jueves, 15 de enero de 2015

Viernes pasquinero. Il Pasquino, un símbolo de la libertad de expresión.

La historia de la humanidad podría resumirse en un ir y venir de estatuas alzadas y derribadas. Incluso podemos clasificar a las personas en función de su relación con las estatuas. Sin embargo, últimamente se erigen pocas, a pesar de que parece que cada vez necesitamos más...

La historia de la humanidad podría resumirse en un ir y venir de estatuas alzadas y derribadas. Incluso las personas las podemos clasificar en función de su relación con las estatuas. Sin embargo, últimamente se erigen pocas, a pesar de que parece que cada vez necesitamos más...

Partiendo de las primigenias esculturas dedicadas a ídolos y fuerzas de la naturaleza, tenemos estatuas erigidas en honor a dioses y diosas, faraones, héroes y vestales, emperadores, patricios y senadores, cristos, santos y vírgenes, condes, marqueses y reyes, personajes de la Biblia, navegantes, literatos, pintores, militares a caballo y soldados desconocidos, políticos y, finalmente, futbolistas.

La vida de muchas de ellas fue efímera,  pero otras nacieron con vocación de perpetuidad: el Coloso de Rodas, la Estatua de la Libertad, la Esfinge de Gizeh, el Cristo Redentor de Río, el David de Miguel Ángel, la Venus de Milo, el Discóbolo de Mirón, la sirenita de Copenhague, la Victoria de Samotracia, el Pensador de Rodin, el Buda de Oro de Bangkok…


Las estatuas también nos sirven para clasificar a las personas en función de su relación con ellas. Así, en primer lugar, nos topamos con los mecenas. Se trata de personas que, con dinero propio o ajeno, impulsan el levantamiento de las mismas con fines artísticos, religiosos, ornamentales o propagandísticos.

Tenemos también a los artistas, que bien por encargo, bien por deseo propio, consiguen ver en las piedras formas que los demás no alcanzamos a desentrañar, hasta que ellos las esculpen con martillo y cincel.


Otro elemento indispensable es el modelo. Aquí, la temática es muy variada. Ciertos oficios han acaparado más o menos atención a lo largo de los tiempos, y en función de ellos sus estatuas han gozado de una mayor o menor perdurabilidad.

Respecto a este aspecto, contamos con un cuarto conjunto de personas, los derribadores. Son personas en desacuerdo con los motivos que llevaron a la construcción de la estatua, y bien individualmente, o más comúnmente en grupo, se encargan de dar con ella en tierra.


Entre ellos se cuentan los que derribaron las estatuas de Lenin y Stalin en todo Europa del Este,  las de Sadam Hussein en Iraq, los Budas de Bamiyán en Afganistán, las de Cristóbal Colón en parte de América, las de Franco en España, o las de Napoleón en la vecina Francia, entre otras muchas que corrieron igual suerte.

Un quinto grupo lo constituyen los contempladores. Gentes que se dedican a mirar y admirar las estatuas, ya sea por la fascinación que les produce el personaje, por su artista, por sus sentimientos religiosos o políticos, o por otras muchas y variadas razones.

Por oposición a éstos, hallamos a los indiferentes, aquellos a los que no les producen ningún sentimiento, y que apenas si reparan en su existencia.


Y en séptimo y último lugar encontramos a los usuarios. Aquellas personas que, de una forma u otra, utilizan las estatuas para sus fines.  Aquí encontramos a la tribu de los grafiteros, que no encuentran mejor lienzo para sus obras que monumentos y estatuas. También tenemos a los que les gusta celebrar los triunfos de sus equipos encaramados a las estatuas de su ciudad. Y por último están los pasquineros.

Il Pasquino es una estatua que encontramos en la ciudad de Roma, cerca de la Plaza Navona, y cuyo nombre tiene orígenes inciertos. Unos dicen que viene de Pasquino, un gladiador muy querido por el pueblo. Otros sostienen que se trataba del nombre de un barbero muy locuaz. Hay quienes defienden que así se llamaba un profesor de la zona, o también un carnicero parlanchín.


El caso es que esta estatua, junto con otras cinco de la ciudad eterna, constituyen las denominadas ‘estatuas parlantes’ (Pasquino, Madama Lucrezia, Marforio, Babuino, Abate Luigi, y Facchino). Dicho calificativo no lo recibían por su notable factura, que les hacía parecer personajes de carne y hueso e incluso dotados de habla, sino porque desde antiguo se les utilizaba para que ‘hablasen’ en nombre de los demás, en forma de escritos anónimos que los ciudadanos depositaban de noche en sus bases.

Así, desde hace cinco siglos, los romanos suelen colgar en ellas sus escritos satíricos e irreverentes de protesta, mofa o crítica a las autoridades y personajes públicos importantes, de forma anónima, ya que también allí los dirigentes suelen ser bastante reacios a aceptar las críticas contra su gestión y proceder.

Parece que cada una de ellas se especializó en un tema concreto. En unas se colgaban denuncias de injusticias, en otras declaraciones de amor, en otras críticas sociales, en otras malas costumbres de los ciudadanos, etc. Por ejemplo, la llamada Marforio, situada próxima al Capitolio, era la que solía recoger las réplicas a las críticas políticas colocadas en la de Pasquino.


De esta forma, y en especial el Pasquino, se convirtieron en símbolos de la libertad de expresión. Y con el paso de los años, dicha palabra se erigió en un sinónimo de escrito anónimo, satírico y contestatario contra el poder establecido y fijado en un sitio público, dando lugar además a la forma ‘pasquín’ en español, con la que se designa a los diarios más sensacionalistas y revolucionarios.

Hoy en día se construyen pocas estatuas, ya sea por la crisis, porque difícilmente nos pondríamos de acuerdo en elegir a alguien digno de ser inmortalizado de tal manera, o bien porque gracias a internet ya no tenemos la necesidad de escribir anónimos en las estatuas para expresar nuestras quejas y reproches.


No obstante, y habida cuenta de cómo se va imponiendo nuevamente la censura, bien en forma de decretos-ley, o bien a golpe de ametralladora en mano, es muy posible que en breve tengamos que retomar esta vieja costumbre, y volvamos a revisitar nuestras estatuas de Zorrilla, Jaime I, Séneca o Cervantes que aún pueblan nuestras ciudades.

Éste último escribió en su día: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida'. Cada vez son más lo que nos quieren arrebatar este tesoro. ¡No se lo permitiremos!


Este fin de semana hacedme un favor: ¡sed libres!



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