a sus conciudadanos y a su diosa protectora.

Y por fin, dos fichas de votación. Muchas gracias por llegar hasta aquí.Dejó de mortificarse con sus cavilaciones, y se centró en la extracción del penúltimo disco, que carecía de perforación. Se producía así un empate a 250 votos. Todo quedaba a expensas de la última ficha. Si presentaba un agujero, Fidias sería declarado culpable de forma inapelable. Si era maciza, resultaría absuelto

No quería verlo. Cerró los ojos, y se encomendó a Poseidón y Deméter, que nunca le habían desamparado. En un instante, la tensión derivó en un clamor de júbilo. No sabía distinguir si se trataba de sus defensores o de sus detractores, hasta que entreabrió los párpados. El tesmóteta levantaba el brazo en alto, sosteniendo una ficha sin horadar.



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