jueves, 14 de abril de 2016

El baño prohibido de Erasmo

Lo cierto es que Erasmo presumía de su independencia, que le permitía escribir y dirigir su existencia como le placía, y poder desplazarse por toda Europa, impartiendo clases en numerosas universidades, sin rendir cuentas a nadie más que a su conciencia cristiana.
El baño prohibido de ErasmoNo le importaba demasiado que el resto del mundo le tomase por loco, si ese era el precio que tenía que pagar por pasar unas horas en aquellas placenteras termas en buena compañía.

Geert pensaba que la locura no era más que una actitud transitoria percibida subjetivamente por los demás como irracional o imprudente, pero no un trastorno permanente del espíritu, al menos en su caso.

Era consciente de que se merecían un descanso, después de los intensos días que habían vivido, y antes de regresar a sus rutinas y a sus lugares de origen, o de dirigirse a sus próximos destinos, según los casos.
Asi que Geert, que había adoptado el nombre de Desiderius Erasmus, no había encontrado mejor lugar para reunirles que aquellas extraordinarias instalaciones termales, caídas en desuso en los últimos tiempos, del mismo modo que Carlomagno no halló en su día mejor emplazamiento para ubicar la capital de su imperio que aquella hermosa ciudad.

La proximidad de bosques con abundante caza, su situación en un cruce de caminos entre Lieja, Amberes, Maastricht y Colonia, sus comunicaciones fluviales a través del río Wurm, afluente del Rin, y la presencia de manantiales de agua caliente, hacían de Aquisgrán la candidata perfecta para instalar allí la corte.

Durante los días anteriores había podido pasear por sus calles y admirar las magníficas construcciones que la configuraban: el Ayuntamiento con su Salón Imperial, las opulentas mansiones de los mercaderes, los innumerables templos, los dos anillos de murallas, el Palacio con su Aula Regia, o la catedral y su Capilla Palatina octogonal como fantástico tesoro, profusamente decorada con columnas, mármoles y mosaicos extraídos de Roma y Rávena, las antiguas capitales del Imperio Romano.

Lo que más le había sorprendido había sido el complejo termal, una serie de edificios que incluían una piscina al aire libre, y que arrastraban un abandono secular, pero que aún reflejaban parte del esplendor que un día llegaron a poseer. Carlomagno había remodelado las viejas termas romanas, que aprovechaban las aguas alcalinas que brotaban del subsuelo, balsámicas y medicinales, y construyó su residencia justo al lado.

El baño prohibido de ErasmoEl balneario había experimentado un aprovechamiento desigual a lo largo de los siglos, en función de las creencias imperantes en cada época acerca de sus efectos positivos en la curación de ciertas afecciones, o negativos como difusores de plagas y epidemias. Así, últimamente los galenos habían extendido la idea de que el baño contribuía a la propagación de las enfermedades a través de los poros de la piel, por lo que recomendaban a la gente que no se lavara, ya que la capa de suciedad actuaba de protectora.

Erasmo sabía de sobra que dichas advertencias adolecían de una base científica profunda, según le exponía su compañero en la Universidad de Oxford, Thomas Linacre. Bastaba con adornar el discurso apocalíptico con un par de palabras ininteligibles o extranjeras, para que los mortales, fascinados por la supuesta sapiencia del orador de turno, se complacieran en su explicación, aunque ignorasen por completo de qué se les estaba hablando. De hecho, con su aplauso y aprobación daban a entender que ellos sí comprendían lo que estaban escuchando, y daban por buena cualquier cuestión sin mayor criterio.

También la Iglesia había acabado por prohibir los baños, con la excusa de que se trataba de un lujo que llevaba a la concupiscencia y al pecado. Comenzaron estipulando días distintos para hombres  y mujeres, siguieron con el cierre de los establecimientos los domingos y el Viernes Santo, hasta que finalmente procedieron a su condena total.

Pese a todo, sus amigos habían confirmado la invitación de Erasmo, sabedores de cuánto había de superchería en dichas opiniones, muy alejadas del conocimiento y de la razón, y que pretendían la esclavitud mental de las masas y la deshumanización de las personas y de sus actos.

El primero en acudir fue Albrecht Dürer. Durero había acudido a aquella gran reunión de reyes, príncipes, artistas, cortesanos, intelectuales, comerciantes y resto de miembros de la alta sociedad que había tenido lugar en los días previos, con el fin de promocionarse. No obstante, su principal objetivo era que el nuevo emperador le confirmase la asignación vitalicia que puntualmente percibía de su abuelo Maximiliano, el anterior emperador fallecido.

Solo había alcanzado su propósito en parte, puesto que Carlos estaba más interesado en el floreciente arte pictórico italiano que en la caduca escuela holandesa o germana, que él representaba, a diferencia de Maximiliano I, que le había encargado múltiples trabajos, pero aun así le mantuvo la pensión.

Erasmo se alegró por su logro. Habían coincidido en diversas ocasiones en la corte flamenca, aunque hasta fechas recientes no había posado para él, ya que no sentía una especial vanidad por su figura, quizás por su instrucción religiosa.

El baño prohibido de ErasmoÉl había nacido en Rotterdam, con el nombre de Geert Geertsz. Vivió unos años en Gouda, hasta que sus padres murieron por la peste, momento en el que sus tutores le inscribieron en la Escuela de Deventer, bajo la dirección de los Hermanos de Vida Común.

De ahí pasó al Monasterio Emmaus de Steyn con los canónicos regulares agustinos. En 1492 se ordenó sacerdote, y se empleó como secretario del obispo Enrique de Bergein. Éste, al advertir su enorme talento lo envió a la Universidad de París. Habían sido unos años de intensa formación, en los que descubrió el placer que le proporcionaba la escritura, y de un rechazo progresivo a la disciplina escolar y conventual.

Le contaba todo esto a Alberto cuando en aquel instante vio aparecer por un lateral de la piscina a su amigo Thomas More. Tomás había venido a Aquisgrán en calidad de miembro del Consejo Real Inglés, y como comisionado diplomático del rey Enrique VIII.

Tomás y él habían compartido juntos multitud de gratificantes experiencias, desde que se conocieron en el primer viaje que realizó a Inglaterra, hospedado por lord Mountjoy, alumno suyo de la Sorbona.

Erasmo recordaba con particular cariño los años pasados en tierras británicas como profesor de las Universidades de Oxford y Cambridge, en los que ellos dos, John Colet, Mountjoy, Thomas Wolsey y William Grocyn, trabaron una intensa amistad mientras jugaban a idear un mundo mejor.

Probablemente de aquellas interminables tertulias en casa del barón de Mountjoy era de donde había extraído Tomás parte del material con el que escribió su excelso libro Utopía, en el que describía su peculiar visión de cómo debía ser una sociedad ideal y feliz, y que él compartía en su mayor parte.

Lo único que les diferenciaba a Tomás y a él era su dimensión privada. Tomás Moro también ingresó en un convento, pero pronto renunció a su vía ascética y retomó su profesión como letrado, casándose y siendo padre de tres hijas y un hijo. Él, sin embargo, se hallaba cómodo en su vida religiosa, más aún desde que el Papa le dispensó de vestir el hábito y de observar la vida monacal.

Lo cierto es que Erasmo presumía de su independencia, que le permitía escribir y dirigir su existencia como le placía, y poder desplazarse por toda Europa, impartiendo clases en numerosas universidades, sin rendir cuentas a nadie más que a su conciencia cristiana.

Finalizada su etapa inglesa, regresó a los Países Bajos, centrándose en sus traducciones de textos clásicos y bíblicos, en las que aplicaba a su sobresaliente dominio de numerosos idiomas: inglés, italiano, holandés, alemán, griego, hebreo y latín.

El baño prohibido de ErasmoTras pocos años, su espíritu inquieto le condujo hasta Italia, el polo cultural e intelectual que iluminaba una nueva concepción de la humanidad. Allí perfeccionó su conocimiento de las lenguas clásicas, trabó amistad con eruditos humanistas, y dio largas caminatas por Roma, Milán, Padua, Venecia, Bolonia…

Se consideraba un ciudadano del mundo, sin más patria que su pluma y sus escritos, por los que comenzaba a ser famoso en todo el continente. Además, contaba con suficientes recursos para llevar una vida acomodada, gracias a los emolumentos que recibía como consejero del príncipe y ahora emperador Carlos, así como por los ingresos de sus publicaciones.

Desde esa posición privilegiada, y a lo largo de sus viajes, pudo constatar cómo la locura, la insensatez, o la necedad se habían apoderado de la realidad. No era necesario ser un buen observador para detectar gentes que prefieren la compañía de los necios, comerciantes que compran indulgencias para seguir cometiendo sus desmanes, personas que se afanan en parecer más jóvenes, padres que cuidan de vástagos desagradecidos, amantes que compiten en dedicarse las mayores ridiculeces o que encuentran agraciados a cónyuges plagados de defectos, abogados más preocupados por los requiebros de sus discursos que por las causas de sus defendidos, religiosos que se enzarzan en confrontaciones sofísticas y en ocupar cargos en lugar de ocuparse de las necesidades ajenas, materiales y espirituales, países resueltos a dirimir mediante las armas disputas sobre temas intrascendentes, gobernantes descuidados de buscar el bienestar de la población, príncipes gustosos de rodearse de lerdos aduladores en vez de hábiles consejeros…

No cabía duda de que la locura era un materia que daba mucho de sí para escribir un ensayo, y así lo hizo con su Morias Enkomion o Elogio de la Locura, que escribió en una de sus estancias en Inglaterra, aprovechando el clima de mecenazgo de las artes y las ciencias que resultó de la subida al trono de Enrique VIII.

El Elogio de la locura gozó de un enorme éxito, para sorpresa de Erasmo y, a veces, para su disgusto. Al Papa León X le resultó incluso divertido, a pesar de las críticas que en él vertía acerca de la Iglesia. Y si tenía un singular aprecio por una de las múltiples ediciones que se habían realizado del libro, esa era la ilustrada con 82 grabados de Hans Holbein.

Precisamente en ese momento se incorporó al grupo de bañistas el último invitado, el más joven de todos: Hans Holbein. La ocasión de la coronación de Carlos como emperador hacía que durante aquellas jornadas se produjese en Aquisgrán una concentración sin precedentes de damas y caballeros de la nobleza, dignatarios, embajadores, a los que Hans podía ofertar su trabajo.

Hans sabía que había un mercado para la pintura más allá de los murales y obras religiosas, más pujante y con más dinero, por lo que decidió centrar sus esfuerzos en los potentados y banqueros que también se dieron cita en Aquisgrán: los Fugger, los Welser, los Médici y otros prestamistas italianos, que habían prestado más de un millón de florines a Carlos para que sobornase a cinco de los siete príncipes electores de la Dieta de Francfort, y así imponerse al otro aspirante a lucir la corona imperial, el rey francés Francisco I.

Si bien por entonces andaban sin demasiado efectivo después del desembolso de tan ingentes sumas, pronto las recuperarían con creces con las concesiones mineras obtenidas en todo el continente.

Así que  tampoco le había ido mal a Hans en aquellos días, como al resto de los compañeros de baño. Su estilo realista, realizado con excepcional precisión, y su facilidad para plasmar en sus lienzos la verdadera personalidad de los modelos, eran muy valorados por los nuevos ricos.

Caía la tarde, y los cuatro iban repasando diversas cuestiones, desde los más banales hasta los más sesudos, como la pujanza del movimiento reformador de Lutero, con el que no se identificaban, a pesar de que todos admitían que la Iglesia necesitaba un cambio profundo.

Este asunto afectaba directamente a Erasmo, pues tras la publicación de su Elogio de la Locura, ambos contendientes, tanto la Iglesia como los seguidores de Lutero, habían creído ver en él un texto de apoyo a su causa, lo cual le había ocasionado más de un contratiempo.

Todos los allí presentes confiaban en que el nuevo emperador, cuya coronación les había brindado la oportunidad de juntarse, pusiera un poco de cordura en este espinoso tema, y mediase para conciliar las posturas aparentemente irreconciliables. Carlos era bastante joven, pero mostraba una sólida educación y un carácter firme y desenvuelto, dispuesto a paliar su inexperiencia rodeándose de válidos preceptores y asesores como Erasmo.

En cualquier caso, el mundo, tal como lo conocían, se estaba descomponiendo, en tanto que la figura del Hombre, como medida de todas las cosas emergía de forma imparable, arrasando el orden establecido, por mucho que algunos se empeñasen en impedirlo. Y ellos se sabían responsables de esa revolución.

El baño prohibido de ErasmoA los cuatro locos: Durero, Moro, Holbein y él, se les había hecho muy tarde. Era finales de octubre, y el frío comenzaba a reconquistar por unos meses las tierras del Rin, por lo que, al salir del balneario, no demoraron en exceso su despedida.

Erasmo se sentía purificado en cuerpo y mente tras el baño prohibido. Pensó que quizás el motivo de que la Iglesia lo condenase es porque sabía que lo que la religión y la sociedad reclamaban era un gran baño que acabase con toda la corrupción acumulada. De momento, y como penitencia por su pecado, rezaría un par de padrenuestros más aquella noche.



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