viernes, 12 de septiembre de 2014

Viernes cunicular


Se acaba el verano y volvemos a nuestros trabajos, nuestras actividades, nuestras clases. Lo primero que hacemos es acercarnos a la mesilla de noche y extraer de ella, como sacan los magos a los conejos de sus chisteras, nuestro olvidado reloj de pulsera, y nos lo colocamos de nuevo en la muñeca.

El conejo común, u Orycotolagus cuniculus, es un mamífero que suele vivir en suelos arenosos y blandos, en los que construyen sus madrigueras. Se alimentan de lechugas y otros vegetales, y destacan por su fertilidad.



Es un animal fácilmente domesticable, y muy sociable, por lo que es habitual su uso como mascota. Además, su aspecto divertido y su piel suave hacen que nos resulte especialmente simpático, siendo usado frecuentemente en publicidad o en películas de dibujos animados.

Todos tenemos en la mente a Roger Rabbit, al conejo Tambor de Bambi, al conejo de Nesquik, al de Duracell o al de Playboy, por no hablar de Buggs Bunny (aunque éste en realidad se trata de una liebre).


Además, la nuestra es una tierra de abundantes y enormes conejos. Es por eso que los romanos dieron en llamarla Hispania, voz procedente de la fenicia i-spn-ya, que significa tierra de conejos. Y también es el motivo por el que encontramos frecuentemente a dicho animal en la toponimia de numerosos lugares: Villaconejos, Conejera, o, sin ir más lejos, Conil, bella localidad gaditana desde la que escribo estas líneas.

Pero, como gran parte de las cosas de este mundo, también tiene una faceta negativa. Así, el conejo está incluido en la lista de las 100 especies exóticas invasoras más dañinas del mundo. Y es el símbolo de uno de los males que más nos aquejan a la humanidad hoy en día: el síndrome del conejo blanco.


Este síndrome recibe el nombre del famoso conejo blanco que aparece en el fantástico libro Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas. Alicia estaba descansando a la orilla del río, cuando de repente saltó a su lado un conejo blanco, con un reloj de bolsillo en la mano, y diciendo para sí: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!’. Entonces Alicia le sigue, espoleada por la curiosidad, hasta la madriguera por la que se precipitará hacia el País de la Reina de Corazones.

Este conejo, salido de la pluma de Lewis Carroll hace ya siglo y medio, se ha erigido en el símbolo de la sociedad actual de nuestro primer y segundo mundo, y parte del tercero. Las personas vamos constantemente a la carrera, arrastradas por una vorágine en la que las horas, los minutos y los segundos nos persiguen sin dejarnos descansar, haciendo que saltemos, cuales conejillos de indias, de obligaciones urgentes a deberes impostergables.


Hay un conejo blanco para cada uno: se cruza delante de nosotros en innumerables ocasiones desde que suena el despertador: cuando esperamos que se ponga verde el semáforo, en la ventanilla del banco, en la cola del supermercado, cuando esperamos que el camarero nos traiga la comanda, cuando los niños se toman más tiempo de lo habitual en comerse la merienda, cuando esperamos ese ascensor que viene parándose en todos los pisos…

Si alguien consigue derrotar a su conejo blanco, que no cante victoria. A su alrededor habrá miles de personas afectadas por este síndrome, atrapadas en la febril espiral que les lleva a correr sin fin hacia ninguna parte, dispuestas a atropellar a todos aquellos que se encuentran en su camino y que no andan en su misma dirección y con su mismo frenético ritmo.

Por todo ello, espero que este fin de semana dejéis a un lado el reloj, al menos hasta el lunes, y no os encontréis en ningún momento con ningún conejito blanco.


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