lunes, 18 de diciembre de 2017

Las lágrimas del santo

Después de muchos años al frente de su Orden de frailes mendicantes, Francesco recala en el tranquilo valle de Rieti para vivir un tranquilo retiro. Allí, en Nochebuena, hace realidad una de sus mayores ilusiones.
San Francisco de Asís, el santo más 'natural'
Una intensa emoción le embargaba. Desde aquella atalaya observaba las varias hileras de antorchas, procedentes de todos los puntos del valle de Rieti, que ascendían la empinada pendiente por distintas veredas. 

Los últimos rayos de sol de aquel atardecer de la Nochebuena provocaban dorados reflejos en las aguas del río Velino, que atravesaba sinuosamente la comarca, e iluminaban tímidamente el castillo, la coqueta iglesia en cuyo oratorio había rezado en múltiples ocasiones, y la ermita en la que, junto a fray Leone y fray Bonicio, había redactado la tercera Regla de la Orden.

También se adivinaba en la penumbra la silueta de la aldea de Poggio Bustone. A él le encantaba pasear por su calles, saludando a sus habitantes con su habitual ‘buon giorno, buona gente’, cuando se dirigía al primer eremitorio que construyeron, en las afueras del pueblo, hacía más de seis años. 

El santo, recibiendo la llamada del SeñorYa estaba casi todo preparado, gracias a la inestimable colaboración de sus compañeros de retiro, y de Giovanni Velita, señor de Greccio. Además, contaba para la celebración con la expresa bendición del papa Honorio, sin la cual no se habría atrevido a practicar tal extraña novedad, más aún en los tiempos que corrían.

Habían sido unos días de frenética actividad, así que se marchó a descansar. Tenía ya cuarenta y dos años, y su cuerpo comenzaba a evidenciar alarmantes señales de fatiga, que él procuraba ignorar en tanto le era posible. 

A lo largo de su vida, había constatado una lenta pero inexorable evolución de la sociedad. Los campesinos huían progresivamente de la miseria del agro, y migraban a ciudades persiguiendo un incierto porvenir. 

El incremento demográfico, el auge de artesanos, mercaderes y profesionales liberales, y la expansión de la economía habían afectado significativamente a los poderes terrenales. La jerarquía católica también había sucumbido a la opulencia, más preocupada por el enriquecimiento patrimonial y las cuestiones políticas que por el ámbito espiritual, lo que suscitaba el alejamiento de la Iglesia de las personas de bien.

San Francisco, en medio de la naturaleza que tanto amabaTampoco él había permanecido ajeno a la riqueza y el boato, pues en su infancia gozó de una situación privilegiada. Su padre, Pietro di Bernadone, era un comerciante de telas, que solía recorrer gran parte de los mercados del sur francés, donde había conocido a su madre, Pica Bourlemont, miembro de la aristocracia provenzal.

Él vivía con su hermano Angelo y su madre en la casa familiar de Asís, en tanto que Pietro pasaba prolongadas temporadas fuera, acumulando una enorme fortuna con los negocios.

De hecho, y aunque fue bautizado como Giovanni, por la devoción que Pica le profesaba a San Juan Bautista, desde pequeño le apodaron Francesco, esto es, 'francés', por su ascendencia materna, y por la residencia habitual de su padre. 

De esta forma, fue primordialmente su madre quien se implicó en la educación de los niños, ayudada por el sacerdote de la iglesia de San Giorgio. Aprendió sin problemas cálculo, lectura y latín, además de la lengua occitana, adquiriendo la formación necesaria para incorporarse de lleno a la empresa familiar.

El encuentro de Francisco de Asís y Domingo de GuzmánLe gustaba salir de correrías con su pandilla, y organizar banquetes sin reparar en gastos, dejándose arrastrar por una espiral de placer, lujo y elegancia, satisfacendo sin medida sus deseos juveniles.

Por otra parte, era muy aficionado a las tradiciones caballerescas que narraban los trovadores, las cuales le seducían más que los negocios paternos. Así, al cumplir los dieciséis entró en el ejército. Primero participó en una contienda urbana interna, al lado de la facción mercantil y en contra de la nobleza asisiense. 

Y cuatro años más tarde intervino en la guerra entre las ciudades de Asís y Perugia, con peor desenlace, puesto que en la batalla de Colle della Strada fue hecho prisionero. No obstante, debía dar gracias a Dios, ya que la mayoría de su regimiento murió en el combate.

Viñeta de la Quinta CruzadaDoce meses de cautiverio, encarcelado en una inhóspita mazmorra sin apenas ver la luz y con una deficiente alimentación, hasta que su padre le liberó, pagando un cuantioso rescate. le llevaron a contraer la enfermedad del ‘mal aire’ y la tisis.

Tan amargo trance no le impidió enrolarse una vez más, para luchar en el bando papal, bajo el mando de Gualterio de Brienna, frente al emperador germánico. A tal fin se compró una costosa armadura y un rico manto, y emprendió la marcha. 

No era del todo consciente de que, en su larga estancia en la cárcel, su ardor guerrero se había debilitado, y aún más su salud, que volvió a resquebrajarse cuando había recorrido unas pocas millas de distancia desde su partida.

De vuelta a Asís, y contrariado por la adversidad, se topó en el camino con un miserable indigente aquejado de lepra que temblaba de frío. Se desprendió de su hermosa capa, que no le iba a servir para su propósito, y se la regaló. Las efusivas muestras de gratitud del hombre quebraron algo en su interior. Jamás había sentido nada similar.

San Francisco, predicando la palabra del SeñorDespués del encuentro, comenzó a visitar y cuidar a los enfermos en los hospitales de la ciudad. Un día cogió algunos rollos de paño del almacén, y dio el dinero obtenido por su venta, así como lo que le pagaron por su fantástico corcel, al párroco de la iglesia de San Damiano, para que arreglase la cubierta del templo, que se hallaba medio derruida.

Nunca pudo borrar de su mente el semblante de su padre, entre furioso y desconcertado, cuando se enteró de la donación. Le golpeó fuertemente, y le encerró en el sótano, con grilletes en los pies, hasta que su madre se apiadó de él y le desencadenó varios días después. 

Se escondió en la parroquia, pero su padre intuía dónde encontrarle. Ante el obispo de Asís, le exigió que le acompañase a casa, so pena de desheredarle. Francesco tenía claro que era hora de afrontar con valentía su elección. Se despojó de toda la ropa, quedándose completamente desnudo, y se la entregó al que hasta ese momento había considerado su padre. 

San Francisco, auxiliando a pobres y enfermosAhora tenía otro, en los cielos. El obispo le ofreció lo que tenía a mano: un raído sayo de labrador y un cordón con el que ceñirlo al cuerpo. Desde entonces, esa había constituido su única vestimenta, y la que habían adoptado sus seguidores.



Tras trabajar una temporada en el hospital de leprosos de Gubbio, regresó a su ciudad natal. Durante un par de años vivió de la caridad de los escasos vecinos que no le manifestaban su desprecio y sus burlas, destinando su tiempo a la atención de pacientes, a la oración y a la restauración de las capillas de San Damiano, San Pietro y Santa Maria degli Angeli, también denominada Porziuncola, que posteriormente se transformaría en la sede de la Orden. 

En esta ermita recibió la llamada del Señor, que le invitó a propagar su fe por el mundo, sin otras pertenencias que su desgastada túnica de color marrón. 

Podía advertir que su modo de vida sencillo, basado en las enseñanzas de los Evangelios, y su proclamación de la palabra de Dios desde la pobreza, desprovista del ceremonial y la ostentación de que hacía gala la Iglesia, enseguida caló en las personas humildes, como las que aquella noche acudían a su llamada. 

La humilde cueva del santoSe había retirado unos minutos para orar en la cueva, pues las piernas casi no le sostenían. Quienes le conocían lo atribuían a que no comía lo suficiente. Intuía que no les faltaba razón, pero él solo le daba importancia al alimento del espíritu. El durísimo trato al que sometía a su organismo, con prolongados ayunos y vigilias, y la deficiente nutrición, habían arruinado irremediablemente la salud de su estómago.

A pesar de la estrechez del sitio, se sentía a gusto en aquel reducido cubículo en el que cada uno de los hermanos disponía para dormir de un diminuto espacio marcado con una cruz. Siempre estaría agradecido a Giovanni Velita, señor de Greccio, por cederles aquel terreno, próximo a la villa y al castillo, pero lo bastante alejado de ellos, para poder meditar con mayor tranquilidad.

Aprovechando una serie de cavidades, que habían acondicionado para su alojamiento, y que se abrían en un elevado peñascal, circundado de bosques de encinas, y con una no muy extensa explanada a la entrada, desde la que se divisaba toda la comarca, habían levantado un sobrio eremitorio en el que convivía su pequeña comunidad.

El monasterio, a un tiro de piedra de GreccioEnsimismado en los rezos, vino a sacarle de su estado de concentración el hermano Bernardo, inquieto por la tardanza. Bernardo di Quintavalle fue su primer seguidor, y le tenía un grandísimo aprecio. También procedía de una familia adinerada, pero a diferencia de él, había estudiado en la prestigiosa Universidad de Bolonia, donde obtuvo su doctorado en leyes. En pocas ocasiones se había separado de él.

Recordó aquel viaje al sepulcro de Santiago, durante el cual, tras cruzar los Pirineos, le pidió que se quedase velando a un enfermo que encontraron desamparado en Rocaforte, en el reino de Navarra, mientras proseguía la peregrinación con los demás hermanos.

Bernardo le obedeció sin protestar, pese a que Francesco estaba al corriente de lo mucho que le hubiese gustado llegar hasta la tumba del apóstol. Por ello, a los dos años, le envió de nuevo al frente de un grupo de frailes, y esta vez sí alcanzó su anhelada meta. 

San Francisco y Santa Clara, de Asís los dosAl salir de la gruta, escuchó los alegres cánticos y alabanzas que entonaban los hermanos, mientras que algunos fieles bailaban a su alrededor. Entre la gente que se iba concentrando, distinguió unas monjas, a las que se aprestó a saludar.

Le dieron noticias de su amiga Chiara de Asís, y de la irrefrenable expansión de su congregación, que Francesco había contribuido a crear. Chiara había quedado hondamente impresionada desde que le oyó predicar en San Rufino cuando era una niña de apenas once años, y justo a los dieciocho se escapó de su acaudalada familia para consagrarse al Señor, siguiendo los votos de pobreza que él preconizaba. 

Pronto reunió numerosas seguidoras, dispuestas a cuidar de indigentes y enfermos, por lo que Francesco, conmovido por su fe, le ayudó a componer las reglas de su Orden, y les visitaba con asiduidad en el monasterio de San Damiano. 

Su congregación también había ido creciendo velozmente desde sus inicios. A su primer discípulo, Bernardo, en escasos meses se le añadieron otros diez, dispuestos a cooperar en la atención a leprosos, realizar trabajos humildes en monasterios y granjas, y recolectar limosnas.

San Francisco ante el papa, solicitando la aprobación de su ReglaEntendió que era necesario redactar una Regla que rigiese su hermandad, y dirigirse a Roma para lograr su aprobación por el papa Inocencio.

En aquella época, se habían formado diferentes grupos de devotos que propugnaban la vuelta al cristianismo más primitivo, como los waldenses, los cátaros, o los puritanos, y que fueron declarados heréticos, principalmente por su oposición a la jerarquía eclesiástica. Él no quería que le ocurriese lo mismo. 

Obtenida la autorización provisional del pontífice, la comunidad se expandió rápidamente por Italia, Francia, los reinos hispánicos, y otros países. Así que unos años después se personó en el Concilio de Letrán, donde consiguió el reconocimiento canónico definitivo de la hermandad. 

Aunque lo más destacable que le sucedió en Roma fue encontrarse con aquel presbítero castellano, Domingo Guzmán, ferviente conversor de herejes cátaros y fundador de una nueva Orden, la de los predicadores mendicantes, con quien trabó una enorme amistad. Lamentaba profundamente la muerte de aquel hombre santo acaecida apenas hacía un par de inviernos.

San Francisco y Santo Domingo, una vez se encuentran en el Concilio de LetránGradualmente se había reunido gran cantidad de gente, pero no acaba de localizar lo que buscaba. Esta vez no podía achacarlo a sus problemas de vista, que le provocaban un derramamiento casi constante de lágrimas. Aquella afección le ocasionaba agudos dolores, especialmente por la noche, una creciente dificultad para soportar la luz intensa, y una notable pérdida de visión

Comenzó a sufrir estos padecimientos a raíz de su viaje a Oriente cuando, quizás a causa del excesivo ardor del sol, sus ojos empezaron a lagrimear con frecuencia, de tal forma que hasta el sultán se preocupó por él y ordenó a sus mejores médicos que le reconocieran.

Al principio, sus seguidores solamente se habían desplegado por el mundo cristiano. Por eso, cuando los papas Inocencio III y su sucesor Honorio III, promulgaron una nueva Cruzada, vio la oportunidad perfecta para intentar convertir a los sarracenos infieles. 

Se embarcó en Ancona hacia Chipre, San Juan de Acre y Damieta, en una misión liderada por Pelayo Gaitán, un intransigente cardenal portugués más interesado en conquistar territorios que en evangelizar a las tropas ayubitas.

La quinta Cruzada contra los infielesCuando los cruzados tomaron Damieta, en el delta del Nilo, el sultán Malik Al-Kamil se replegó a Al-Mansurah. Este prometía una generosa recompensa, un roel de oro, a quien le trajese la cabeza de un cristiano. Obviando la amenaza, así como la prohibición del legado papal, no se pensó dos veces en ir a su encuentro, junto al hermano Iluminado.

Nada más franquear las líneas enemigas en una de las escasas treguas, fueron apresados y conducidos ante Malik, sobrino del mítico Saladino. Aquella audiencia con el sultán, y las posteriores que se produjeron, resultaron muy edificantes, pese a que no lograron su conversión. 

Malik le expresó su profunda admiración, por su resolución en acudir a salvar su alma y la de sus súbditos, aun a riesgo de su vida, y porque a diferencia de otros religiosos, no solo predicaba con la palabra, sino sobre todo con su ejemplo

La audiencia del sultán Malik al santoLe ofreció numerosos regalos para él y para sus pobres, pero Francesco no los aceptó, excepto un cuerno de marfil tallado, que todavía conservaba, y que le sirvió de salvoconducto para poder visitar libremente los Santos Lugares.

Estando en Tierra Santa, un fraile le puso al corriente de las disensiones que acontecían en la comunidad en su ausencia, por lo que determinó regresar a Italia.

Al llegar, vio que resultaba imprescindible reorganizar la congregación y atajar los desacuerdos entre sus miembros, para lo que solicitó el apoyo de del papa Honorio y del cardenal Hugolino.

Confecciónaron una nueva Regla, más firme y concisa respecto a la rutina diaria, y una vez que fue aprobada por el Papa, estimó que debía dejar las riendas de la Orden en otras manos, ya que se sentía abrumado y sin fuerza física para continuar a la cabeza. 

Hacía menos de un mes que había llegado a aquel paraje de Greccio, para llevar una existencia tranquila y contemplativa, entre aquella buena gente que ahora le rodeaba portando antorchas.  

Las golondrinas de San FranciscoA una señal suya, varios hermanos animaron a la gente a que se acercasen a la puerta de una gruta, y descorrieron una tela que cubría su entrada. Entonces descubrieron los dos animales que se hallaban dentro. Todos estaban al tanto de la notable afición que Francesco le profesaba a la naturaleza. Para él, todas las criaturas sobre la faz de la tierra habían sido creadas por Dios, y por tanto, eran hermanas nuestras.

Asimismo hacía extensible tal relación al resto de seres inanimados, como la hermana agua, el hermano sol o la hermana luna. Cualquier objeto de los que poblaban el universo debía ser respetado y querido por los seres humanos, pues todos glorificaban con su propia existencia al Creador.

Además, su pasión por la naturaleza era correspondida. Los pastores de Greccio le estaban bien agradecidos por haberles librado de las bandadas de lobos rapaces que merodeaban la zona, y los agricultores por ahuyentar del valle a los frecuentes granizos, después de que él les exhortase a rezar y a confesar sus pecados.

El lobo de Gubbio, amansado por el santoDe boca en boca circulaban las múltiples anécdotas que le acaecían con los seres vivos: aquel conejo al que rescató de una trampa y no se separaba de él, el feroz lobo de Gubbio, al que logró amansar, la prédica que un día realizó a los pájaros, que no levantaron el vuelo hasta que terminó su sermón, o las golondrinas de Albano, que acallaron sus trinos para que todos pudiesen escuchar la palabra del Señor.

Por fin, entre la multitud, se abrió paso el invitado que tanto esperaba. Hacía algo de frío, y su madre lo traía envuelto en una mantita de lana. Francesco, al verlo, prorrumpió a llorar emocionado, pensando en el niño Jesús, desvalido, que había nacido hacía 1223 años en un inhóspito portal

Su madre lo depositó bajo un sencillo altar, en una pequeña cuna que habían instalado en el simulado pesebre, y se quedó a su lado, ataviada con un modesto pero hermoso atuendo. Completaban la escena su esposo, la mula y el buey, y unos cuantos pastores.

Y por fin se montó el belén, por primera vez en el mundo mundialTampoco faltaba algún paisano disfrazado de legionario romano, así como un voluntario  que representaba al rey Herodes. Francesco denotaba en el reflejo de las caras de los presentes la profunda emoción y la inmensa alegría que él mismo experimentaba. 

Había cumplido una de sus mayores ilusiones, una idea que le rondaba la cabeza desde su visita a Belén, en Tierra Santa, y que su querido amigo Giovanni había colaborado para hacerla realidad: una recreación de la Natividad de Jesús, la primera y única de la que él tuviese noticia. 

Se adelantó unos metros sobre el pesebre, y con un hilo de voz comenzó a oficiar la misa. Les habló de la Navidad, y del niño Jesús, un bebé indefenso, necesitado de todo nuestro amor, nacido en la más absoluta pobreza, en un humilde establo.

Solo me queda desearos una Feliz Navidad, amigos lectoresLos asistentes, estremecidos, pusieron rodilla en tierra y siguieron su letanía, en tanto que el bebé despertaba por el ruido que formaban. En un instante perdió la noción de la muchedumbre que le rodeaba y, abandonando la liturgia, Francesco lo tomó en sus brazos, lo acarició y lo durmió.

Notó cómo corrían dos nuevas lágrimas por su poblada barba, no a causa de su enfermedad, sino por el desmedido gozo que le inundaba el corazón. 


¡Felices fiestas de Navidad a todos los lectores!

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