jueves, 13 de noviembre de 2014

Viernes noruego. La extraordinaria historia de los clips en la Segunda Guerra Mundial.

Viernes noruego. A pesar de su pequeño tamaño, la historia moderna de la humanidad no sería igual sin la invención de los clips de papel.
Pearl S. Buck, la escritora estadounidense premio Nobel de literatura, dijo en su día que ‘Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad’.

Y es que la sociedad actual otorga una importancia excesiva al tamaño.  Todo el mundo quiere tener una casa más grande, un coche más grande, una felicidad más grande, ‘todo’ más grande... mientras que apenas si apreciamos aquellas cosas pequeñas que tenemos a nuestro alcance: un saludo, una mirada, una atención, un pequeño presente, un beso, un gracias.

Y si bien contamos con algunos ejemplos en los que se impone el pequeño o débil: David y Goliath, Ulises y el cíclope Polifemo, los mamíferos y los grandes reptiles extintos..., lo cierto es que el pez grande casi siempre acaba comiéndose al pequeño (que se lo cuenten, por ejemplo a los pequeños comercios de proximidad que luchan contra las grandes superficies).



No cabe darle más vueltas: menospreciamos todo lo que es pequeño, y tan sólo existen un par de objetos pequeños por los que la gente aún se pelea: las joyas y los clips.



Lo de las joyas es lógico, ya que se trata de bienes de mucho valor. Aunque aquí también nos encontramos con la misma situación: la gente prefiere sin dudar las joyas más grandes a las más pequeñas.

En cuanto a lo de los clips, resulta más difícil de imaginar cómo un objeto tan minúsculo y aparentemente insignificante pueda ser objeto de disputas tan encendidas.

El clip es esa especie de alambre de acero, que se enrolla sobre sí mismo. Se trata de un objeto sencillo, funcional, barato y fácil de producir, presente en todas las oficinas y en gran parte de las casas.

Y aunque fue diseñado para sujetar de forma temporal un conjunto de papeles, y mantenerlos unidos por simple presión, sin dañarlos, lo cierto es que a pesar de su sencillez puede desempeñar un montón de funciones, algunas bastante alejadas de su primitivo uso.



Así, según un estudio norteamericano, de cada 100.000 clips que se venden, tan sólo 5 son usados para sujetar papeles. 15.000 de ellos se pierden, otros 14.000 los destruimos mientras hablamos por teléfono, 8.000 se usan para limpieza de tuberías, azulejos y uñas, 5.000 se utilizan en higiene dental, y el resto son empleados en un sinfín de situaciones: resetear aparatos electrónicos, tender la ropa, expulsar unidades CD de los ordenadores o tarjetas SIM de los teléfonos, hacer las veces de fusibles de emergencia, abrir candados, esposas y puertas de casas y vehículos, servir de improvisada antena para radios y televisores, colgar cortinas de baño o jaulas de mascotas, hacer injertos de plantas, destapar botes de pegamento, reparar la cadena del inodoro, o sustituir los tiradores rotos de la cremallera, además de aquellos otros que acaban integrando obras de arte o piezas de bisutería. Esta lista podría ser mucho más larga si le hubiesen preguntado a McGyver.

Virtualmente, sirven para avisarnos que hay un archivo adjunto en los correos electrónicos, o para ayudarnos cuando tenemos dudas con los programas del paquete Office de Microsoft.

Pese a su notable versatilidad, resulta casi increíble que haya una guerra abierta entre los Estados Unidos,  Gran Bretaña y Noruega sobre si fue uno de sus paisanos quien primero inventó este artilugio. Sobre todo si tenemos en cuenta que ya en Bizancio se utilizaban unos objetos parecidos, fabricados en bronce, para unir los documentos imperiales.



Los norteamericanos defienden que fue un compatriota suyo, Samuel B. Fay, quien primeró ideó y patentó (en 1867) una pieza de alambre que servía en la industria textil para fijar las etiquetas a los tejidos confeccionados, y que más tarde vino a sustituir a las grapas, los fasteners, alfileres, corchetes, cierres de latón y otros ingenios que se utilizaban por aquella época en las oficinas para agrupar tacos de papel.

Este clip inventado por Samuel, en forma de lazo, se parecía al que aún utilizan algunas marcas de ropa para mantener los dobleces de las camisas tal y como salen de fábrica, pero no al que conocemos actualmente para unir folios de papel.

Los británicos sostienen que el precursor del clip actual fue producido por The Gem Manufacturing Company allá por la década de 1870, aunque nunca fuera registrado, y que de ahí pasó a los Estados Unidos.

Los noruegos por su parte, proclaman que fue Johan Vaaler, un inventor, matemático y científico de Christiania (nombre de Oslo por aquel entonces) quien diseñó este invento en 1887, en la forma en la que actualmente conocemos. Johan registró su patente en Alemania en 1899.



¿A qué viene tal disputa sobre la patente de un objeto tan insignificante y de poco valor, hoy en día en que los documentos de papel están siendo sustituidos por los documentos alojados en la nube?

Pues se debe principalmente a que, más allá de ser una simple herramienta de oficina, el clip se ha convertido en todo un símbolo, especialmente desde la Segunda Guerra Mundial.

En el año 1940, una vez que comenzaron las hostilidades entre los contendientes, tanto los nazis como las tropas aliadas comprendieron la importancia estratégica que tenía Noruega. Desde los puertos del norte de este país se embarcaba el hierro que se extraía en las minas suecas, materia prima fundamental para la industria armamentística, y además representaban unas excelentes bases desde las que dominar el paso del Báltico y el mar del Norte.

Fueron los alemanes los que se adelantaron a su invasión, conquistando el país en una campaña rápida que duró apenas un par de semanas. El gobierno y la familia real se trasladaron a Narvik, esperando poder resistir allí el avance alemán con la ayuda de las tropas británicas, pero éste resultó incontenible, por lo que partieron enseguida hacia el exilio en Londres.

Tras la completa ocupación del país por parte de las tropas alemanas, que llegaron a alcanzar los 400.000 efectivos frente a una población nativa de unos 4 millones de personas, los noruegos apenas si tenían medios para oponerse a la misma.



Sólo les quedaba la opción de una resistencia pasiva, y para ello empezaron a vestir prendas con botones e insignias con la inicial y la cifra del monarca depuesto, Haakon VII, o bien bufandas y gorros de color rojo. Pero esto resultaba demasiado evidente para las tropas de ocupación, que enseguida comenzaron a castigar a todos los que portaban dicho símbolos.

Fue entonces cuando desde la Universidad de Oslo surgió una iniciativa curiosa. Los estudiantes comenzaron a portar en sus solapas o en los puños de las camisas un clip, objeto que veneraban por creer que había sido inventado por un compatriota suyo.

Además, el nombre de este objeto en noruego es binders, que significa algo así como lazo o vínculo, lo cual convertía al clip en un símbolo de unidad y patriotismo frente a los ocupadores, con la ventaja añadida de no llamar excesivamente la atención.

Esta moda se extendió por toda la población como símbolo antinazi, aunque no pasaría mucho tiempo hasta que los alemanes comenzasen a preguntarse por la extraña costumbre noruega de lucir clips en su vestimenta.

(Aquí también aparece Francia reclamando la autoría del invento, ya que al parecer, los patriotas franceses solían portar un clip en el bolsillo de la solapa durante la ocupación alemana, asomando tan sólo ambos extremos, con el significado de deux gaules -dos arbolitos o postes- como referencia al líder de la resistencia francesa Charles de Gaulle.)

Así que, una vez descubierto el asunto, el gobierno nazi no tardó en prohibir el uso de clips en Noruega, castigando a sus portadores con el arresto, con trabajos forzosos e incluso con la pena de muerte.



De ahí que un objeto tan insignificante cobrase una importancia tan tremenda en aquellos tiempos para los noruegos, hasta el punto de haber erigido en su honor un magnífico monumento de 7 metros de altura en Sandvika, a las afueras de Oslo.

Aunque aquí no acaba la historia de su simbolismo antinazi, ya que en 1998 surgió en un pueblo de Tennessee un proyecto para recaudar 6 millones de clips en recuerdo de las víctimas judías del holocausto.

Esta iniciativa denominada ‘The Paper Clips Project’ tuvo una difusión tremenda, de tal forma que comenzaron a llegar millones de clips, enviados desde todas las partes del mundo, con los que van llenando un monumento consistente en un vagón de tren alemán de los que fueron utilizados para trasportar a las víctimas a los campos de concentración. Se cree que próximamente se llegará a los 50 millones de clips, un número similar al total de víctimas de la Segunda Guerra Mundial.






Seguro que este fin de semana será fantástico, sobre todo si concedemos más atención a esas pequeñas cosas que nos rodean. ¡Buen finde!



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