viernes, 27 de marzo de 2015

Bek y el primer selfie de la historia. Viernes autorretratado.

Hoy partimos a la busca del primer selfie de la historia y de las motivaciones que nos impulsan a realizar autorretratos.

No nos gusta el futuro que divisamos. Cuando alzamos la vista al frente, tan sólo acertamos a vislumbrar un empeoramiento de las condiciones económicas, sociales y laborales.

Adivinamos sueldos más bajos y más horas de trabajo, pensiones más exiguas, menos recursos para educación y sanidad, más extremismo ideológico, más contaminación...

No es extraño que, dentro de este contexto, vivamos la explosión de la era del selfie. El selfie o autofoto es aquel retrato que solemos hacer con el móvil con el fin de publicarlo en una red social, y en el que inmortalizamos, además de nuestro rostro, todo lo que se encuentra a nuestras espaldas.




Y es que, a pesar de que la resolución de la cámara frontal de nuestros dispositivos móviles es muy superior que la trasera, lo que tenemos delante de nosotros ha dejado de interesarnos.

Hay muy diversos factores que nos llevan a realizar este tipo de autofotos. En unos casos actúa el egocentrismo. El espejo de la reina malvada de Blancanieves, que respondía a su pregunta de quién era la más bella del reino, ha sido sustituido por los ‘likes’ o me gusta de nuestros selfies en las redes sociales.


El narcisismo se manifiesta en sus distintas facetas, como una obsesión de autoafirmación, muchas veces debida a una falta de autoestima, o con el fin de presumir de logros o compañías, trazando así un relato de nuestra vida a través de las autofotos, bien para autoconsumo o bien para conseguir la admiración ajena.

Su motivación no es siempre el egoísmo, sino que a menudo su última intención es la mera diversión, o una sana voluntad de compartir pensamientos, estados de ánimo, momentos y lugares con nuestros amigos.


Podríamos estar tentados a pensar que este acto egocéntrico es un fenómeno moderno. Pero no es así. Una vez más debemos aplicar el dicho de que ya está todo inventado.

Aunque  sean de reciente aparición los teléfonos inteligentes con cámara incorporada, las redes sociales en las que colgar las fotos, y el término selfie, que data del 2002, lo cierto es que esta práctica de realizar autofotos viene de bien antiguo.


Habríamos de remontarnos a 1839, cuando el estadounidense Robert Cornelius realizó un retrato fotográfico de sí mismo. Y pasarían setenta años más hasta encontrar a la primera adolescente en hacerse un autorretrato: Anastasia Nikoláyevna, en 1914, a sus 13 años de edad, y con la ayuda de un espejo.

También en el mundo de la filmografía encontramos claros ejemplos de selfies, como en el caso de Alfred Hitchcock, Woody Allen o Santiago Segura, a los que les gusta aparecer en sus películas.


Pero aún podemos ir más lejos en el tiempo. Porque antes de la invención de la fotografía ya existían los autorretratos, plasmados en lienzos y ejecutados por toda suerte de pintores más o menos ilustres.

Por regla general, los artistas suelen ser personas narcisistas, exhibicionistas y ambiciosas, capaces de otorgarse a sí mismos la suficiente importancia como para convertirse en ocasionales protagonistas de sus cuadros, e incluso en el motivo principal de gran parte de sus composiciones, en los casos más obsesivos.


Es raro el pintor que no sucumbía a la tentación de inmortalizarse en un cuadro. En un principio, los artistas prerrenacentistas, como Giotto o Vasari, aprovechaban sus grandiosas obras sobre paisajes bíblicos, históricos o míticos, abarrotadas de personajes, para camuflar entre ellos sus propios rostros, cerca de los extremos de la composición y lejos de los protagonistas principales de la obra.

Pero en el Renacimiento surge con fuerza el Humanismo, que sitúa al hombre en el centro de la creación, y así, los grandes personajes de la época, así como los que pretendían tener una cierta relevancia social, se lanzan a una carrera desaforada por inmortalizar su imagen en un cuadro, que sirviera como forma de exaltación de su persona y con el deseo de que su figura perviviese en el tiempo.


Esta moda concedió la oportunidad a los buenos artistas de ascender a lo más alto del escalafón social, lo que a su vez originó que fuesen cobrando un mayor protagonismo dentro de sus propias creaciones.

Así que los pintores se animaron a efectuar retratos de sí mismos, que utilizaban como auténticas tarjetas de presentación, en las que el artista podía exhibir su talento a sus posibles clientes, mostrándoles un autorretrato para que pudiesen contrastar sus habilidades.


Pues no hay nada más difícil que captar la esencia de un rostro, más aún el de uno mismo, y tener la habilidad pictórica necesaria para ser capaces de plasmar el alma propia en el lienzo, con el fin de poder someterlo a la comparación instantánea con el natural.

Muchos de ellos han pasado a la posteridad, como los de Parmigianino, Rafael, Cézanee, Piero della Francesca, Caravaggio, Pissarro, Durero, Leonardo da Vinci, Memling, Frida Kahlo, el Greco, Velázquez (que en las Meninas tiene un protagonismo incluso superior al de los propios reyes), Salvador Dalí, Renoir, Rembrandt, Goya, Van Gogh (con y sin oreja), Modigliani, o Escher.


Pero entre todos los artistas ocupa un lugar destacado el precursor del autorretrato, que no es otro que un tal Bek, un escultor egipcio que vivió sobre el año 1350 a.C. y que trabajaba a las órdenes de Akhenatón (Amenofis IV).

Tenía una especial habilidad para la escultura, lo cual le sirvió para conseguir el título de Supremo Escultor del Rey. Trabajó para varios faraones, esculpiendo tanto figuras colosales para diversos templos, como pequeños bustos de los integrantes de la familia real.


Bek es famoso, además, por plasmar sobre la piedra los selfies más antiguos hasta ahora conocidos: un relieve en el que aparece junto a su padre Men, otro magnífico escultor, hallada en Asuán; y una estela en la que aparece con su mujer Taheret, que se puede visitar en el Museo de Berlín.

Así que también él sucumbió a la vanidad propia de los artistas, incluso a pesar de que esta obra le pudo costar la vida, ya que por entonces la representación de figuras sólo estaba permitida para los dioses y para el faraón, que también gozaba de la condición de divinidad. Pero sabía que era la única forma de pasar a la posteridad...


Espero que este fin de semana tengáis suficiente motivos para inundar las redes sociales de fotos pasándolo estupendamente. ¡Buen finde!



Agradecimientos: a Emilio, por el excelente artículo (Selfiando, que es gerundio. O acabará siéndolo...) que sirvió de inspiración a éste.



Y si os gustó la historia, puedes difundirla a través de cualquiera de las redes que te propongo a continuación:

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